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Vivimos en la era de la «insuficiencia». Como bien señala Pilar Sordo, la modernidad nos ha inoculado la idea de que nunca somos, tenemos o hacemos lo suficiente. Nos despertamos y, antes de abrir los ojos al sol, ya sentimos que vamos tarde. El mundo digital nos lanza el estigma de aquel que «ya corrió 12 kilómetros» mientras nosotros apenas intentamos entender el mapa de nuestra propia habitación.
Pero esta sensación no nace solo del deseo de superación; nace de una arquitectura de la comparación. En psicología, la comparación constante anula la identidad. Cuando nos imponen un estándar de «éxito» o de «normalidad» a través de pantallas, y ese estándar no coincide con el suelo que pisamos, se genera una disonancia cognitiva dolorosa.
Filosóficamente, estamos viviendo el mito de la caverna de Platón en versión digital. Las sombras proyectadas en la pared, esa paz fingida, esa estabilidad de filtro, ese bienestar de etiqueta, intentan convencernos de que el mundo exterior es así. Sin embargo, sabemos que esas sombras son manipuladas por quienes sostienen las antorchas detrás de nosotros.
Esa frase de Sordo, «estamos detrás de algo, pero no sabemos de qué», cobra un matiz inquietante cuando la llevamos al plano social. A veces, la incertidumbre no es falta de metas, sino el resultado de un entorno que nos ha robado el horizonte. Corremos para sobrevivir, para alcanzar una «paz» que se nos promete en discursos pero que se siente ajena en el estómago. La insuficiencia aquí es sistémica: se nos pide calma en medio del caos y alegría donde solo hay resistencia.
Viktor Frankl enseñaba que el hombre puede soportar cualquier «cómo» si tiene un «porqué». El problema actual es que se nos intenta imponer un «qué» vacío. Nos dicen qué sentir, qué celebrar y qué ignorar.
La verdadera estabilidad no llegará por el cansancio de seguir corriendo tras el idiota de los 12 kilómetros. La paz auténtica, esa que no necesita ser publicada en redes para existir, solo emerge cuando el escenario se despeja de los ruidos que lo distorsionan. Solo cuando los personajes que hoy dirigen el teatro de las sombras dejen de proyectar su voluntad sobre nuestras vidas, podremos dejar de correr hacia lo desconocido.
Mantenerse en movimiento, como he escrito antes, es vital. Pero el movimiento debe tener sentido. No se trata de correr la maratón de otros, sino de caminar hacia nuestra propia verdad.
La insuficiencia terminará cuando dejemos de medir nuestra vida con la regla de quienes pretenden controlarla. El amor y la paz no son metas a alcanzar en una pantalla; son el resultado natural de un aire limpio, de una verdad sin filtros y de una libertad que, aunque hoy parezca un murmullo entre líneas, es el único destino real por el que vale la pena seguir caminando.
No estamos condenados a la insuficiencia; estamos atravesando un proceso de resiliencia sagrada. La historia nos ha enseñado que el ruido de las cadenas, por fuerte que sea, jamás podrá apagar el latido de un corazón que sabe que nació para la libertad.
No nos confundamos: la carrera no es contra los kilómetros de otros, ni contra las pantallas que intentan fabricar una felicidad de cartón piedra. La verdadera carrera es interior. Es la lucha por preservar la luz en tiempos de penumbra, por sostener el amor donde intentan sembrar desconfianza, y por mantener la mirada fija en ese horizonte que, aunque hoy se vea borroso por el humo de la incertidumbre, sigue estando allí, esperándonos.
Llegará el día (porque el tiempo de Dios es perfecto ) en que el escenario quedará vacío de actores oscuros. Ese día, el telón de la impostura caerá y descubriremos que la paz no era algo que debíamos «alcanzar» en una red social, sino algo que siempre llevamos dentro, esperando el aire puro para florecer.
Hoy, aunque el camino sea empinado y la meta parezca lejana, recuerda: la sombra es solo la prueba de que en algún lugar la luz sigue encendida. Sigamos en movimiento, no por inercia, sino por convicción. Porque cuando la verdad decida manifestarse, nos encontrará caminando, despiertos y listos para habitar la libertad que nos pertenece por derecho divino.
porque lo mejor no está por venir… lo mejor ya está naciendo en nosotros!
Vamos por más …