Cuba frente a su hora, por @ArmandoMartini
19 Jan 2026, 10:44 5 minutos de lectura

Cuba frente a su hora, por @ArmandoMartini

Por La Patilla

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El castrismo resistió con padrinos, represión y una narrativa revolucionaria que prometía redención. El equilibrio se rompió. Sin subsidios ni épica y con una sociedad menos temerosa, La Habana enfrenta una verdad que no puede aplazar. El tiempo dejó de jugar a su favor. Llegó el final de la ilusión.

La historia, aletargada en la modorra del trópico, despertó. Durante décadas, perfeccionó el arte de la estabilidad parasitaria, primero bebiendo de la ubre soviética, luego sostenido por el crudo venezolano. El cordón umbilical ha sido amputado y la dependencia amorosa terminó. Y con ella, se desmorona el escudo que permitió resistir más allá de su propia lógica de agotamiento.

El ambiente en La Habana es dramático. Cuba no es la misma de 1994. Fidel Castro sorteó el “Período Especial” con carisma diabólico y represión eficaz, administrando la miseria y el terror como instrumentos de dominio. Hoy, quienes gestionan los escombros enfrentan una realidad distinta, apagones de hasta veinte horas, colapso productivo, sin gasolina e inflación incontrolable, y una ciudadanía mejor informada, equipada con tecnología que erosiona el monopolio estatal de la verdad. El miedo ya no es absoluto; la resignación tampoco. Administrar el fracaso no alcanza.

La isla sufre agotamiento moral y ético. No se trata solo de pobreza material, sino de la ruptura entre gobernantes y gobernados que el discurso revolucionario ya no logra suturar. Cuba grita libertad y dignidad, pero también certezas mínimas para sobrevivir, tensión que define el momento.

Washington comprende que el nervio vital está en la energía. El control del flujo petrolero, tras el colapso del modelo chavista, coloca a la cúpula castrista ante un dilema incómodo, resistir sin subsidio o negociar sin heroísmo. No es una ecuación moral, sino de supervivencia.

En ese marco, la estrategia impulsada de la política estadounidense, en particular, del entorno republicano, apuesta por una presión sobre la élite, más que por un castigo indiscriminado. Sin petróleo subsidiado, Cuba es vulnerable, la infraestructura obsoleta, la economía desarticulada y un Estado incapaz de garantizar servicios básicos. Aun así, conviene no subestimar la capacidad para prolongar la agonía.

La pregunta no es si el comunismo cubano es viable, hace tiempo dejó de serlo, sino cuánto tiempo más puede administrarse su fiasco. La gerontocracia no dirige una revolución, sino un sistema en retirada, afectado por una hemorragia demográfica, sin relevo político creíble y con incentivos crecientes para la deserción silenciosa. El tablero cambió, Venezuela dejó de ser cajero; Rusia lejos y absorbida por su desgaste; China observa, poco dispuesta a rescatar a quien ya no ofrece rentabilidad estratégica.

La Casa Blanca observa con atención a la Fuerza Armada. Allí se concentran las tiranteces relevantes. Conviven ideólogos de la “continuidad” con pragmáticos que ven cómo sus activos, privilegios y futuro desaparecen. Un estallido social no es inevitable, tampoco descartable; y el riesgo de violencia es real si no se abre una vía de negociación antes de que la calle imponga su propia agenda.

La salida del castrismo, no será un acto romántico. Será el primer movimiento de una sinfonía compleja, con riesgos de anarquía, ajuste de cuentas o “mafización” al estilo postsoviético. Por eso, la transición exigirá cirugía de emergencia, pero también cálculo frío. El “día después” no puede limitarse a un cambio de élites ni a consignas democráticas vacías.

Se requerirá de un acuerdo amplio que combine amnistía sin impunidad, liberación de presos políticos, garantías para el regreso de exiliados, cese de la persecución por razones de opinión y un programa de seguridad alimentaria y energética. Apertura económica y protección jurídica de la propiedad privada serán condiciones indispensables. Y luego, la agenda democrática, elecciones libres, transparentes y supervisadas por organismos internacionales, será imprescindible, pero no suficiente si no se acompaña de gobernabilidad real.

La caída del castrismo no es certeza cronológica, sino posibilidad histórica abierta. El fin de la coartada venezolana deja al desnudo la fragilidad de un sistema que ya no puede prometer ni futuro ni sacrificio con sentido. La Habana espera un trato inevitable con la historia.

Cuba anhela libertad, instituciones democráticas, respeto a los Derechos Humanos, Estado de derecho y un proceso electoral auténtico que refleje la voluntad popular. Si lo consigue dependerá menos de las consignas y más de la lucidez con que se gestione el final de una pesadilla que ha durado demasiado. El invierno de los patriarcas se aproxima a su ocaso, pero exigirá algo más que entusiasmo, demandará responsabilidad.

@ArmandoMartini

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