Antonio de la Cruz: Pongan la fecha
30 Sep 2026, 11:05 7 minutos de lectura

Antonio de la Cruz: Pongan la fecha

Por Opinion

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Hay imágenes que valen más que los discursos, y la del domingo por la noche en el aeropuerto de Maiquetía es una de ellas. Un avión aterriza, una mujer baja las escalinatas y varias docenas de personas la esperan con banderas de un partido que el poder tolera a medias y teme por completo. Se llama Claudia Macero, es la jefa de comunicaciones de Vente Venezuela, pasó meses asilada en la residencia de la embajada argentina en Caracas y más de un año en el exilio. Ha vuelto. “Vuelvo para darme confianza a mí y para darle confianza a otros”, dijo a los periodistas. “Es el momento de volver a casa”.

En Venezuela, volver a casa se ha convertido en un acto político, acaso el más político de todos. Porque la dictadura moderna —esa que ya no necesita tanques en las esquinas porque le basta con el miedo administrado— no expulsa solamente cuerpos; expulsa sobre todo la esperanza de que el país siga siendo habitable. Cada exiliado que regresa, cada asilado que pisa de nuevo su tierra desmiente con los pies lo que el poder afirma con los micrófonos: que afuera no hay nada que hacer y adentro no hay nada que esperar.

Macero no es una figura cualquiera. Es la voz de María Corina Machado, la líder opositora y premio Nobel de la Paz que ha intentado regresar a Venezuela siete veces —por tierra, por mar, por aire— y siete veces se lo han impedido. Desde Panamá, donde aguarda, Machado ha dicho que considera llegado el momento de volver. Su entorno habla de estos retornos parciales —primero Omar González en agosto, ahora Macero— como quien describe una marea que sube: “cada regreso es otro paso inmenso”, escribió Machado. Es el mito de Ítaca al revés. Ya no es Ulises quien tarda veinte años en volver porque los dioses se lo impiden; es Penélope —un país entero tejiendo y destejiendo la espera— quien aguarda mientras los pretendientes ocupan el palacio y se reparten los bienes.

Pero Macero, con la precisión de quien conoce el oficio de las palabras, puso el dedo exactamente en la llaga. No habló de ideologías ni de venganzas. Dijo tres palabras que son un desafío y un programa: “Pongan la fecha”. Y las adornó con una lógica impecable, de esas que desarman al autoritarismo porque lo obligan a mostrar su verdadero rostro: “Nada mejor que ganar una elección si compites con la mejor y le ganas. Dejen que llegue María Corina, que compitan, vamos a hacer elecciones, pongan la fecha”.

Porque la fecha —esa humilde coordenada del calendario— es lo único que el poder no quiere dar. Delcy Rodríguez viajó a Nueva York, habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y anunció solemnemente que en Venezuela habrá elecciones. No dijo cuándo. Dijo, en cambio, algo mucho más revelador, una frase digna de figurar en la antología universal del despotismo ilustrado: “La democracia no se mide por la existencia de elecciones”. Según esta doctrina, la democracia consistiría en “la calidad de la competencia que precede” al voto; y quién juzga esa calidad, y cuándo el pueblo está maduro para votar, lo decide, naturalmente, el poder. Es el viejo Estado tutelar latinoamericano con ropa nueva: el tutor que dosifica la libertad de sus pupilos como una medicina, y que confunde la madurez cívica con su propia permanencia en el palacio.

Del otro lado del tablero, Washington parece haber comprado, al menos en parte, esa farmacopea. Donald Trump se reunió con Rodríguez en los márgenes de la Asamblea —un encuentro impensable hace apenas un año— y luego declaró a la prensa, con su habitual economía verbal: “Hablé sobre elecciones”. Marco Rubio, su secretario de Estado, precisó la doctrina: hay que reconstruir la economía y las instituciones electorales “a la vez”, porque un gobierno electo no sobreviviría en medio del colapso, y la reestructuración de la deuda formará parte del tratamiento. Ni Trump ni Rubio dieron fecha alguna. Primero la estabilización, después el voto: es la misma melodía del tutelaje, tocada ahora con instrumentos norteamericanos.

No pretendo ser injusto con esa prudencia. Venezuela no es un país normal y sería frívolo exigir elecciones mañana como si nada hubiera pasado. En junio un terremoto doble dejó miles de muertos, la economía sigue en ruinas, millones de venezolanos viven en el exilio y el Consejo Nacional Electoral quedó desacreditado por el fraude de 2024. Quien pida votar pasado mañana sin reconstruir nada pide, en el fondo, otro naufragio. Pero hay una diferencia abismal —y es la diferencia entre la democracia y su simulacro— entre preparar las condiciones del voto y usar las condiciones como coartada para no votar nunca. La historia de América Latina está llena de tutores que prometieron elecciones “cuando el país esté listo”, y el país no estuvo listo jamás.

La libertad, conviene recordarlo de cuando en cuando, no se dosifica. No es una medicina que el médico-poder administra al enfermo-pueblo según su criterio. Es un derecho, y los derechos no tienen fecha de vencimiento ni requieren la autorización del tutor. Cuando un gobierno dice “habrá elecciones” pero se niega a decir “cuándo”, no está anunciando una fiesta cívica: está confesando un miedo. El miedo a contarse, a medirse, a perder.

Por eso el regreso de Claudia Macero importa más de lo que parece. No porque una jefa de prensa cambie la correlación de fuerzas —no la cambia—, sino porque ha vuelto a poner sobre la mesa la única pregunta que el tutelaje no puede responder sin desnudarse: ¿cuándo vota Venezuela? “Pongan la fecha”: tres palabras que resumen medio siglo de querella latinoamericana entre el poder que teme al pueblo y el pueblo que insiste en existir.

Ulises, al final, volvió a Ítaca. Tardó veinte años, perdió barcos y compañeros, llegó disfrazado de mendigo. Pero volvió. La pregunta que Macero ha traído en su equipaje no es si María Corina Machado volverá —eso lo decidirán la astucia, el coraje y la geopolítica—, sino si Venezuela volverá a ser ese lugar donde volver a casa no requiera heroísmo.

 

Antonio de la Cruz

Director ejecutivo de Inter American Trends

 

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