David Morán Bohórquez: La visita de la premio Nobel de la Paz a La Guaira
30 Oct 2026, 12:19 14 minutos de lectura

David Morán Bohórquez: La visita de la premio Nobel de la Paz a La Guaira

Por Opinion

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«Hola, D».

Así comenzó todo. Un mensaje directo por redes sociales, la vía por la cual ella se mantiene en contacto. Saber de ella de esa manera directa me confirmó que ya estaba activa y en marcha en Venezuela. Esa misma noche coordinamos la hora y, al día siguiente, fijamos el punto de encuentro en el Litoral Central.

María Corina entró en clandestinidad en agosto de 2024, luego de que la tiranía de Maduro desconociera los resultados de las elecciones presidenciales de julio de 2024 y desatara una feroz represión contra opositores. Pasó 17 meses en esa condición hasta que salió de manera clandestina del país en diciembre de 2025 rumbo a Oslo a recibir el Premio Nobel de la Paz. Luego de 7 intentos de ingresar al país —conseguido el hueco—, el domingo 25 de octubre se presentó en el Santuario de la Divina Pastora a cumplir su primera promesa ante la Virgen de la cual es devota.

En total pasaron 27 meses sin ver a mi querida y admirada compañera de lucha. Y ahora la reencontraba con el reconocimiento de un Nobel de la Paz, que han recibido en el pasado personajes como Martin Luther King, Nelson Mandela, Rigoberta Menchú, la Madre Teresa de Calcuta, Kofi Annan, Jimmy Carter y Mijaíl Gorbachov, entre otros.

Repasé los motivos que tuvo el Comité Nobel para otorgarle ese reconocimiento:

El país no pudo festejar ese reconocimiento por la férrea censura y la feroz persecución que la tiranía de Maduro ejercía en Venezuela. Yo mismo pasé a la clandestinidad por las amenazas públicas y abiertas, incluso televisadas, contra mi persona.

En movimiento

Luego de fijado el punto de encuentro tarde en la noche del 27, llamé a las 11:00 p. m. a Aquiles Martini, presidente del Consejo Superior de la Cámara Inmobiliaria de Venezuela:

—Nos vamos a ver con MC mañana en La Guaira. Temprano. Un recorrido discreto por las zonas cero.

—Listo. Te busco en tu casa.

Luego a Mario Lieghio, presidente de la Cámara de la Construcción de La Guaira:

—Con MC mañana, arrancamos desde el punto X. —En cuenta. Estaré puntual.

Ahí estábamos 20 minutos antes. Se nos unió José Rolón, coordinador de Vente en La Guaira.

Repasamos el recorrido y los puntos clave. José guiaría la caravana desde su vehículo. Solo dos paradas. La discreción es fundamental para este tipo de liderazgo que necesita ver de primera mano la realidad, con ojo profesional.

Llegaron. Abracé a la compañera, ahora Nobel. Me monté en el vehículo de ella.

Estaba curioso. Me preguntaba cómo reencontraría a un estado que conoce tan bien, pero que ahora muestra las cicatrices indelebles de un terremoto devastador. Como ingeniera que es, estaba seguro de que María Corina comprendería de inmediato, y desde una perspectiva técnica, la magnitud del colapso.

A medida que avanzábamos, el paisaje era sobrecogedor. Recorrimos lo que fue el urbanismo de la Gran Misión Vivienda —192 edificios multifamiliares de seis pisos— donde hoy apenas quedan seis en pie. El resto es un extenso cementerio de despojos. Columnas de concreto armado de dos por dos metros, con las cabillas de grueso calibre completamente dobladas y pegadas al suelo, dan testimonio de la furia de la naturaleza y de la fragilidad de lo construido.

«Dios mío, qué horror. Dios mío…», repetía en voz baja mientras observaba las estructuras colapsadas.

 

 

En apenas tres minutos, La Guaira perdió unos 20.000 millones de dólares en valor: el ahorro acumulado de generaciones, comercios, vialidad e infraestructura básica reducidos a escombros. Le recordé las primeras 72 horas tras el sismo, cuando la población, ante la ausencia inicial de respuesta oficial, tuvo que mover escombros con las propias manos para intentar rescatar a los suyos.

Allí, entre las ruinas de las zonas cero, observaba cómo una premio Nobel de la Paz procesaba la tragedia no solo desde la empatía humana, sino desde la mirada rigurosa de la ingeniería: analizando la vulnerabilidad de los suelos no aptos donde se urbanizó sin criterio, las fallas estructurales y la urgencia de reconstruir sobre bases técnicamente sólidas e institucionales transparentes.

A medida que avanzábamos hacia Mare Abajo, las preguntas de María Corina eran muy concretas. Aunque ya conocía las estimaciones y los informes preliminares de sismología, constatar la realidad sobre el terreno ofrecía una perspectiva totalmente distinta: aquella explanada y toda la zona de Playa Grande se extienden hoy como un vasto fantasma urbano, totalmente deshabitadas y marcadas por el silencio de lo que un día fue vida.

Al recorrer los aproximadamente cinco kilómetros que separan esa zona hasta la salida de la aduana del puerto, la tragedia adquirió un rostro humano desgarrador. Vimos a familias enteras viviendo en precarios campamentos y carpas improvisadas, soportando sanitarios colectivos, escasez crítica de agua y escombros acumulados a la orilla de la carretera, con una precaria e insuficiente asistencia oficial, lejos de los ojos de la avenida Soublette.

Fue allí donde la charla técnica y el rigor de la ingeniera se unieron para evidenciar una constante trágica de nuestra historia reciente: al igual que ocurrió en el deslave del Valle Mocotíes, en la vaguada de Vargas o en la tragedia de la refinería de Amuay, bajo este modelo nunca se cierra formalmente el siniestro ni se elabora un plan transparente de reconstrucción. Se cultiva una emergencia permanente que alimenta la opacidad, la corrupción y las asignaciones directas a dedo, impidiendo que el país sane sus heridas.

A la fecha, habían pasado 127 días desde el doble terremoto, 65 días desde que el oficialismo interino abandonara los reportes oficiales sobre la tragedia; en total, 110 días de silencio acumulado. La cifra de 6.509 fallecidos quedó congelada en el tiempo, aun cuando se siguen encontrando cuerpos. Las estimaciones profesionales independientes indican que hay unos 29.486 desaparecidos.

El recorrido duró una hora.

La despedida que no fue

Al llegar al elevado frente a la aduana del puerto le dije:

—María Corina, nos vemos luego. A las 2:00 p. m. tengo la Asamblea anual de Cedice. —Todavía es temprano, sigue con nosotros hasta Caraballeda.

¿Cómo negarse?

—Vamos pues.

Repasamos las cifras: el terremoto dejó sin viviendas a unas 5.000 familias en La Guaira; más de 10.000 apartamentos y viviendas son inhabitables.

La segunda parada

Luego de pasar la casa presidencial La Guzmania en Macuto, se comienzan a apreciar de nuevo los destrozos que dejó el terremoto. Por la avenida La Costanera el paisaje es desolador. Terrenos vacíos donde había hermosos edificios, terrenos con montañas de escombros removidos, edificaciones destrozadas listas para ser demolidas, y solo unas pocas en pie y aún habitables, desde Los Corales hasta Caraballeda.

¿Cómo se vivirá en un entorno de destrucción, en una especie de cementerio?, me pregunté.

Abandonamos la avenida La Costanera para tomar las vías altas desde Los Corales hasta Caraballeda. Paramos en una calle donde desde lo alto se aprecia la destrucción de los conjuntos OPPE 26 y 27, conocidos como los bloques de Playa Los Cocos: edificaciones oficialistas colapsadas que aún esperan por la debida ingeniería forense.

 

El recorrido se reanudó hasta la casa de una señora que trabajó en la vivienda de los padres de María Corina. Perdió a su hija y a su hermana en el terremoto. Esa era otra de las promesas por cumplir por parte de María Corina.

Ahí la discreción terminó. Cuando nos encontramos en la mañana en el punto X, alguien grabó la presencia de María Corina en La Guaira, la subió a las redes y comenzó la búsqueda popular para encontrarla. En motos, personas comunes y reporteros trataban de ubicar las dos camionetas blancas, las mismas que utilizó en su recorrido desde Barquisimeto a Caracas el domingo. Y en esa calle la ubicaron.

Partimos hacia nuestro siguiente punto, esta vez con miles de personas que abarrotaron las calles a su paso. Decenas le hablaron. Testimonios indescriptibles de fervor popular, de esperanza, de alegrías y de tristezas, pero con algo en común: la confianza, esa condición que le profesan.

La empatía y el lado humano

 

En medio de la multitud que se aglomeraba para abrazarla, vi a la mujer detrás de la líder. Una cosa es la estampa firme y la capacidad técnica que todos le conocemos, y otra muy distinta es ver de cerca su sensibilidad humana. Cada historia de dolor que escuchaba en esa calle de Caraballeda la atravesaba profundamente. No escuchaba con el pragmatismo distante de la política tradicional; escuchaba con la mirada atenta y conmovida de quien asume el sufrimiento del otro como un compromiso personal.

 

Mientras la gente la abrazaba o le apretaba las manos entre lágrimas, recordé el esfuerzo colosal que, de forma silenciosa pero incansable, María Corina y el equipo de Vente Venezuela desplegaron durante semanas. Desde su estadía afuera, organizó cadenas de solidaridad nacional e internacional para recolectar miles de toneladas de insumos de ayuda humanitaria destinados precisamente a estas zonas olvidadas de La Guaira. Alimentos, medicinas y materiales de primera necesidad que llegaron pronto y directo a las comunidades gracias a una red de voluntarios que arriesgaron todo por encima del cerco y la opacidad oficial. La logística humanitaria que ella lideró desde afuera se transformó ese día en abrazos concretos de agradecimiento.

—Aquiles, Mario, es tiempo de partir.

Dejamos a Mario en la pasarela del punto X. Un palo de agua cayó mientras subíamos a Caracas. Ambos quedamos satisfechos con la jornada. Le habíamos presentado a María Corina el proyecto de Reconstrucción de la Guaira, el desarrollo urbano más ambicioso desde el desarrollo de Ciudad Guayana, que abarca más de 4 mil hectáreas y está impulsado principalmente desde la sociedad civil y el sector privado.

Llegué puntual a la asamblea de Cedice Libertad, pero eso sí, vestido de camisa y jean, muy lejos del estilo formal casual de esos eventos. A nadie le importó: mis compañeros del Consejo Directivo sabían que venía de La Guaira.

Las lecciones de una jornada

El recorrido me dejó lecciones profundas sobre el liderazgo que el país requiere para su reconstrucción. Comprobé que un verdadero líder no necesita de caravanas ostentosas ni de discursos altisonantes en salones cerrados; necesita la humildad de caminar sobre los escombros, la capacidad técnica para entender la complejidad del daño y la empatía real para presentarse y mirar a los ojos a las víctimas.

María Corina no vino a La Guaira a ofrecer promesas vacías ni a instrumentalizar el dolor. Vino a escuchar, a comprender como ingeniera, a cumplir su palabra con la gente y a confirmar que la reconstrucción del Litoral Central no será un proceso improvisado, sino una tarea científica, rigurosa y, sobre todo, profundamente humana.

Me convencí que La Guaira no está sola.

Reflexión final

Nos despedimos finalmente casi a la una de la tarde. La dejé envuelta en ese afecto popular que no se compra ni se impone con propaganda. La dejé abrumada por lo que vio y palpó.

Pienso ahora en el contraste entre esa entrega genuina y la arrogancia de quienes prefieren la opacidad y el silencio. Pienso en la fuerza de un pueblo que, tras perderlo todo en tres minutos de cataclismo y soportar años de abandono, no ha perdido la dignidad ni la esperanza.

La visita de la premio Nobel de la Paz a La Guaira no fue un acto protocolario ni una visita relámpago para la foto. Fue el reencuentro de una líder con su gente en la zona cero de la tragedia, la constatación de que la reconstrucción técnica es urgente y que la fe en el futuro de Venezuela sigue viva en cada calle, entre las ruinas y la esperanza.

Las zonas cero de La Guaira se repiten en toda Venezuela: la escasez de agua potable, las fallas eléctricas, el colapso de los sistemas de aguas servidas, la quiebra de la atención médica y sanitaria, una institucionalidad precaria y un catastro deficiente. El Arco Minero es una zona cero; las zonas industriales de Guayana son zonas cero; las refinerías de Punto Fijo son zonas cero; el oriente del estado Sucre y el sur del estado Apure, también lo son.

La Guaira es la vitrina de Venezuela. Su reconstrucción profesional es un reto de política pública, de consensos locales y de diseño institucional de largo plazo que permita una inversión privada potente para su reconstrucción y desarrollo. La reconstrucción profesional de La Guaira será el modelo de reconstrucción de toda Venezuela.

Agradecimiento

A Gabito y Nakary por el acompañamiento en el recorrido. Fue un placer verlos de nuevo, a ti Gabito libre y a Nakary de vuelta al país que amas.

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