Marcos Hernández López: Delcy y la mutación del chavismo
30 Oct 2026, 13:15 7 minutos de lectura

Marcos Hernández López: Delcy y la mutación del chavismo

Por Opinion

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Hablar de “Delcy y la mutación del chavismo” es analizar cómo la cúpula gobernante en Venezuela dejó de lado el proyecto socialista de transformación social para convertirse en una estructura pragmática de administración del Estado. En esta dinámica, su liderazgo representa la consolidación de un orden donde la permanencia en el poder prevalece sobre la ortodoxia ideológica.

El debate sobre si la Revolución Bolivariana o proyecto chavista ha llegado a su fin en manos de Delcy es una de las discusiones sociopolíticas más complejas de la historia contemporánea de América Latina. Para responder a esta interrogante con rigor, es necesario desligar el concepto de revolución como proyecto socioeconómico de transformación e inclusión popular, del concepto de hegemonía e institucionalidad política. Mientras que la utopía redistributiva, estatista y asistencialista impulsada por Hugo Chávez a principios del siglo XXI ha sufrido un colapso definitivo, la estructura de poder construida sobre sus cimientos ha demostrado una notable capacidad de mutación pragmática para garantizar la permanencia del grupo gobernante.

El «Socialismo del Siglo XXI», en su concepción original, dependía enteramente de un Estado fiscalmente hipertrofiado, financiado por la mayor bonanza petrolera de la historia venezolana. La premisa central era la intervención absoluta del Estado en la economía a través de expropiaciones, controles de cambio, fijación de precios y un reparto masivo de renta a través de programas sociales conocidos como misiones. Hoy en día, ese modelo se considera prácticamente extinto por varias razones clave. En primer lugar, ante la inviabilidad financiera y la presión del aislamiento internacional, el gobierno impulsó una apertura económica no declarada formalmente pero profunda en la práctica. Se abandonaron los controles de cambio y de precios, se permitió la circulación libre del dólar estadounidense como moneda transaccional de facto, y se promulgaron marcos legales como la Ley Antibloqueo y la creación de Zonas Económicas Especiales para atraer capital privado. Este giro representa una contradicción directa con la retórica antiimperialista y anticapitalista que caracterizó al proceso durante más de una década. En segundo lugar, el deterioro progresivo de Petróleos de Venezuela (PDVSA) y el desplome de la producción de crudo desmantelaron el pilar financiero del régimen asistencialista. Las misiones sociales, que en su momento otorgaron legitimidad de desempeño al proyecto político, pasaron a depender de mecanismos de contención mínima de la pobreza, lejos del alcance universal y de la movilidad social prometida en los años 2000. Por último, gran parte de la izquierda histórica, sindicatos y movimientos populares que acompañaron la ascensión del chavismo en 1998 han calificado el rumbo actual de “neoliberalismo autoritario”, argumentando que el congelamiento de los salarios mínimos, la devaluación constante de los ingresos en moneda nacional y la flexibilización de las regulaciones laborales representan el desmantelamiento total de las conquistas sociales atribuidas a la revolución.

Si bien el proyecto transformador y utópico se ha agotado, la dimensión del chavismo como mecanismo de dominio político y control territorial continúa vigente. El régimen ha transitado de una “Revolución Popular” basada en victorias electorales masivas a una estructura adaptativa de supervivencia. Por un lado, el chavismo gobernante logró articular un esquema de lealtades entre el sector político, las Fuerzas Armadas y los grupos económicos emergentes. La integración de los mandos militares en sectores clave de la administración pública y de la economía formal e informal ha garantizado la estabilidad del alto mando político a pesar de la pérdida sostenida de popularidad en las encuestas tradicionales. Por otro lado, mientras que en su etapa inicial la Revolución Bolivariana fundamentaba su validez en la participación democrática masiva, la movilización de calle y el consenso popular, en la actualidad la sostenibilidad del régimen reposa en el control de las instituciones clave (Poder Judicial, Electoral y Legislativo), la fragmentación de los sectores de oposición y la administración de la emigración masiva, la cual funciona como una válvula de escape para la presión social interna y una fuente indirecta de divisas a través de las remesas.

Para comprender la magnitud de esta transformación, es útil examinar las grandes lecturas que conviven en el debate público y académico. La postura del cambio histórico, sostenida por la oposición y analistas independientes, plantea que el ciclo revolucionario concluyó abruptamente al no poder garantizar ni la estabilidad económica ni la vigencia de los derechos fundamentales, por lo que lo existente actualmente no es una revolución, sino una coalición gobernante dedicada exclusivamente al mantenimiento del poder mediante la represión, el control social y la alineación con potencias internacionales aliadas. Por su parte, la narrativa oficialista defiende que la revolución se encuentra en una etapa de resistencia estratégica y renovación táctica, argumentando que la adopción de medidas de libre mercado y el pragmatismo fiscal no son una renuncia al proyecto, sino respuestas inevitables frente a la guerra económica, el bloqueo financiero y las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos y sus aliados. 

El consenso sociológico e historiográfico concluye que la Revolución Chavista como movimiento histórico de cambio social ha muerto, dando paso a una fase posrevolucionaria donde la Venezuela actual no es ni la democracia representativa anterior a 1998 ni el modelo socialista proyectado por Hugo Chávez, sino un régimen autoritario híbrido adaptado a un entorno de austeridad y pragmatismo económico.

Afirmar categóricamente que “la revolución se acabó” en manos de la interina es certero si se refiere a la desaparición del proyecto transformador, la bonanza petrolera y el ideal del “Socialismo del Siglo XXI”. Sin embargo, es incompleto si no se reconoce que el sistema ha construido un nuevo orden político e institucional altamente resistente. En definitiva, la Revolución Chavista no terminó mediante una derrota o una transición formal, sino a través de una mutación interna: sacrificó sus principios ideológicos y económicos para preservar lo único que consideraba indispensable, que era el ejercicio absoluto del poder político.

En síntesis, hablar de “Delcy y la mutación del chavismo” es examinar la metamorfosis de un movimiento que nació para transformar la sociedad y terminó transformándose a sí mismo para no perecer. El liderazgo de Rodríguez personifica esa síntesis: un régimen que despojó a la revolución de su contenido utópico e ideológico, convirtiéndola en un mecanismo de administración y control político cuyo único fin es la perpetuación en el poder.

 

Marcos Hernández López presidente de Hercon Consultores 

Correo: herná[email protected]

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