Rafael Díaz Blanco: Blanqueo y dictadura
25 Sep 2026, 10:08 7 minutos de lectura

Rafael Díaz Blanco: Blanqueo y dictadura

Por La Patilla

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Al reflexionar sobre lo que ocurre con la dictadura interina de Venezuela observamos que el tutelaje norteamericano da prioridad a lo económico. Utiliza un lenguaje donde la libertad y los derechos humanos parecen no existir dejando en segundo plano lo político, cronograma electoral incluido. Ante esta situación damos una mirada a la Rusia capitalista del siglo XXI que sucedió a la Unión Soviética comunista del siglo XX.  

El final del siglo pasado estuvo lleno de acontecimientos históricos inesperados. La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín. El presidente de los Estados Unidos, George H. W. Bush afirmaría unos meses después: “Vivimos un momento único y extraordinario… Un nuevo mundo puede ver la luz… un mundo en el cual los países reconozcan una responsabilidad compartida en lo que a la libertad y la justicia se refiere, el mundo en que los fuertes respetan a los débiles”.

En diciembre de 1991 se disolvía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Seguidamente, se producen elecciones en la mayoría de los estados que la integraban. El fin del comunismo había comenzado. La propuesta de sociedad abierta, democracia y mercado como contención al socialismo real había triunfado. Rusia ya no volvería a ser líder del bloque rival.

Francis Fukuyama escribiría “El fin de la historia y el último hombre” (1992) proclamando el triunfo del capitalismo y de la democracia. Samuel Huntington publicaría en Foreign Affairs “Choque de civilizaciones” (1993) destacando la importancia de los futuros conflictos con una importante impronta religiosa que sustituiría a los enfrentamientos ideológicos.

Ante la mirada optimista de Occidente y particularmente de los Estados Unidos, se inicia en Rusia, bajo la presidencia de Boris Yeltzin, una transición del régimen comunista hacia la democracia, de una economía centralizada, con una ausencia casi absoluta de propiedad privada, a un sistema capitalista de libre mercado.

Rápidamente, con el apoyo entusiasta de las democracias del mundo, se va a producir un proceso de privatización de más de 45.000 empresas estatales. Se aplican las llamadas “terapías de choque” del Consenso de Washington que propician instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, pero también el propio Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Lo político, la institucionalización de libertad y la democracia será secundario. Se daría prioridad a lo económico apostando a que el libre comercio fortalecería las libertades políticas y garantizaría el avance hacia la democracia.

En un país donde la propiedad privada lícita era prácticamente inexistente se va a producir una alianza entre quienes proveían los fondos de desconocidos orígenes, los tecnócratas comunistas y los hombres fuertes del servicio de inteligencia. El resultado de la privatización masiva será el blanqueo de capitales de considerable magnitud promovido por el propio Estado convertido en una lavadora de dinero sucio. Se producirá la concentración corrupta de las empresas privatizadas en un pequeñísimo grupo. Los beneficiarios serían los llamados oligarcas rusos que apoyan resueltamente al actual presidente de Rusia. Se había producido la incorporación del crimen organizado al nuevo sistema.

El 31 de diciembre de 1999, Boris Yeltzin renunció como presidente de la federación rusa. Lo sucedía Vladimir Putin, antiguo oficial de inteligencia de la KGB, quien entonces se desempeñaba como presidente del gobierno y se mantiene en el poder hasta el día de hoy.

Contrario a lo esperado en Occidente, el comunismo terminó siendo substituido por un régimen absolutamente autoritario que rápidamente derivaría en organización criminal. Rusia, no obstante, su muy limitado desarrollo económico y militar convencional, es una potencia petrolera y nuclear que promueve un nacionalismo imperial que busca expandirse y no vacila en amenazar y extorsionar a quienes pretendan oponerse a sus propósitos. Su última aventura se desarrolla actualmente en Ucrania alarmando a Europa y al mundo. Por otra parte, Rusia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y aliado de las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela. 

De tal manera, que cuando los demócratas venezolanos observamos que la ejecución del plan norteamericano de tres fases avanza más rápidamente en lo económico que en lo político, nos preocupamos. Nos disgusta que el presidente de la democracia más antigua del continente privilegie la relación con Delsy Rodríguez, ignorando su importante participación en el régimen criminal venezolano en el cual ha ocupado, entre otras, la vicepresidencia y los ministerios de petróleo y relaciones exteriores. Por supuesto, nos alarma cuando descubrimos que “empresarios” con capitales de dudosa proveniencia,

 investigados por varios países europeos y por los propios Estados Unidos, son escogidos como socios para oscuros acuerdos petroleros. Tampoco parecen ser obstáculo las estrechas relaciones de estos nuevos socios con la dictadura chavista, con empresas petroleras y financieras rusas, así como su cercanía con miembros del gabinete de Trump. Cuando vemos estas situaciones, recordamos la tragedia griega y a Sofocles que ya nos advertía: ¡El dinero, caballeros, el dinero! El virus que infecta a la humanidad con todas las enfermedades. ¡No tenemos un nombre para una calamidad mayor!

Pensando en Venezuela, muchos consideran que la política exterior norteamericana, con relación a nuestra patria y a la dictadura interina, está condicionada también por las elecciones de medio termino de los Estados Unidos. En definitiva, la política exterior de los Estados Unidos estaría respondiendo a un pragmatismo utilitario y a una visión electoral de corto plazo, alejada de toda consideración ética, que más pronto que tarde chocará con la evidente realidad evidenciado los errores cometidos.

Afortunadamente, Estados Unidos sigue siendo una democracia y el tema venezolano ya no se limita a los estados con inmigración latina. Comienza a tener cada vez más importancia, en los medios de comunicación social, en el Congreso, en las universidades, en el departamento de estado, en el Pentágono y en la propia Casa Blanca. Adicionalmente, a pesar de un importante grado de desinformación, las simpatías por nuestra lucha no han dejado de aumentar entre republicanos y demócratas y la opinión pública en general.

Conscientes como estamos los venezolanos del invalorable apoyo norteamericano, después de más de veintisiete años de dictadura, no nos sorprenden las dificultades. Hemos ido aprendiendo con gran costo y sacrificio para nuestro pueblo a superar todo tipo de dificultades. En este momento, los tropiezos del camino no disminuyen nuestra fuerza. Por el contario la aumentan haciendo crecer el respaldo a la líder indiscutible de esta exigente tarea, María Corina Machado.  Sabemos que la lucha es hasta el final y tenemos la voluntad firme de seguir superando obstáculos fuera y dentro de Venezuela. En definitiva, más pronto que tarde, para bien de nuestros pueblos, los intereses legítimos de los venezolanos y los legítimos intereses de la democracia norteamericana cónsonos con los constituyentes de Filadelfia de 1787 terminaran sepultando al moribundo régimen chavista. Valencia, España, septiembre de 2026.

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