Wilber Garcés antes del disparo de ICE: apasionado del deporte y padre de un niño discapacitado
25 Sep 2026, 11:06 4 minutos de lectura

Wilber Garcés antes del disparo de ICE: apasionado del deporte y padre de un niño discapacitado

Por La Patilla

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Wilber Rafael Garcés Pérez en una foto del archivo familiar junto a su hijo.

 

Desde hace cinco días, la madre de Wilber Rafael Garcés Pérez, Flor Pérez, ha tenido la tensión arterial alta y dolores de cabeza de saber que su hijo está detenido, todavía con la bala en la espalda que le disparó un agente migratorio el domingo. Al mismo tiempo, busca explicaciones que darle a su nieto de siete años, que insiste en que quiere hablar con su padre.

Por Patricia Clarembaux | EL PAÍS

“Mis pensamientos, mis oraciones, mi corazón, mi alma, todo está con él”, dice a EL PAÍS Flor Pérez en un mensaje de voz. “Estoy orando para que salga de ahí y me lo operen, que es lo que a mí me importa más en este momento”, comenta ella desde la ciudad de Barquisimeto, a cinco horas al oeste de Caracas, la capital de Venezuela, donde se encuentra visitando al hijo de Wilber.

“Quiere sentirse cerca de su hijo al estar con su nieto”, cuenta la hermana de la señora Flor, Jacqueline Pérez.

Wilber, de 28 años, ha estado en un centro de procesamiento del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) al sur de Texas, en la desolada ciudad de Pearsall.

Desde ese día, ella no ha podido hablar directamente con su hijo. Se entera de las noticias por la abogada de inmigración, Kate Lincoln Goldfinch, que lo representa, o por la pareja de Wilber.

Jacqueline Pérez asegura que su sobrino Wilber Rafael es tranquilo, que “nunca se ha metido en problemas”; que mientras estuvo en Venezuela, solo se dedicó a estudiar y trabajar para apoyar a su padre con los gastos de la casa.

“Le iba bien en sus estudios, no tenía que hacer mucho esfuerzo”, cuenta. Su gran pasión, dice, eran el béisbol y el fútbol. “Siempre ha sido apasionado de los deportes. Era exagerado. Se lastimaba para meter un gol, se raspaba las piernas, y yo le decía que si creía que iba a un mundial”.

Wilber fue parte de un equipo de fútbol en su pueblo natal, Yaritagua, una ciudad en el estado Yaracuy.

Su único hijo, de siete años, también lo recuerda con admiración. En un mensaje de voz enviado por WhatsApp a EL PAÍS, su abuela Flor le preguntó: “¿Quién es el hombre a quien tú más amas en este mundo?”. Y él respondió, sin dudar: “A mi papá”.

Flor Pérez dice que desde el domingo, el niño ha pedido cada noche llamar a su padre, como es habitual. Ella ha tenido que decirle que está ocupado, que no puede hablar por ahora. La noche del martes, el niño insistió en mandarle un audio a su padre para tocarle una canción con la flauta que la abuela le había regalado.

Vivir en Estados Unidos le permitió a Wilber tener un mejor salario que en Venezuela. Para el padre, esto es primordial: quiere darle mejores condiciones a su hijo, que sufre un trastorno neuromuscular de nacimiento que le dificulta el caminar. Por eso ese domingo hacía una entrega de DoorDash, porque su hijo requiere terapias físicas costosas para poder mejorar su movilidad. Y en efecto, dice la tía, ha mejorado.

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