La Otra Cara: «El rostro del otro» Por José Luis Farías
25 Oct 2026, 11:07 11 minutos de lectura

La Otra Cara: «El rostro del otro» Por José Luis Farías

Por Opinion

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Toda encuesta es, si se la lee con honestidad, algo más que un registro de coyuntura. Es un acto de memoria colectiva. Maurice Halbwachs, en Les cadres sociaux de la mémoire (1925), enseñó que recordar es siempre un acto social: el individuo recuerda con los marcos de su grupo, y esos marcos seleccionan, ordenan y dan sentido a la experiencia. La encuesta no crea esa memoria; la activa y la traduce a porcentajes.

Pero conviene no idealizarla. Pierre Bourdieu, en su conferencia «La opinión pública no existe» (1973), advirtió que el sondeo no es un espejo neutral: la pregunta instituye aquello que mide, y la suma de respuestas individuales no produce por sí sola un sentido. La encuesta es, a la vez, memoria y artefacto: recoge un sedimento real, pero lo hace con un instrumento que también performa la opinión que dice registrar.

Esa doble condición ilumina el desplome de agosto, cuando la valoración positiva de Trump cayó de 51% a 30% en un solo mes. La memoria colectiva ya tenía sus reservas —las calles llevaban meses repitiendo que el interés del que llega rara vez coincide con el del que habita—, pero el artefacto de la encuesta necesitaba un umbral para volverlas mayoría negativa.

Ese umbral llegó en agosto, cuando confluyeron el anuncio del acuerdo petrolero, su negativa pública a respaldar una salida electoral y el maltrato migratorio. La crisis cotidiana —los apagones, la lentitud de la recuperación— hizo el resto. La encuesta no creó el descontento; lo hizo legible, y al hacerlo lo simplificó: convirtió una desconfianza antigua en una serie de porcentajes que ocultan las relaciones de fuerza que los atraviesan.

La popularidad de Trump en Venezuela durante 2026 —que Atlas Intel, a menudo en alianza con Bloomberg, registró en descenso desde el 54% de enero hasta el 28% de octubre— no debe leerse, por tanto, como un simple capricho de la opinión. Es la actualización de una memoria más honda, sedimentada en la literatura y en la experiencia cotidiana, que reconoce en el nuevo rostro del extranjero los rasgos del antiguo.

Esa memoria tiene un nombre: la novela del petróleo. Gustavo Luis Carrera, en La novela del petróleo en Venezuela (1972), delimitó el canon de las cinco novelas «propiamente dichas»: Mancha de aceite (1935) de César Uribe Piedrahíta, Mene (1936) de Ramón Díaz Sánchez, Guachimanes (1954) de Gabriel Bracho Montiel, Casandra (1957) del propio Díaz Sánchez y Oficina N° 1 (1961) de Miguel Otero Silva. Ese gesto fundacional ordenó un territorio disperso, pero también lo ató: Carrera mismo reconoció que cinco novelas no constituyen una novelística, y los estudios posteriores han señalado que su catálogo deja fuera un corpus más amplio de protonovelas donde el petróleo es margen y no eje.

Esa conciencia de los límites permite situar la tradición venezolana en una escala mayor. La preocupación por la mercancía que organiza la vida nacional no es un rasgo exclusivo de Venezuela. En Colombia, La vorágine (1924) cifra en el caucho el conflicto neocolonial, pero su registro es otro: la selva como espacio de disolución del sujeto y de violencia étnica, no el campamento como estructura cotidiana de segregación. En México, El luto humano (1943) de José Revueltas desplaza la mirada hacia el petróleo como telón de fondo de la muerte y la desorganización comunitaria, con un acento lírico y metafísico que la emparenta con la narrativa del despojo, pero sin la centralidad que el oro negro tiene en la novela venezolana.

Lo que distingue a esta última no es el tema, sino la insistencia: aquí el petróleo no es un episodio entre otros, sino el eje que estructura la vida social, el paisaje y la subjetividad. Esa insistencia es una ganancia y un límite. Gana en profundidad analítica: ninguna otra narrativa continental ha diseccionado con tanta minucia la arquitectura cotidiana del enclave, la tablilla de los nombres, la casa con perro guardián. Pero pierde en variedad de registros: al convertir el petróleo en eje único, corre el riesgo de hacer de la crítica del enclave su único horizonte.

Obras como Campo Sur (1960) de Efraín Subero —que retrata la separación física entre el campo de los trabajadores y el de los gerentes extranjeros— o Los Riberas (1957) de Mario Briceño Iragorry —que desplaza la mirada hacia la formación de la burguesía petrolera— muestran que la tradición es más ancha que su eje obrero, y que la memoria del petróleo también se escribe desde la ciudad, la política y la intimidad.

Leídas en conjunto, las cinco novelas del canon construyen una figura del musiú que se va precisando por acumulación. Al principio, el extranjero es el que llega y nombra la tierra desde afuera: en Mancha de aceite, el paisaje es un lago de barro seco y su gente, una curiosidad inferior. Después, se instala y separa: en Mene, el campamento divide a los empleados norteamericanos de la masa obrera depauperada. Más tarde, la separación se hace paisaje y se naturaliza: en Guachimanes y en Oficina N° 1, las quintas con perro guardián defienden un privilegio que ya no necesita justificarse. Y en el fondo de ese recorrido, una sentencia que atraviesa el canon: en Casandra, el petróleo solo produce esclavos y muertos, y la riqueza, se sabe, ya tiene dueño.

Esa progresión tiene un nombre que la crítica ha reconocido sin dificultad: la literatura del petróleo se caracterizó, desde sus primeros tiempos, por una marcada inclinación antiimperialista. Pero conviene entender ese antiimperialismo no como una doctrina cerrada, sino como una sensibilidad que atraviesa el corpus: la convicción de que el interés del que llega no coincide con el del que habita, y de que esa discrepancia no es un accidente, sino una estructura. Leída así, la tradición no solo denuncia: interpreta una experiencia nacional. Y esa sensibilidad tiene, sin embargo, una cuarta estación.

Ese canon no está cerrado. Voces de fondo (2022), de María Elvira González Llovera —ganadora de la VII Bienal Nacional de Literatura José Vicente Abreu y finalista del Premio Internacional Rómulo Gallegos 2025—, retoma la tradición desde otro lugar: tres mujeres narran la Venezuela de los años treinta y cuarenta, y el petróleo aparece, según ha señalado la crítica, como «poder en la sombra que todo lo decide», como causa última que unifica los golpes de 1945 y 1948.

Leída desde la pregunta de este ensayo, la novela permite un desplazamiento decisivo: el extranjero ya no necesita estar presente para ejercer su dominio. Su lógica se ha interiorizado en el Estado, en las instituciones, en los pactos entre élites. El rostro del otro se ha vuelto innecesario porque su mirada se ha instalado en casa. La progresión del canon —arrogancia, segregación, naturalización— culmina así en una cuarta estación: la ausencia del extranjero como presencia visible y su persistencia como estructura.

Aquí está, pues, la respuesta a la pregunta que planteaban las encuestas. Los números regresivos de Trump no miden únicamente a Trump: miden la distancia entre una esperanza depositada y una memoria que la desmiente. Los datos lo confirman: del 53% de imagen positiva en febrero se pasó al 48% en marzo y al 45% en mayo, con un rechazo del 47,3% a la idea de anexión como «estado 51»; junio y julio dieron una pausa engañosa —50% y 51%— antes del desplome de agosto. No fue un accidente, sino un proceso.

La encuesta, como forma moderna de la memoria colectiva, recogió lo que la literatura ya había formulado. Pero esa misma encuesta, como advirtió Bourdieu, no es un testimonio transparente: ordena el descontento y lo vuelve legible, al precio de simplificar las relaciones de fuerza que lo atraviesan.

La literatura, en cambio, conserva la complejidad: no reduce la memoria a porcentajes, sino que la despliega en personajes, espacios y contradicciones. Cuando el venezolano dice que «los gringos vinieron fue por el petróleo», no hace sino repetir lo que Uribe Piedrahíta puso en boca de sus personajes; cuando desconfía de la retórica democrática de Washington, actualiza la lección de Casandra; cuando percibe en el trato a los migrantes una lógica de deshumanización, reconoce la arrogancia que Guachimanes y Oficina N° 1 retrataron en los campamentos.

Hoy, cuando se anuncia una nueva oleada de extranjeros dispuestos a registrar las entrañas del subsuelo patrio —lo que Trump llamó «el mejor acuerdo petrolero de la historia»: una concesión que él pregona de 100 años y que el gobierno interino reduce a 25 sobre 17 campos que concentran unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas, cerca de una quinta parte de las reservas venezolanas—, la pregunta que formularon estas novelas retorna con una urgencia ineludible.

No se trata de establecer una equivalencia mecánica entre ayer y hoy. Las circunstancias son otras, los actores son otros. Pero la literatura nos enseña que hay patrones que se repiten, heridas que no cierran, miradas que se perpetúan. La arrogancia del Trump que llega con el poder económico y la fuerza militar y que habla de un «botín», la segregación de los espacios de privilegio, la sensación de que la riqueza se va y solo queda el hueco: todo eso está en estas novelas, y todo eso puede volver.

Y hay un detalle que las conecta con precisión: el texto del acuerdo no se ha publicado, no pasó por licitación y fue criticado por la oposición y por sectores del chavismo por «saqueo» y «opacidad». Esa letra que nadie ha leído es la nueva versión de la tablilla con los nombres: el documento que decide quién entra y quién no, mientras el país mira desde la calle de tierra. Elliott Abrams, exenviado de Trump para Venezuela, lo dijo sin ambages: el acuerdo es «un sueño febril de lo que parece el colonialismo».

Al final, queda una imagen. En Oficina N° 1, las quintas de los americanos tienen jardincitos delanteros y un perro guardián. Al otro lado, las callejuelas son de piso arenoso y las casas se levantan como parapetos. Entre ambos mundos no hay más puente que la tablilla con los nombres: el médico de la Compañía y Guillermito Rada, los únicos nativos con acceso. Esa casa con perro guardián sigue en pie, y la calle de tierra también. La encuesta dirá cuántos la miran con recelo; la literatura dirá por qué. Y entre ambas —memoria simplificada y memoria compleja, sensibilidad antiimperialista y estructura— queda un espacio que conviene no cerrar.

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