Luis Eloy Añez: La casa sobre el pozo
27 Sep 2026, 08:53 7 minutos de lectura

Luis Eloy Añez: La casa sobre el pozo

Por La Patilla

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Una fábula, por si hace falta contarla otra vez

Hubo una vez, en medio de un valle, una familia tan numerosa que parecía un pueblo. Vivía en una casa construida sobre un pozo que parecía inagotable. Bastaba bajar una cuerda para subir un recipiente rebosante. Su agua pertenecía a todos, aunque no todos podían llenar sus baldes con la misma facilidad. Era tan abundante que nadie en el valle recordaba haber pasado sed. Con los años, la familia dejó de buscar otras fuentes, de sembrar otras tierras y de aprender nuevos oficios. No hacía falta: aquel caudal parecía alcanzar para todo.

La casa grande

La casa se volvió grande y resplandeciente. Tenía puertas abiertas para el forastero y una mesa larga donde siempre cabía alguien más. Pero mientras unos sacaban agua y otros discutían cómo repartirla, nadie reparaba los cimientos. Las paredes empezaron a mostrar manchas de humedad y las tuberías a gotear sin que nadie las cambiara. De vez en cuando se anunciaban reparaciones. Se levantaban andamios, se compraban materiales y se prometían columnas nuevas. Aun así, las obras quedaban a medias, algunos materiales desaparecían y las grietas volvían a cubrirse con pintura, como si se tratara de borrar las arrugas de un rostro. Con el tiempo, la familia terminó confundiendo mantenimiento con remiendo.

El relevo

Un día se puso al frente de la familia uno de los hijos, que hablaba con una voz que parecía llenar toda la casa. Prometió que el agua, repartida hasta entonces con torpeza y privilegios, correría por fin para todos por igual. Cansada de ver a los mismos servirse primero, la familia le entregó las llaves. Algunos lo hicieron con entusiasmo; otros, porque estaban cansados. Nadie pregunto cómo podrían recuperarlas si un día se negaba a devolverlas. 

Al principio repartió más baldes. Después exigió gratitud por cada uno. Pronto el agua dejó de ser un derecho y se convirtió en premio. Cambió las cerraduras y guardó las nuevas llaves en su bolsillo.

Cuando murió, dejó la casa a un heredero que había aprendido de él una sola lección, mal aprendida: gobernar una casa era lo mismo que ser su dueño. Cerró todavía más las puertas. Hijos, nietos y ramas enteras de la familia salieron con lo puesto hacia otros valles, otros idiomas. Algunos siguieron agradeciendo el agua incluso cuando el techo comenzó a caer sobre sus cabezas.

La llave que no quiso entregar

Cada cierto tiempo, por una vieja costumbre de la casa, tocaba volver a elegir quién debía sentarse a la cabecera. El heredero permitió que se hiciera una vez más, seguro de que nadie votaría distinto. Se equivocó: ganó, contra sus pronósticos, una prima que llevaba años señalando las cuentas falsas del pozo. El heredero, de todos modos, se quedó con las llaves. Dijo que el conteo estaba mal y cerró también el cuarto donde se guardaban los papeles. La prima no abandonó la casa. Permaneció resguardada en uno de los aposentos, mientras el heredero intentaba borrar su nombre de la puerta. Desde allí continuó hablando; algunos fingían no escucharla, otros se acercaban a comprobar que su voz seguía viva.

Y vino la tormenta

Una noche, una tormenta derribó la puerta y arrancó medio tejado, como si hubiera venido a cobrarle a la casa todos sus años de abandono. Los vecinos —incluso quienes no se hablaban— cargaron tablas y baldes hasta el amanecer. Por unas horas la familia volvió a sentirse una sola. La tormenta pasó dejando heridas, se guardaron los baldes y nadie quiso preguntarse por qué necesitaban una desgracia para reconocerse como hermanos.

La casa terminó por derrumbarse: pareció caer de golpe, aunque llevaba años cayéndose.

Los vientos del norte

Del heredero no volvió a saberse gran cosa: una madrugada, simplemente ya no estaba. Entre los escombros apareció el pozo, indiferente como siempre. Entonces llegó un hombre del Norte, con un contrato tan largo que nadie podía leerlo de una sentada. Prometía levantar paredes y devolverle un techo a la familia. A cambio, pedía las llaves del pozo para él y para los hijos de sus hijos.

Algunos quisieron firmar esa misma tarde. Otros pidieron leer cada cláusula en voz alta. Hubo gritos. Pero algo más ocurrió esa tarde: primos que llevaban años sin hablarse volvieron a encontrarse alrededor de la misma mesa. El hombre del Norte no había venido a reconciliarlos. Sin proponérselo, logró lo que ningún sermón familiar había conseguido en años.

Firmar o esperar

Un anciano pidió la palabra. Dijo que la familia enfrentaba dos peligros, no uno: podía quedarse discutiendo para siempre bajo la lluvia, o aceptar cualquier techo con tal de dormir seca una noche, aunque al despertar descubriera que la casa ya no era suya.

Alguien preguntó qué hacer con los primos que habían aplaudido hasta el final. Nadie propuso expulsarlos. Se pidió, apenas, que contaran en voz alta lo que habían visto, y que ayudaran a levantar lo que habían dejado caer. La familia entendió que una casa construida solo con los que nunca se equivocaron sería, otra vez, una casa demasiado pequeña para todos.

No bastaba escoger entre firmar o esperar: había que decidir cuánto se podía ceder para levantarse sin volver a entregar la casa.

Los nuevos cimientos

Nadie sabe aún cómo termina esta historia. Se sabe, eso sí, que los nietos —hijos de los que se fueron y de los que se quedaron aplaudiendo con miedo— han empezado a trabajar codo a codo. Algunos buscan otras fuentes de agua; otros cultivan la tierra. Todos comienzan por lo mismo: nivelan el suelo y marcan dónde deberá levantarse cada columna. Unos cimientos bien puestos no sostienen una sola casa: pueden sostener cualquier casa que después decidan construir.

Y hay quienes preguntan por la prima que nunca se fue: si esta vez la dejarán sentarse a la cabecera. Nadie promete que así será. Pero es la primera vez en mucho tiempo que alguien se atreve a preguntarlo en voz alta.

La hora de levantar la casa

Los nietos no contestan con discursos. Se arremangan. Saben que nadie vendrá a rescatar a una familia que no esté dispuesta a salvarse a sí misma. Uno aparta las piedras que ya no sirven; otro sostiene la viga; otro vigila el pozo para que nadie vuelva a guardar sus llaves en un solo bolsillo.

El amanecer los encuentra trabajando. Y en cada palada parece escucharse la respuesta que a la familia le tomó generaciones aprender: la casa no será de quien mande sobre el agua, sino de quienes estén dispuestos a cuidarla. Porque del pozo puede seguir brotando agua, pero no el porvenir: ese habrá que levantarlo entre todos.

@luiseloy360

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