Ser ciudadano, por @ArmandoMartini
19 Oct 2026, 10:25 6 minutos de lectura

Ser ciudadano, por @ArmandoMartini

Por La Patilla

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Se pronuncia con emoción, solemnidad y exigua comprensión. La invocan en discursos, resaltan en documentos oficiales y la recuerdan con entusiasmo en tiempo electoral; para luego descubrir con asombro, que tienen la desagradable costumbre de pensar, preguntar y, en ocasiones, no estar de acuerdo. Es entonces cuando la democracia comienza a parecer un negocio mal administrado.

¿Qué significa ser ciudadano? No solo consiste en poseer nacionalidad, tener cédula de identidad o pasaporte; tampoco en votar, pagar impuestos y guardar silencio mientras otros deciden qué hacer; aunque son parte de la ciudadanía, no constituye su esencia.

El país no es un feudo del Gobierno, partido político, grupos poderosos, o de quienes confunden el poder transitorio con un título de propiedad eterna; pertenece a quienes lo habitan y deberán recibirlo en el futuro, tan elemental, que incomoda y produce ansiedad.

El ciudadano genuino, no es el que aplaude esperando recompensa, ni el que insulta en deseo de ocupar su puesto; es quien concibe el poder con límites, que las instituciones no son adornos de la República y ninguna autoridad está por encima de la ley.

Las poblaciones pueden acostumbrarse a la humillación, injusticias, carencias, corrupción, inflación, y, sin embargo, lo peligroso es convertirlo en normalidad junto a otras desgracias, para terminar, organizando la existencia alrededor de infortunios. La resignación es eficiente, no necesita presupuesto, ni rinde cuentas, pero consigue que los ciudadanos se conviertan en espectadores de su decadencia.

La humanidad posee habilidad para elegir a sus gobernantes y luego sorprenderse que gobiernen; tiene el hábito de confundir popularidad con virtud, propaganda con verdad y obediencia con patriotismo. Si un político promete resolver cualquier cosa, muchos le entregan su confianza, si después concentra el poder, algunos le agradecen la amabilidad de concentrarlo.

La ciudadanía empieza donde termina esa ingenuidad. Un ciudadano no entrega su conciencia a cambio de una bolsa de alimentos, ayuda económica, empleo público o promesa electoral. Puede necesitarlas, y mezquino reprochar a quien vive en la precariedad, no obstante, los derechos no son regalos del poder, sino garantías que deben protegerlo.

La diferencia es inmensa, quien recibe un favor queda expuesto a la gratitud obligatoria, los que ejercen un derecho pueden exigir que se los respeten. En el primer caso, el gobernante aparece como benefactor, en el segundo, el empleado público recuerda que trabaja para la sociedad. No es agradable la distinción, pero la República no se diseña para proteger sentimientos de funcionarios.

Ser ciudadano exige, algo más difícil que protestar, asumir responsabilidades. Es cómodo culpar a los políticos de todos los males, muchas veces, con razones de sobra para hacerlo. Sin embargo, ninguna sociedad puede aspirar a instituciones decentes si sus integrantes toleran la vagabundería cotidiana; celebran la arbitrariedad y el abuso cuando beneficia a los propios; justifican la mentira cuando favorece sus preferencias, o reclaman justicia cuando la víctima pertenece a su bando. La democracia no se maltrata cuando el regente infringe la Constitución, se debilita al momento que la sociedad decide que importa menos que sus conveniencias.

No existe ciudadanía plena sin libertad de conciencia, acceso a la información, educación cívica, capacidad para disentir; sin justicia independiente, elecciones confiables y autoridades sujetas a controles efectivos. Pedirle al ciudadano que sea valiente mientras las instituciones lo abandonan, es una cretinada. La valentía individual importa, pero una República necesita seguridad para ejercerla, y que no se convierta en sentencia.

Ser ciudadano es el difícil oficio de no dejarse gobernar como rebaño, tampoco significa vivir permanente en la calle, marchar todos los días o convertir cada desacuerdo en una batalla; simboliza saber cuándo hablar, organizarse, exigir explicaciones y negarse a colaborar con aquello que degrada la dignidad. A veces la ciudadanía se manifiesta en una protesta multitudinaria, otras, en un periodista que publica una verdad embarazosa, un juez que se niega a obedecer una orden ilegal, un maestro que enseña a pensar o un empleado que rechaza participar en un fraude.

La República también se defiende en los actos que no salen en las noticias, y no confundir al país con quienes lo gobiernan. Amar a la patria no obliga a celebrar sus errores, al contrario, quien ama a su país tiene motivos suficientes para señalar sus defectos, exigir cambios y rechazar a quienes pretenden convertir la bandera en una posesión partidista. El patriotismo sin pensamiento crítico termina siendo una forma de obediencia decorada con símbolos patrios.

La pregunta no es qué derechos tiene un ciudadano, sino qué clase de sociedad permite construir con ellos. Podemos disfrutar de documentación impecable y una ciudadanía inexistente; elecciones y ningún control sobre el poder; himnos, banderas y discursos patrióticos mientras la dignidad se pierde en una oficina pública.

No se es libre por repetir la palabra libertad, sino cuando se ejerce sin pedir permiso. Ser ciudadano es comprender que la libertad no consiste en encontrar un amo más amable, sino en impedir que alguien se crea dueño de nuestro destino. La ciudadanía no necesita gobernantes que la menosprecien, sino instituciones que respeten. Precisan ciudadanos que no se arrodillen ante el poder, pero que tampoco se crean exentos de responsabilidad, porque cuando se renuncia a pensar, alguien se ofrece para hacerlo; y ese voluntario, casi siempre, termina cobrando caro sus servicios.

La ciudadanía comienza al empezar a exigirle al poder que responda ante ella, cuando comprenda que los derechos no dependen de la simpatía del gobernante, demostrando su verdadera fuerza cuando nadie necesita ser héroe para vivir con dignidad. Lo demás es obediencia, que a veces lleva uniforme; otras, corbata, y casi siempre la insolencia de presentarse como patriotismo.

@ArmandoMartini

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