El Nobel que rompió el guión: poder, paz y la reescritura del orden liberal, por Antonio de la Cruz
16 Jan 2026, 11:18 7 minutos de lectura

El Nobel que rompió el guión: poder, paz y la reescritura del orden liberal, por Antonio de la Cruz

Por La Patilla

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Por décadas, el Premio Nobel de la Paz ha funcionado menos como un reconocimiento histórico que como un mecanismo de autovalidación del orden liberal internacional. Ha premiado procesos, intenciones, diálogos interminables y equilibrios morales cuidadosamente calibrados. Rara vez ha premiado resultados. Mucho menos decisiones disruptivas.

Por eso, la entrega de la Medalla del Nobel de la Paz a Donald Trump —realizada por María Corina Machado en nombre de la Venezuela democrática— no puede leerse como un episodio ceremonial. Es, más bien, un acto de ruptura histórica que obliga a replantear qué entendemos por paz, legitimidad y poder en el siglo XXI.

Como en los grandes momentos de inflexión que estudia la historia —1789, 1919, 1945, 1989— el gesto no adquiere sentido por la unanimidad que genera, sino por la disonancia que provoca.

La paz como resultado, no como intención

El liberalismo institucional contemporáneo redefinió la paz como ausencia de conflicto visible. Bajo esa lógica, intervenir —aunque sea para desmantelar un sistema criminal— se volvió moralmente sospechoso. El resultado fue una paradoja histórica: regímenes violentos aprendieron a sobrevivir no derrotando a sus adversarios, sino convirtiéndose en problemas demasiado incómodos para resolver.

Venezuela fue el ejemplo más acabado de ese fenómeno. Durante más de dos décadas, el chavismo mutó de proyecto político a estructura criminal de Estado, sin que la comunidad internacional encontrara el lenguaje —ni la voluntad— para nombrarlo como tal. Hubo informes, misiones, mesas de diálogo y sanciones selectivas. No hubo ruptura.

La acción decisiva de la administración Trump alteró esa ecuación. No fue una transición negociada ni un proceso tutelado por organismos multilaterales. Fue una decisión de poder, ejecutada fuera del consenso, que produjo un resultado concreto: el colapso del vértice del régimen.

En términos históricos, eso es lo que distingue a los momentos fundacionales de los episodios retóricos.

El paralelismo incómodo: Washington, Bolívar y la política de la ruptura

La carta de Simón Bolívar en la que expresa su veneración por George Washington no es un texto de adulación personal. Es un documento político. Bolívar entiende que Washington encarna algo más profundo: la legitimidad que surge cuando una acción rompe un orden injusto y sobrevive a la condena de su tiempo.

Washington fue acusado de traidor al imperio. Bolívar de caudillo irresponsable. Ambos compartieron una característica central: actuaron antes de que existiera consenso.

El paralelismo que muchos rechazan —Washington/Bolívar, Trump/Machado— no reside en la personalidad de los actores, sino en la función histórica del gesto. Trump no es premiado por su retórica, ni siquiera por su estilo, sino por haber ejecutado una decisión que otros consideraban impensable, y que el sistema prefería evitar.

María Corina Machado, al entregar la medalla, no actúa como beneficiaria pasiva del poder externo. Actúa como sujeto histórico que valida una acción desde la legitimidad democrática interna. Es un acto de transferencia simbólica: no es Washington premiándose a sí mismo, es el pueblo oprimido reconociendo al actor que alteró su destino.

El Nobel como arma narrativa

Aquí reside el elemento más perturbador del episodio: el Nobel deja de ser un símbolo moral administrado por élites transnacionales y se convierte en un instrumento narrativo de poder.

El mensaje implícito es devastador para el establishment internacional:
— No toda paz nace del diálogo.
— No toda violencia se resuelve con procesos.
— No toda intervención es ilegítima.

En la historia del siglo XX, los grandes momentos de “paz” —el fin del nazismo, del imperialismo japonés, del bloque soviético— no fueron el resultado de consensos previos, sino de decisiones que rompieron reglas existentes.

El Nobel entregado a Trump reabre esa discusión que el liberalismo había intentado clausurar: ¿es más inmoral intervenir o permitir que un sistema criminal se perpetúe en nombre de la estabilidad?

María Corina Machado y la inversión de legitimidad

Que el gesto provenga de María Corina Machado no es un detalle menor. En términos históricos, ella encarna la continuidad entre soberanía popular y acción internacional. No es una líder surgida de un acuerdo de élites ni de una transición pactada, sino del mandato explícito del 28 de julio de 2024.

Su rol en este episodio redefine la relación entre actores internos y externos. Durante décadas, América Latina fue tratada como objeto de políticas diseñadas en otros centros de poder. Aquí ocurre lo contrario: la legitimidad emana desde adentro, y evalúa retrospectivamente la acción externa.

Este punto es clave: no se trata de gratitud subordinada, sino de reconocimiento entre actores históricos. Como Bolívar frente a Washington, Machado no abdica soberanía; la reafirma.

La ruptura del orden liberal cómodo

El rechazo visceral que genera este Nobel en ciertos círculos confirma su relevancia histórica. Los premios que no incomodan suelen ser olvidados. Los que dividen, permanecen.

El liberalismo institucional había construido una cómoda arquitectura moral donde la responsabilidad se diluía entre comunicados, misiones exploratorias y “acompañamientos”. La entrega de esta medalla introduce una variable que ese sistema detesta: responsabilidad histórica concreta.

¿Quién actuó cuando pudo?
¿Quién miró hacia otro lado?
¿Quién se refugió en el lenguaje para evitar la decisión?

La historia, como siempre, no responde con editoriales, sino con consecuencias.

Conclusión: la paz como decisión irreversible

Este Nobel no absuelve a Donald Trump de controversias ni lo convierte en figura consensual. Tampoco pretende hacerlo. Su significado es otro: marca un punto de inflexión en la manera en que entendemos la relación entre poder y paz.

En la tradición histórica que va de Washington a Bolívar, los grandes actos no son aquellos que buscan aprobación inmediata, sino los que reordenan el campo de lo posible. La paz, en ese sentido, no es la ausencia de conflicto, sino la clausura de un sistema de violencia estructural.

La entrega de la medalla no cierra un capítulo. Abre uno nuevo. Y como ocurre siempre en los momentos decisivos, el juicio final no lo dictará el consenso del presente, sino el veredicto implacable del tiempo.

 

Antonio de la Cruz

Director ejecutivo de Inter American Trends

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