
Maansi Srivastava
María Corina Machado no ha renunciado a regresar a Venezuela. Tampoco parece dispuesta a repetir exactamente lo que acaba de hacer. Después de siete intentos frustrados, los tres últimos en menos de 24 horas y con este periódico como testigo directo en Panamá, la dirigente opositora ha entrado en una fase distinta de su larga operación de retorno. El objetivo sigue siendo el mismo, pero el método está cambiando hacia menos clandestinidad, más presión al régimen y, posiblemente, un regreso público que obligue a todos los actores a retratarse.
Por: ABC
ABC ha podido reconstruir durante estos días una operación mucho más compleja de lo que se sabía. Desde junio, Machado ha intentado volver a Venezuela por aire, tierra y mar. Ha estudiado rutas a través de Curazao, Aruba y Bonaire, ha tratado de volar directamente a Caracas y llegó a preparar una travesía marítima desde Panamá. El Gobierno panameño le expidió incluso un pasaporte diplomático especial por razones humanitarias. ABC pudo examinar dicho documento, que debía servirle como salvoconducto internacional ante la ausencia de un pasaporte venezolano vigente. Pero nada de eso funcionó.
El último episodio fue probablemente el más revelador de cómo ha funcionado este bloqueo. La operación tenía nombre en clave, Ítaca, y debía comenzar en la madrugada del 22 de septiembre. Un barco iba a atravesar el canal de Panamá y estaba preparado para una navegación de varios días por el Caribe. La idea era presentar la travesía como un viaje privado y desaparecer después durante días en unas aguas particularmente delicadas por la presencia militar estadounidense y las operaciones recientes contra el narcotráfico.
Machado viajaría con un grupo muy reducido. ABC debía acompañarla hasta Venezuela. Todo estaba preparado, incluidos los trámites migratorios, cuando la empresa propietaria de la embarcación comunicó una avería inesperada. Hubo entonces llamadas, comprobaciones y discusiones. La explicación oficial de la empresa fue siempre la misma, que el barco no podía salir y no había alternativa.
El equipo no quiso esperar. En cuestión de horas se activaron alternativas aéreas para acercar a Machado a las islas neerlandesas frente a las costas venezolanas y completar desde allí el trayecto por mar. Curazao, Aruba y Bonaire llevan meses apareciendo en sus planes porque están a muy pocos kilómetros de Venezuela y permiten evitar una llegada directa a un aeropuerto controlado por las autoridades venezolanas.
Tampoco esas opciones prosperaron. ABC ha revelado que la intervención de las autoridades de Países Bajos fue determinante en varios de esos episodios. Las explicaciones administrativas que se dieron sobre manifiestos de pasajeros, naturaleza comercial o privada de los vuelos y permisos necesarios no explican por sí solas lo ocurrido. Hubo una decisión política de no permitir que las islas neerlandesas se convirtieran en plataforma para el regreso de Machado a Venezuela.
El primer ministro neerlandés, Rob Jetten, reconoció el viernes que tiene conocimiento de los intentos de Machado de regresar a Venezuela a través de Aruba y Curazao, pero evitó responder directamente si Países Bajos dificultó o impidió esos viajes. Jetten aseguró que planteó la cuestión a la presidenta interina venezolana y admite contactos frecuentes con las islas y con la oposición. Sobre una posible intervención neerlandesa, se limitó a decir: «Estamos en contacto frecuente con la oposición en Venezuela y la apoyamos siempre que sea posible».
El laberinto del regreso
La paradoja es considerable. Estados Unidos y Europa sostienen públicamente que Machado debe poder regresar libremente a su propio país. Marco Rubio volvió a definirla esta semana como una mujer «muy valiente» y recordó su larga relación con ella. Washington insiste de nuevo en que no existe un veto estadounidense a su retorno. Pero la experiencia de estos meses demuestra que entre esa posición pública y lo que sucede sobre el terreno existe una distancia abismal.
Machado ya lo había comprobado en junio. El día 26 intentó volar desde Virginia hasta Curazao para continuar desde allí hacia Venezuela. El plan se vino abajo cuando se le denegaron los permisos necesarios de aterrizaje en pleno vuelo. Dos días después, viajó a Panamá e intentó embarcar en un vuelo comercial de Copa hacia Caracas. Tampoco pudo hacerlo. En septiembre volvió a Panamá para intentarlo de nuevo y se encontró con una sucesión de obstáculos distintos que produjeron siempre el mismo resultado.
La cuestión ya no es, por tanto, simplemente cómo entrar en Venezuela. Es quién está dispuesto a asumir la responsabilidad política de que Machado entre y qué consecuencias tendría su presencia dentro del país. Ése es el problema que se encuentra ahora sobre la mesa en Washington, que sobre todo quiere estabilizar a Delcy Rodríguez.
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