
La sucesora de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, cerró esta semana su primera participación ante la ONU sin fijar una fecha electoral, mientras la mesa de negociación con la Asamblea Nacional de 2015 acumula 51 días desde su instalación y todavía no ha producido una renovación del CNE ni un cronograma para unas presidenciales, un escenario que mantiene abierta la discusión sobre si el chavismo está preparando una transición electoral o administrando los tiempos para prolongar su permanencia en el poder.
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La escena internacional dejó una promesa cuidadosamente empaquetada: habrá elecciones, pero nadie sabe cuándo. Delcy lo dijo ante Naciones Unidas y presentó la transición como un proceso que desembocará en el voto, aunque dejó el momento de los comicios en una especie de limbo político al señalar que el pueblo venezolano determinará cuándo será el momento correcto.
Y justo cuando podía pensarse que la conversación con Washington serviría para arrancarle alguna precisión al régimen, ocurrió lo contrario. Donald Trump confirmó que sí habló con Delcy sobre elecciones, pero después de todo ese intercambio la fecha continúa desaparecida.
Mientras tanto, en Caracas, Jorge Rodríguez parece tener otra concepción del calendario. El jefe de la delegación chavista aseguró que Venezuela tendrá cuatro procesos electorales y los enumeró en este orden: parlamentarias, municipales, regionales y presidenciales. Hasta ahí, todo parece bastante normal. El pequeño detalle vino después, cuando señaló que ocurrirán “en el lapso que establece la Constitución”.
Traducido del idioma burocrático del chavismo, el mensaje es bastante más interesante: habrá elecciones, pero no necesariamente ahora. Y si la referencia es el período constitucional ordinario, las presidenciales podrían quedar ubicadas en 2030. Así, mientras Delcy habla ante el mundo de una futura democracia plena, Jorge dibuja un calendario que puede estirarse durante años. Una coincidencia bastante conveniente: todos prometen comicios y nadie tiene apuro por decir cuándo.
La situación adquiere todavía más interés cuando se mira lo que ha ocurrido dentro de Venezuela. La mesa entre el régimen y la AN de 2015 se instaló el 6 de agosto con una agenda que incluye estabilización, recuperación económica, reconciliación política y una transición pacífica.
Han pasado 51 días desde entonces. En ese período se han anunciado avances en distintos asuntos. El segundo ciclo de conversaciones cerró esta semana con acuerdos relacionados con el TSJ y el desbloqueo de plataformas digitales, mientras la elección que determinaría quién debe gobernar Venezuela sigue esperando turno.
Y ahí está la peculiaridad de esta transición: para casi todo parece existir un comité, una comisión, una revisión, una segunda ronda o un próximo ciclo. Para las presidenciales, en cambio, existe una palabra mágica: después.
Después se renovará el CNE. Después se definirá el cronograma. Después se discutirá la elección presidencial. Después se sabrá cuándo. Mientras tanto, el reloj continúa corriendo.
Pero no empezó a correr el 6 de agosto. Ese reloj se activó el 3 de enero, cuando Nicolás Maduro fue capturado y trasladado a Estados Unidos. Delcy, hasta entonces vicepresidenta del régimen, pasó a ocupar el centro del poder chavista como su sucesora. Desde entonces han transcurrido casi nueve meses y todavía no existe una elección presidencial convocada para resolver mediante el voto quién debe ocupar el cargo.
Aquí es donde la Constitución vuelve a aparecer, precisamente el mismo texto que Jorge invoca para hablar de un futuro electoral sin fecha. El artículo 233 establece el procedimiento frente a una falta absoluta del presidente y contempla una nueva elección dentro de los 30 días consecutivos siguientes cuando esa falta ocurre durante los primeros cuatro años del período constitucional. El artículo 234 regula las faltas temporales y establece un período de 90 días para la suplencia del vicepresidente, prorrogable por otros 90 con autorización de la Asamblea Nacional.
El plazo de 180 días del artículo 234, incluso bajo esa interpretación, quedó atrás hace meses. Y Delcy sigue ejerciendo el poder.
Ese es el elefante en la habitación que el discurso oficial intenta cubrir con toneladas de diálogo, comisiones y frases sobre institucionalidad. La discusión sobre el mecanismo que debe conducir a una elección presidencial continúa sin una resolución política definitiva, mientras la sucesora de Maduro permanece al frente del régimen.
El chavismo podría zanjar buena parte de esa incertidumbre con una cosa bastante sencilla: una fecha. No hace falta otra mesa, otra comisión ni otro ciclo de conversaciones. Hace falta decir cuándo votarán los venezolanos.
Pero, por ahora, esa no parece ser la urgencia. Más bien ocurre lo contrario. La mesa acumula días, los acuerdos avanzan por partes y el chavismo consigue algo que históricamente ha sabido administrar con particular destreza: tiempo.
Y el tiempo, en este caso, juega a favor de quien ya está sentado en el poder. El problema para Delcy es que ese mismo reloj también corre en su contra: cada día que pasa sin una salida electoral definida hace más difícil sostener indefinidamente su permanencia al frente del régimen.