
A las 7.30 de la mañana, Atocha cambia hoy su habitual bullicio por un silencio empalagoso, de estación pequeña de provincias. De intercambiador nacional de la España poderosa, la de los negocios y el turismo, en un jueves cualquiera, a un apeadero triste, a cámara lenta y rostros serios. Entre las obras y la sombra de la tragedia del día anterior en Urda, el ambiente es de una calma que estremece. Los problemas en la red de Cercanías completaban el cuadro de la mayor parada de la capital.
Por elmundo.es
“Sólo hay cuatro taxis, mira, poco movimiento”, advierte el conductor al llegar a la entrada. Antes de arrancar, no pudo evitar una subida de cejas cuando escuchó el “vamos al AVE, no queda otra”. En Atocha de inmediato se detecta la anormalidad. De un tiempo a esta parte, las estaciones de alta velocidad se habían convertido en plazas de dudas, con el a ver qué pasa y veremos si no hay retraso en la mochila de todos los pasajeros. Atrás quedaron, por culpa de estos años de degradación, los tiempos brillantes de la eficacia y la puntualidad. El tren, antes de Adamuz y Urda, ya era incertidumbre; ahora, es lógico miedo.
En los paneles informativos, destaca en rojo el anuncio de la cancelación de la línea a Andalucía y la frase “Atención a familiares”. Familiares de víctimas que ayer salieron justo a esta hora, con sus maletas, sus planes, sus amores, sus tristezas y sus cosas, hacia un barranco de muerte y pánico. En el listado de horarios, brillan varias cancelaciones por la huelga en Renfe, para completar el cuadro.
Cancelaciones
Al sur, sólo hay salidas a Toledo. Lo demás, escaso. Hacia Barcelona sí circulan los Iryo, estos trenes italianos que no dejan de ser embestidos por los españoles. Los pasajeros suben en silencio, ordenados, mientras un pequeñajo avanza a lomos de su maletita, como si fuera un poni, en la única imagen alegre de un andén en blanco y negro.
Bajando las escaleras mecánicas, el enorme Frecciarossa rojo aguarda. Es imposible no pensar en las escenas de sus iguales desmontados sobre los olivos de Toledo, tras el impacto brutal de ese AVE enviado hacia el desastre. Sale puntual el 06081 y con pocos pasajeros, si acaso un 35%. Los butacones marrones de polipiel se suceden moteados de gente, y con muchos huecos vacíos. La sacudida de Adamuz se había sentido durante todo el año en el número de viajeros, antes ya del drama de Urda, ese maldito déjà vu. Muchos hoy no usaron su billete, confirman los revisores.
Las azafatas hacen rápida la revisión y en el bar, apenas dos cafés sobre la barra a primera hora. Las pocas conversaciones giran en torno a lo mismo. “Tenía que ir sí o sí hoy de viaje…”, le cuenta una chica a su compañera de asiento, mientras el tren coge velocidad. En las pantallas no ponen los kilómetros por hora, en esta nueva anormalidad de un sistema que ha pasado de ejemplar a temido.

Tres chavales sí se abrazan al encontrarse, en las únicas sonrisas que brotan en el vagón. Van de puente Halloween. Uno tranquiliza al otro que resopla con un comentario socarrón: “No te preocupes, tronc, que los accidentes siempre son en la línea del sur, no en esta que va a Cataluña, esta la cuidan, por lo que sea…”. El ministro Puente también se lleva sus menciones, muchas de dos rombos, otrás más reproducibles: “Que siga bailando y con el twitter, qué vergüenza…”.
La marcha va a buen ritmo, rumbo a Sants, sin parones. Mejor. Cuando cruza otro tren en paralelo, las miradas se dirigen a los ventanales. Dos niños colorean entre migas de la oreo que les ha dado su madre. En los móviles, noticias de más cadáveres en Urda y miradas a la hora, calculando lo que queda. Un buen sol de otoño anima algo la atmósfera de los pasillos, convertidos los vagones en todo un tren del silencio, sin necesidad de irse a los de preferente donde se paga por ello. A la altura de Lleida, la niebla niebla abraza al Iryo, antes de que despeje de nuevo el cielo al enfilar hacia Sants. “Ya estamos, todo en orden”, escribe Carlos a su madre, preocupada como nunca. Ella y todos.