Inútiles audaces, por @ArmandoMartini
05 Oct 2026, 11:01 5 minutos de lectura

Inútiles audaces, por @ArmandoMartini

Por La Patilla

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No es usual que las naciones se desmoronen por el tamaño de sus enemigos, lo hacen casi siempre, desde dentro, corroídos por la incompetencia con ínfulas y un gobierno mediocre. Ningún imperio fue derrotado por la prudencia de los sabios, sino por quienes, sin saber nada, se atreven a todo. Están los tiranos crueles, libertadores abnegados, trágicos y bufones, pero hay uno de peste política, agresivo, que devora despiadado el tejido social con ferocidad inusitada, una plaga que Venezuela conoce bien, los inútiles audaces.

Infortunio que no llegó con ejércitos, sino con aplausos, un fenómeno que no es accidente, es la tragedia principal. Poseen habilidad innata para convertir la ignorancia en postura firme, la vanidad desprovista de talento, la jactancia prepotente y audacia de virtud, se aliaron para asaltar y usurpar los altares del poder. 

Hay una enorme diferencia entre el ignorante humilde y el militante. El primero reconoce el límite de sus luces y, en su prudencia, busca consejo, asesoramiento, idoneidad y, si es necesario, se retira con decoro. El segundo, versado en ineptitud, acarrea el embeleso irremediable que la pequeñez otorga a espíritus débiles. Desprovisto de sabiduría, no tiene la sobriedad ni la disciplina del saber que distingue al estadista. Reemplaza sustancia con la algarabía del creído sabelotodo, sustituye incompetencia con la arrogancia de quien se piensa superior, y por falta de ideas, agrede con verborrea insolente y demagógica.

Payasos, admiradores, devotos y oportunistas merodean los pasillos del poder devastado, cuya credencial es la despreciable sumisión, la servil adulación, el fanatismo enfermizo y la complicidad interesada. Les confiaron la administración de las finanzas públicas y convirtieron la abundancia en insolvencia. Obtuvieron la responsabilidad de gestionar industrias, las robaron y corrompieron. Se les otorgó la custodia y cuido de la ley, pero transformaron la justicia en miseria y cachivaches. Les otorgaron el cuido sagrado del ciudadano, los trataron con desprecio, repugnancia, y violaron sus Derechos Humanos. Les encomendaron el destino de una patria generosa, afable, ejemplo para muchos y la redujeron a una ruina dolorosa, a la desolación sin precedentes, donde el ciudadano huye y la desesperanza se instala. 

Lo escalofriante no es su incapacidad para construir, sino su asombrosa intrepidez para destruir. En Venezuela las condiciones son para el caos. El inútil no duda, ni siente el freno moral de la responsabilidad, o comprende el significado de la ética. Modifica la Constitución, con la soltura de un niño que garabatea sobre un lienzo delicado. Firman decretos que arruinan a sus ciudadanos; ganan tiempo, dilatan el camino electoral y complacidos avanzan sin prisa. No tienen urgencia económica, ni les importa la inflación, apagones, falta de agua, medicinas, desempleo y salarios que asfixian y dan vergüenza. Pontifican sobre moral e historia mientras los cimientos de la república se desmoronan. Sin temor al abismo, no vislumbran la profundidad de la caída. Y, todo, con la sonrisa vacía de quien no entiende las leyes de la gravedad política. Su audacia es consecuencia directa de su ignorancia y analfabetismo. Disfrutan de la paz mental sin el peso de la actividad cerebral. 

La historia es juez severo, paciente, y quienes creyeron que el destino de una nación rica en espíritu y en suelo podía moldearse para siempre por la insolencia de los incapaces, descubrirán que el poder prestado por la arbitrariedad es efímero. Ninguna tiranía fundada en el fraude, el resentimiento y la deshonestidad puede eternizarse, porque carece de sustento vital, mérito y verdad.

El desafío de la reconstrucción no está en estructurar discursos sin aportar nada, en levantar desechos, escombros e industrias, consiste en restaurar la dignidad del conocimiento, el rigor de la virtud, honradez, decencia y sobriedad en el ejercicio del mando. Lo contrario, es saltar a un nido de víboras. 

Llegará el día, en que la Corte Penal Internacional sentencie las crueldades, la justicia reclame abusos, injusticias, atropellos cometidos y se restablezca el orden legítimo. Que el espíritu humano recobre las normas de urbanidad, indispensables de dignidad, pundonor, compostura, rescate la ética y rinda cuentas, para exigir que esta pesadilla de escándalo inmoral y vacuidad del proceder sea apartada. Que se ordene lo indispensable para comenzar a gobernar, porque hoy, no hay gobierno, y la conducción del Estado vuelva a manos de quienes comprenden, el poder no es un trofeo para el atrevido, sino una responsabilidad sagrada para el capaz e idóneo. Que nunca más se premie la audacia sin mérito. 

@ArmandoMartini

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