Abraham Sequeda: Los usuarios de un país
07 Oct 2026, 10:32 3 minutos de lectura

Abraham Sequeda: Los usuarios de un país

Por La Patilla

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Entre una ciudadanía real y una simple población esparcida por un territorio existe un largo trecho de comportamientos, necesidades, aptitudes y actitudes. La diferencia radica en cómo ese conjunto de habitantes se sirve de sus instituciones, sus empresas, sus recursos y hasta de su propio clima.

En Venezuela, la dinámica pareciera ir en una sola dirección: la de usufructuar las ventajas de “ser venezolano”. El problema es que hacer tangible esa idea es cada vez más difícil. Principalmente porque la contraprestación de esa condición jamás fue considerada por los individuos ni por los grupos; mucho menos se asumió una cultura del cumplimiento, del deber o de la reciprocidad.

En los actuales momentos, para una inmensa mayoría de connacionales (e incluso para los extranjeros curiosos) no parece ser ninguna ventaja vivir en Venezuela. Sin embargo, durante largos años sí lo fue. El dato crucial aquí es cómo la voracidad por el poder (no para mejorar, sino para envilecer las estructuras en beneficio de un grupo dominante) y la corrupción permitida en todas sus formas terminaron por erosionar una forma de vida. Se desprendieron de los valores más autóctonos: la tierra, los frutos, el folclore, la gastronomía, el acento y hasta los caminos históricos.

Pudiera alguien resumirlo en pocas palabras: “al país se lo robaron” y “lo robaron” a él también. Lo despojaron de su identidad y, peor aún, lo borraron del mapa para sustituirlo por uno ajeno a sus virtudes y recargado en sus fallas, debilidades y conductas más indeseables.

En la práctica, todo se redujo a implorar cada día por un poco de servicios públicos o rasguñar algo de dinero (en divisas y bajo un entorno altamente especulativo) para sobrevivir un día más. Tanta es la tragedia que los grandes desafíos de esta nación en materia de educación, salud, finanzas, energía y ambiente son tratados como utopías inaccesibles. Hoy lo bueno, lo eficiente y lo de calidad resulta irreconocible; lo demás es simple pasto de corral.

Ya no existe un orgullo fundado en hechos reales, sino en nostalgias del pasado o en fetiches creados para no mirar hacia adelante. Nos hemos convertido en los simples usuarios de un país donde supuestamente “todo está bien”, donde nada debe hacerse y donde la única salida termina siendo servirse, únicamente, de la imaginación.

 

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