
Hace unas semanas estaba en las fiestas de San Justo y San Pastor, en Porrúa, un pueblo de 400 y pico habitantes en el norte de España donde llevo meses en un proyecto personal. Sabía perfectamente dónde estaba y a qué iba (hasta me habían adelantado lo de la plantación de la hoguera), pero nada te prepara del todo para vivirlo en persona. Miraba a mis hijos bailar al son de Waykas, la orquesta que animó una de las noches, arroz con leche en mano (por cierto, el mejor que me he comido en mi vida lo hacen en Porrúa), cuando, al escuchar mi acento criollo, alguien se me acercó y me soltó, así, sin previo aviso: “aquí casi todos tenemos algo con Venezuela”. Yo soy venezolano. Y hasta esa noche no tenía ni idea de que el pueblo donde estoy trabajando con mi proyecto lleva más de setenta años mirando hacia mi país.
Por Pepe Jiménez | @jimenezp
CUANDO VENEZUELA ERA EL SUEÑO DE TODO EL MUNDO
Antes de seguir, un poco de contexto. Asturias es esa franja verde y lluviosa del norte de España, pegada al mar Cantábrico: paisajes que parecen de otro planeta, sidra que se escancia en alto, brazo estirado, como un pequeño ritual, y una gente orgullosa de lo suyo que canta “Asturias, patria querida” como un verdadero himno. Ese ritual de la sidra, por cierto, tiene un gesto final: el culete, el último trago, se tira al suelo. Me cuentan que ahí conviven dos creencias populares —una dice que es para limpiar el vaso antes de que beba el siguiente, otra que es para devolverle a la tierra lo que salió de ella—. Yo me enamoré de todo eso hace quince años, en mi primer viaje, en parte gracias a un amigo muy cercano cuya madre es asturiana. Desde entonces he vuelto casi todos los años a lo que para mí es un paraíso lleno de magia. Siempre tuve en la cabeza hacer algo allí algún día, y mira cómo son las cosas: terminé haciéndolo justo en Porrúa, un pueblo con siglos de historia y personalidad propia dentro del concejo de Llanes, con casas de piedra y una vida comunitaria que en las ciudades ya casi no existe: la plaza, la iglesia, el bar y la bolera siguen siendo el verdadero centro del pueblo, y casi todo lo importante de Porrúa sucede a pocos metros de esas esquinas.
Y resulta que ese pueblito lleva siglo y medio mandando gente a hacer las Américas. Primero a Cuba, durante el siglo XIX, hasta la independencia de la isla en 1898 y luego a México. Venezuela, que acabaría siendo el destino más masivo de todos, arrancó de forma bastante discreta: una persona relacionada con el Museo Etnográfico del Oriente de Asturias me contó que los primeros porruanos en probar suerte allí fueron los hermanos Nicolás y Rodrigo Haces Canero, allá por 1933 o 1934, incluso antes de que estallara la Guerra Civil.
¿Por qué Venezuela? Porque a partir de 1948, en plena dictadura de Franco y con España empobrecida, una ley venezolana que permitía “reclamar a familiares” —lo que hoy conocemos como reagrupación familiar— convirtió aquel goteo inicial en una oleada constante. El grueso de esa oleada salió entre 1950 y 1955, hasta el punto de que en 1955 se fue junta una remesa de catorce vecinos. Venezuela, mientras tanto, nadaba en petróleo (la llamaban “la Venezuela Saudita”), y miles de asturianos hicieron las maletas hacia Caracas buscando lo que hoy, con una gran ironía, millones de venezolanos buscan al revés. En Caracas, la comunidad asturiana fundó en 1954 el Centro Asturiano, con más de mil trescientos socios en su mejor momento.
Los que emigraban a América y, tras hacer fortuna, regresaban a su pueblo eran conocidos como “indianos”. Financiaron buena parte de la obra pública y construyeron “casas de indianos” que hoy son patrimonio de la región: casonas y palacetes de arquitectura ecléctica, distinta a la tradicional asturiana, con fachadas llamativas y una palmera al frente como símbolo de prosperidad. La mayoría de ellas se conservan hoy como viviendas particulares.
Y en ese ir y venir de gente entre Asturias y Venezuela, un grupo de vecinos de Porrúa montó unas pensiones en Caracas (una especie de posadas para los recién llegados). Lo bonito es lo que aquella red de acogida fue generando con el tiempo, las pensiones no solo dieron techo a muchos asturianos que iban llegando, sino que ayudaron a tejer vínculos entre Porrúa y Venezuela. A través de familiares, amigos y paisanos, cada vez fueron más los vecinos del pueblo que se animaron a cruzar el Atlántico, algunos para quedarse y otros simplemente para conocer, visitar a los suyos y ver con sus propios ojos ese país tropical del que tanto se hablaba en las sobremesas de Porrúa.
TODO EL PUEBLO TIRANDO DE LA MISMA CUERDA
Las fiestas de San Justo y San Pastor, los “Santinos” como los llaman en Porrúa, se celebran cada agosto con procesión, gaita, bailes tradicionales y ese ambiente de pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce. Porrúa tiene fama, dentro de Asturias, de ser de los pueblos que mejor conservan su autenticidad y sus tradiciones —algo que le valió, en 2005, el Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias—. Por las noches, las orquestas (Waykas incluida) ponen música y baile a unas fiestas que los vecinos viven con una intensidad difícil de explicar desde fuera.
Otro dato curioso: las orquestas de pueblo, en pleno verano asturiano, tocan muchísima música latina. Bailando un merengue con mi hija Cristina, cerré los ojos por un momento y me trasladé automáticamente a esos matrimonios caraqueños que uno tanto echa de menos.
Yo sabía todo eso de antemano. Me lo habían contado varias veces. Lo que no me habían contado bien, o lo que las palabras no alcanzan a explicar del todo, es la plantación de la hoguera.
El árbol que se usa hoy suele ser un eucalipto. Este año, uno de los vecinos que participaba en la plantación me contó que el tronco rondaba los cuarenta metros. Pero lo verdaderamente impresionante no es solo el tamaño: es todo lo que hace falta para ponerlo de pie.

El proceso dura horas y transcurre poco a poco: no hay un solo tirón en el que el tronco se levanta de golpe. Se tira de la cuerda, se avanza unos centímetros, se aseguran unas cuñas de acero para no perder lo ganado, y se vuelve a empezar. Tirón a tirón, cuña a cuña, el tronco va ganando altura.

Y ahí es donde uno entiende que esto no es cosa de unos pocos: participa toda la comunidad porruana, abuelos, abuelas, jóvenes y hasta niños, todos tirando de la misma cuerda. Este año, hasta mi hijo Pablo terminó formando parte de esa cadena humana.

Mientras el pueblo trabaja, son los propios vecinos quienes animan la jornada con cánticos populares y panderetas. Y así pasan las horas, entre las seis de la tarde y las diez de la noche: tirando, asegurando, volviendo a tirar. Cuando el tronco ya tiene un ángulo bastante pronunciado, llega el momento decisivo: un último tirón entre todos y el tronco queda completamente vertical, coronado con las banderas de España y de Asturias, donde se quedará plantado hasta las fiestas del año que viene, cuando lo bajan (justo días antes de plantar el siguiente) para convertirlo en leña y darle otros usos.
Y entonces pasa algo que tampoco se explica del todo con palabras: todo el mundo aplaude, suenan fuegos artificiales, todos celebran, y por unos segundos parece que el pueblo entero comparte exactamente la misma alegría y satisfacción por lo logrado. Yo había ido a Porrúa a conocer sus fiestas, pero esa tarde entendí que la plantación de la hoguera es mucho más que una tradición: es un pueblo entero trabajando en comunidad por un objetivo común.


El domingo, tras la misa solemne y el ofrecimiento de los Ramos, la procesión llena las calles de Porrúa de niñas y niños vestidos con el traje tradicional, con sus panderetas y tambores sonando.


De los que emigraron a Venezuela en aquellos años ya casi no queda nadie, o son ya muy mayores, pero su historia sigue presente en el pueblo, generación tras generación.
LAS VUELTAS DE LA VIDA
A mí me tocó vivir el otro lado de esta historia. Nací y crecí en Venezuela sin tener idea de que ese país tuvo, en algún momento, medio pueblo asturiano soñando con llegar hasta allá. Hoy, siendo venezolano, estoy desarrollando ahí mi propio proyecto de vida junto a otros dos socios también venezolanos: Casa Tepuy, ya en marcha y tomando forma. Hasta en el nombre que elegimos le pusimos algo de Venezuela. Un pedacito de mi país, sin yo planearlo del todo, terminó echando raíces en el mismo pueblo asturiano que hace setenta años soñaba con el mío.
No sé si esto es casualidad o es la vida jugando bonito. Lo que sí sé es que cuando uno rasca un poquito en la historia de un pueblo, casi siempre aparece algo que lo conecta con lugares que uno nunca hubiera imaginado. Y en el caso de Porrúa, ese lugar lejano resultó ser, para mí, el más cercano de todos: mi propio país.