Daniela en Miami y Daniel en África, la deportación de una mujer trans: “Me vestí como un hombre para sobrevivir”
18 Sep 2026, 09:54 7 minutos de lectura

Daniela en Miami y Daniel en África, la deportación de una mujer trans: “Me vestí como un hombre para sobrevivir”

Por La Patilla

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Daniela Fuentes en una imagen sin datar. Cedida por Daniela Fuentes

 

En su única vida, que parecen muchas, nació como Daniel en un municipio de la periferia habanera; se transformó en Daniela en la cresta de la adolescencia; volvió a ser Daniel para atravesar Centroamérica; y otra vez Daniela cuando por fin llegó a Miami.

Por Carla Gloria Colomé / elpais.com

Hasta que cayó en manos de los guardias y sacó una cuenta lógica: para sobrevivir a un centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) tenía que, por fuerza, camuflarse en la piel de un hombre. La peluca que le quitaron cuando fue detenida, solo se la devolvieron cuando aterrizó como deportada a República Centroafricana. A veces, lejos de la mirada de la gente, en la soledad del baño del Maison Confort, en un barrio céntrico de Bangui, la capital de ese país, se coloca la peluca y se detiene frente al espejo, que le devuelve la imagen de Daniela. “Ahí es cuando recuerdo quién soy”, ha dicho. Aún no se atreve a dejarse puesta la peluca.

El día en que la policía llegó hasta el motel Stardust de la Calle 8, la avenida que es casi un monumento a la nostalgia cubana de Miami, Daniela Fuentes llevaba la misma peluca de color rubio cenizo con mechas blancas. El pelo se desparramaba por encima de un enterizo de leopardo medio transparente, por donde asomaban las puntas de dos pezones sin sostén. Daniela había pasado allí la noche y estaba esperando un Uber afuera del motel con unas cuantas maletas, cuando la empleada de limpieza avisó a la policía de su presencia. “Dice que pensó que yo era homeless. Fue un error, pero un error que me costó carísimo”. Las autoridades aparecieron, hicieron una llamada y confirmaron que Daniela tenía una orden de retención del ICE: perdió su cita en una corte de Texas luego de que solicitara un cambio de locación de la audiencia y nunca le respondieron. Terminó con una orden de deportación expedita.

A pesar de vivir como una indocumentada, Miami seguía siendo un sitio mínimamente seguro: allí estaba parte de la familia, las amigas, sus clientas del salón de peluquería, las noches de transformismo en el club Azúcar. Un lugar que le permitía ser Daniela, con sus pestañas postizas de 14 milímetros, los tacones de punta fina y el rostro lleno de purpurina. Había peleado para ser lo que era: una mujer.

Daniela tenía cinco años cuando entendió que no se comportaba como el resto de los niños de La Lisa, un barrio guapo y mestizo al oeste de La Habana. A los 18 años comenzó a automedicarse con Cipresta para detener la acción de la testosterona en su cuerpo de 1.74 metros. En unos meses la piel del rostro estaba radiante, lisa, sin vello facial, y los senos habían aumentado considerablemente. No fue una decisión al vuelo, pero tuvo que asumirla: “Es enfrentarte a todo el mundo y vivir la vida como realmente tú quieres vivirla”.

Luego el cuerpo ha sido el mapa de esa decisión. Tiene, casi como testamento, dos heridas: una en el brazo que requirió cinco puntos quirúrgicos, otra de 17 puntos en la cabeza. “Solo porque siempre he sido diferente”, dice. “Sin comerla ni beberla una persona llegó y me atacó”. La policía cubana tampoco la dejó tranquila nunca. Se le quedaba mirando y la citaban a la estación local, preocupados de que no trabajara para el Estado sino en la casa que Daniela convirtió en salón de belleza para ofrecer todo tipo de tintes y cortes de pelo. Si se detiene a pensarlo, Cuba no era un lugar para ella. Siempre quiso largarse.

En 2023, cuando cumplió 30 años, dejó a un lado las faldas y se vistió de hombre otra vez. Los cubanos se estaban yendo casi en estampida. La pandemia de Covid había golpeado una economía ya en crisis, no llegaban los grupos de turistas que oxigenaban los negocios o los hoteles de Varadero, y las restricciones de la primera administración de Donald Trump habían dejado al castrismo atado de pies y manos, sin recibir remesas o cruceros repletos de estadounidenses. Hubo, además, una gran protesta masiva y el Gobierno confirmó que estaba dispuesto a condenar con años de cárcel cualquier intento de remover el poder. Cuba era un sitio inhóspito. Daniela vendió su casa, se agenció un ticket hacia Nicaragua, localizó un coyote y le dijo que se llamaba Daniel. Se puso un pantalón ancho y un abrigo que le cubriera el cuerpo lo más posible.

“Era más seguro para mí”, confiesa. Desde que emprendió el camino del inmigrante, ha transformado su apariencia como mejor ha convenido. En los días más oscuros es Daniel. Cuando el trayecto luce más leve, aparece Daniela. En realidad, nunca ha dejado de ser Daniela en ninguna de sus travesías.

Tras una semana de camino por Nicaragua, Honduras y Guatemala, llegó a México y se tatuó un corazón en el cuello que dice Love. Después de siete meses de espera, fue admitida en Estados Unidos a través de la aplicación de citas migratorias CBP One.

Llegó por Texas, siguió hasta Miami y se puso la ropa que se pone Daniela. “En Miami me sentía como en mi casa. Yo siempre estaba muy linda, muy arreglada, Miami es espectacular para eso”. Mientras estuvo libre, piensa que fue feliz, pero hubo un día en que entendió que su vida era otra irremediablemente: cuando en el Centro Penitenciario Turner Guilford Knight (TGK), en la Florida, le hicieron quitarse el enterizo de leopardo y ponerse la ropa de recluso de un hombre. Ahí empezó, dice, “a destrancisionar”.

“Sentía que todo lo que había logrado lo había perdido. Eso fue letal. Es muy duro que te traten como a un hombre”, asegura. “Cuando sentí que me estaban metiendo en una prisión de hombres, dí gritos de horror. Les decía no, por favor, no. Me quitaron la peluca y me sentí horrible. Desde ese momento todo el trato ha sido el de un hombre”.

Cuando un barbero del Centro de Detención del Condado de Lake, el segundo por donde pasó, le dio el primer tijeretazo en el cabello que le había crecido hasta mitad de la espalda, ya estaba casi resignada. “Sentí dolor, pero yo estaba en modo supervivencia”. Empezó a caminar con menos gracia, se adaptó a saludar con la mano y no con besos en la mejilla, moderó el tono de la voz.

“En el centro tenía muchas personas encima de mí, los guardias me preguntaban mucho sobre mi seguridad, me tenían que acompañar al baño, me pareció más cómodo cortarme el pelo. Pero fue lo mejor que hice, como mejor pude llegar a África. Nunca me vi en la obligación de vestirme como un hombre para sobrevivir”.

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