A treinta y nueve segundos les bastó para perderlo todo. Al Triunvirato del Mal, en cambio, tres meses no les han alcanzado para nada, salvo para mentir, burlar, estafar. Esa es la aritmética criolla: la naturaleza demuele en un suspiro lo que la administración del régimen es incapaz de reconstruir en un trimestre. Treinta y nueve segundos de horror telúrico contra noventa días de horror administrativo revolucionario. Y todavía hay quien dice que aquí no se trabaja.
El damnificado —esa categoría que el Estado descubre cada vez que se le cae un techo encima— emprende entonces la peregrinación. Un día le dicen que el certificado de vivienda principal no hace falta para optar al crédito hipotecario blando; al día siguiente, en la taquilla, le juran que sin ese papel no existe. Un funcionario le asegura que la etiqueta roja basta; otro, con esa sonrisa de quien administra la desesperación ajena, le informa que se requiere una segunda evaluación. La segunda evaluación, por supuesto, nunca llega. Es el milagro invertido: aquí lo que nunca llega es lo que uno espera.
Y en la UCV, donde opera la fulana comisión de Venezuela Renace, el ciudadano aprende que renacer es un verbo transitivo que exige paciencia infinita y, de preferencia, algún contacto providencial. Porque nunca faltan los oficiosos que, bajando la voz y mirando de reojo, le insinúan el atajo non santo: una gestión aquí, un sobre allá, para que el informe aparece como por arte de magia. La corrupción, en Venezuela, no es un accidente del sistema: es su sistema circulatorio.
Mientras tanto, el damnificado tiene opciones. Una carpa en una plaza. Un refugio colectivo. Un cuartito en casa de un pariente donde meterse con mujer y críos a cuestas, hasta que hieden y son echados. O pagar alquileres de especulación que ningún gobierno se digna a frenar, porque regular el mercado inmobiliario sería socialismo y regular la corrupción sería suicidio.
Y en la cima de esta pirámide de miserias, la interina posa para las cámaras en la Gran Manzana. Sonríe en el Salón Oval, al lado de mister Trump, con esa elegancia Chanel de quien ha convertido la supervivencia en profesión. Allá arriba, la foto. Acá abajo, la carpa. Allá, el apretón de manos. Acá, el trámite que no avanza. La distancia entre ambos mundos no se mide en kilómetros ni en dólares: se mide en vergüenza.
No hace falta ser profeta para anunciar lo que viene. Después del terremoto vendrá la reconstrucción con ofertas de subsidios y créditos hipotecarios blandos, y con ella la nueva cosecha de intermediarios, contratistas fantasma, sobreprecios y comisiones. La tierra tembló una vez; la burocracia del régimen tiembla todos los días, y de sus grietas no sale agua: sale podredumbre.
Que nadie se confunda. Este escrito no denuncia un accidente administrativo: denuncia un método. Un Estado que primero te deja sin casa y después te cobra el trámite para recuperarla no es un Estado fallido: es un Estado que funciona —para otros. Para los de la foto. Para los que sonríen. Para los que nunca han dormido en una plaza.
Treinta y nueve segundos. Noventa días. Cero respuestas. Y una sonrisa en Washington que vale más que todas las carpas de Caracas. Uuuufffff…