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«¡Y ya cayó, y ya cayó, este Gobierno ya cayó!». El clamor creció en la plaza de toros de San Cristóbal, cercana a la frontera con Colombia, hasta convertirse en un acto de rebeldía frente a los poderes revolucionarios. Del silencio total -como estaba la Venezuela apresada de antes del 3 de enero- a la euforia ciudadana, armada con pañuelos blancos para reclamar el rabo y las dos orejas para ellos mismos.
Por: El Mundo
Si una imagen representa a la Venezuela de hoy es la del joven Jobani José Romero encaramado a la gigantesca estatua de Hugo Chávez en Coro, pocas horas después del megafraude de julio de 2024. Sus martillazos en la cabeza del gran líder de la revolución eran más que arañazos; una analogía perfecta para representar los golpes contra el muro del terror levantado por el chavismo desde esos días. Jobani está desaparecido. Más de 2.000 detenciones, 25 asesinatos en protestas, torturas, hostigamiento a las familias, persecución en redes sociales y WhatsApp, desapariciones durante meses, exilios forzados, clandestinidad… El muro de terror levantado por el chavismo, que sólo se puede comparar al de las dictaduras americanas del siglo XX, silenció durante casi año y medio a una sociedad que nunca había callado.
Hasta hoy. Las madres de los presos políticos, activistas de derechos humanos, dirigentes estudiantiles, líderes opositores, obispos y hasta ex prisioneros recién liberados se han conjurado para acelerar el proceso hasta la transición, que Washington y Caracas, entre interrogantes, calculan en año y medio y dos años. Su ejemplo en las calles ha recordado a los venezolanos que la lucha iniciada hace 25 años vive hoy sus momentos más trascendentales.
«Es el momento adecuado para tensar la cuerda, para desafiar a la dictadura sobre el terreno. El miedo está siendo vencido y no se puede parar; hay que seguir escalando, siempre en nuestros términos pacíficos», se sincera a EL MUNDO Andrés Velásquez, dirigente nacional de la Plataforma Unitaria y líder de La Causa R, tras abandonar la clandestinidad en la que se mantuvo 16 meses. Velásquez luce todavía la barba que le ayudó a esconderse en Bolívar, su estado, fronterizo con Brasil. Sabe que todavía hay riesgo, porque las fuerzas represivas se mantienen vigilantes y alerta, como esos perros de presa atados en corto por sus dueños, dispuestos a saltar en cuanto llegue la orden.
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