
La más reciente obra de Carlos Oteyza es el documental “1936: el año en que se perdió el miedo al poder”, relacionado con el inmediato inicio de la transición que Juan Vicente Gómez autorizó con su esperada muerte. No es casual la feliz relación de los acontecimientos, a las que se añaden escenas que nos parecen inéditas, constituyendo un llamado urgente a la reflexión y a la sincronización con una realidad de características inadvertidas por la dirigencia social y política que hoy presume que toda transformación histórica se decreta y anda sola; vale decir, no hay que desplegar inteligencia y destrezas para que se produzca llevada por una suerte de piloto automático.
Desde la particular interpretación del afamado director, a veces, forzadas las coincidencias, podemos apreciar la perspectiva y la dinámica transicionales en la Venezuela del siglo XXI que todavía no han arrancado, a diferencia de lo que ocurrió prontamente con aquellas experiencias ciertas y definidas de cambio en la centuria anterior. Antes, en apenas días y meses, todos los presos políticos estuvieron en la calle, el reconocimiento de la situación ameritó de rápidas medidas a favor de una población desnutrida y enferma, hubo un programa de gobierno específico y concreto, hubo aceptación de las luchas por las libertades públicas; y, ¿ahora?, es la pregunta demasiado obvia que nos hacemos frente a la sagaz y fiera voluntad política de un continuismo inaudito que está unido por el espanto y lo que va quedando del presupuesto público.
De acuerdo o no con la mirada y versión del autor, lo importante es que el valioso documental genere la discusión y que ésta acrezca en el ánimo de una ciudadanía dispuesta a pensar y a comprometerse políticamente, e, incluso, a convertirse en parte actora en total rechazo a las tendencias precisamente antipolíticas que prosperan al rescoldo de los más absurdos y caprichosos cálculos de poder. A nadie se le pide una sobrevenida experticia transitológica, ni que traiga a Eleazar López Contreras y a toda aquel liderazgo social y político de los rebeldes años treinta, para sentarlos con la consabida comisión de intercambio, diálogo o negociación y los sectores unitaristas de la oposición actual; solamente exigimos un poco más de maceración de los eventos, de lucidez e imaginación, de audacia y a la vez de prudencia, y ante todo de una extraordinaria humildad que todavía echamos en falta.
El suscrito no tiene ningún interés comercial o publicitario en una película que Oteyza no logró hacerla tan amena como otros de sus títulos anteriores, pero se está consciente de un magnífico aporte para el debate necesario con su difusión y consideración. Nada más le interesa el silencio y el desprecio del filme al poder establecido: nada casual que fuimos apenas dos los espectadores en la sala de un exitoso circuito cinematográfico, dándonos la increíble ocasión para comentar a viva voz los detalles de un bien informado documental.
De nuevo Oteyza contribuye con la causa democrática, avisándonos de la existencia de otros viejos procesos de transición que, estamos claros, no ha comenzado todavía en la Venezuela de los días que corren. Así, con el cineasta, aún sin proponérselo, hay una escuela política indispensable porque en eso consiste el arte y la riqueza de sus perspectivas.