
Hay una idea que se ha repetido con demasiada facilidad durante estos meses: Venezuela todavía no estaría preparada para una elección presidencial. Primero habría que estabilizar el país, reconstruir algunas instituciones, reconciliar a la sociedad y, después, cuando existan determinadas condiciones, devolverles a los venezolanos la posibilidad de decidir.
El problema con esa tesis es que confunde dos cosas distintas. Una cosa es que el Estado venezolano no esté preparado para administrar una elección libre, cosa que se puede mejorar relativamente rápido con voluntad política. Otra, muy diferente, es que la sociedad venezolana no esté preparada para ejercer la democracia. Los datos disponibles muestran más bien lo contrario.
La última encuesta de CID Gallup para el IRI encontró que 74% de los venezolanos considera que la democracia es la mejor forma de gobierno. Es un dato especialmente potente en un país que lleva años sin democracia: después de haber vivido el autoritarismo, la mayoría no reniega de la democracia; la reclama. Entre los mayores de 50 años el apoyo llega a 85% y entre las mujeres, a 81%. Incluso entre los jóvenes de 18 a 29 años, una generación que prácticamente no conoció una democracia funcional, alcanza 62%.
Este último dato merece atención. Un venezolano de 25 años nació en 2001. Su experiencia política completa transcurrió bajo el chavismo. No conoció alternancia presidencial, independencia efectiva de poderes ni unas Fuerzas Armadas sometidas plenamente al poder civil. Vio persecución, presos políticos, censura, emigración masiva y elecciones progresivamente vaciadas de contenido. Y, aun así, seis de cada diez jóvenes dicen que la democracia es la mejor forma de gobierno. Eso dice bastante sobre la sociedad que sobrevivió al chavismo.
Latinobarómetro 2026 llega, con otra metodología y otra formulación de la pregunta, a una conclusión compatible: 63% de los venezolanos dice que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, uno de los porcentajes más altos de América Latina. El dato aparece en un país que el propio informe clasifica como una dictadura. Es decir, más de dos décadas de autoritarismo no consiguieron convertir a los venezolanos en una sociedad autoritaria. Y tampoco estamos frente a una sociedad políticamente indiferente.
La encuesta del IRI muestra que 62% quiere un cambio importante en el sistema político y el liderazgo durante los próximos doce meses. Si incorporamos al 20% que quiere cambios graduales, 82% demanda algún tipo de cambio. Apenas 17% responde que no quiere ninguno.
El juicio sobre el chavismo es todavía más contundente: 80% califica negativamente sus efectos sobre Venezuela. 69% los considera muy negativos. Después de más de un cuarto de siglo en el poder, difícilmente puede hablarse de una sociedad dividida en dos mitades equivalentes frente al régimen que la gobernó.
Venezuela tiene conflictos, diferencias ideológicas, desigualdades y fracturas como cualquier sociedad. Pero en algunos asuntos políticos fundamentales muestra hoy un grado poco habitual de coincidencia: rechazo al chavismo, preferencia por la democracia y demanda de cambio.
El problema institucional es otra cosa. Latinobarómetro coloca a Venezuela entre los países con mayor insatisfacción con el Estado: 90% está insatisfecho con el sistema judicial, 89% con los hospitales, 88% con la policía y 81% con la educación pública.
Esto permite entender mejor la paradoja venezolana. Tenemos una sociedad con una disposición democrática considerable viviendo sobre los restos de un Estado desinstitucionalizado. La demanda existe. Lo que falta es el aparato institucional capaz de procesarla.
Robert Dahl explicaba la democracia mediante dos dimensiones básicas: participación y competencia política efectiva. Juan Linz y Alfred Stepan insistieron después en que una democracia consolidada necesita instituciones en las que los actores políticos puedan competir y resolver sus conflictos conforme a reglas aceptadas. En Venezuela, el problema principal no está hoy en la ausencia de una sociedad que quiera votar o que no comprenda el valor de hacerlo. Está en reconstruir las condiciones institucionales que permitan convertir esa voluntad en poder legítimo.
El 28 de julio de 2024 ya fue una demostración de eso.
Después de años de represión, inhabilitaciones, partidos judicializados, medios cerrados, dirigentes encarcelados y millones de ciudadanos fuera del país, los venezolanos se organizaron para votar y para defender el voto. La oposición construyó una estructura territorial capaz de obtener, digitalizar, organizar y publicar las actas. Según las actas recopiladas por la oposición, Edmundo González obtuvo más de 7,3 millones de votos frente a 3,3 millones de Nicolás Maduro. Eso no lo hizo una sociedad que necesitaba aprender democracia. Lo hizo una sociedad a la que le impidieron hacer valer democráticamente su decisión.
También existe un liderazgo claramente reconocible. Distintos sondeos –AtlasIntel, More Consulting, Nodo 88, Hercon Consultores, entre otros– han situado a María Corina Machado como la principal líder política del país, con niveles de apoyo que rondan entre 60% y 70%. Y eso después de diez meses fuera de Venezuela, una distancia que inevitablemente pesa sobre cualquier liderazgo político.
El estudio del IRI aporta otro dato, medido de una manera distinta y particularmente exigente: cuando preguntó espontáneamente, sin ofrecer una lista de nombres, en qué político o figura pública confiaban más, María Corina Machado obtuvo 26%, frente a 6% de Edmundo González, 5% de Nicolás Maduro y 2% de Delcy Rodríguez. El 42% respondió “nadie”, por lo que ese 26% no puede presentarse como confianza mayoritaria. Pero sí muestra algo muy claro: entre quienes identifican espontáneamente un liderazgo, Machado obtiene más de cuatro veces las menciones del segundo nombre.
Eso importa porque las transiciones no ocurren únicamente mediante instituciones. También necesitan actores capaces de agregar demandas, construir coordinación y convertir preferencias dispersas en acción colectiva. Eso fue precisamente lo que ocurrió antes y durante el 28J.
Hay, además, otra característica bastante particular de la Venezuela actual: su orientación hacia Occidente y, especialmente, hacia Estados Unidos.
IRI encontró que 77% evalúa positivamente el papel desempeñado por Estados Unidos en Venezuela y 82% quiere relaciones cercanas o muy cercanas con ese país. Latinobarómetro encuentra algo parecido desde otro ángulo: 76% de los venezolanos considera positiva la influencia estadounidense, cuando el promedio latinoamericano es 57%.
Venezuela es también el país latinoamericano que más aprueba la manera en que Donald Trump conduce los asuntos internacionales: 61%, frente a un promedio regional de 34%. F00023493-INFORME_LATINOBAROMET… Y 67% de los venezolanos identifica a Estados Unidos como una democracia, el porcentaje más alto de los países medidos por Latinobarómetro.
Esto ocurre mientras China aumenta su presencia económica y política en América Latina. Venezuela, paradójicamente después de décadas de alianza del chavismo con Pekín, aparece como el país con la percepción más baja de buenas relaciones con China: 53%.
Una parte muy amplia de la sociedad venezolana parece imaginar su futuro democrático vinculada nuevamente al mundo occidental. Eso tampoco significa un cheque en blanco a Washington. El apoyo puede deteriorarse si la población empieza a percibir que los intereses petroleros sustituyen el objetivo democrático. Las sociedades distinguen entre aliados e intereses, especialmente cuando pasa el tiempo y su vida cotidiana no mejora.
Y aquí llegamos al asunto de la reconciliación.
IRI preguntó qué tendría que ocurrir primero para que esta fuera posible. Las respuestas más mencionadas fueron cambio de gobierno (25%), rendición de cuentas y procesos judiciales (21%), reconocimiento de errores por parte del Gobierno (19%) y liberación de todos los presos políticos (13%).
Es un dato que debería ser leído con atención por quienes diseñan la transición desde afuera. Para muchos venezolanos, la reconciliación no parece ser una condición previa a la libertad. La libertad, la justicia y el cambio político aparecen como condiciones para poder reconciliarse.
Tiene sentido. Una transición democrática puede requerir pactos, negociación y garantías. La literatura sobre transiciones está llena de ellos. Pero reconciliar una sociedad no consiste en pedirle que suspenda el juicio sobre lo ocurrido mientras quienes controlaron el aparato represivo conservan el poder. Una democracia puede negociar las condiciones de una transición sin renunciar a establecer responsabilidades.
Por eso creo que la discusión sobre si Venezuela está “lista” debe plantearse de otra manera.
Los venezolanos llevan años organizándose, votando, protestando y pagando costos enormes por defender derechos políticos. El 28 de julio demostraron una capacidad de coordinación cívica que habría sido difícil en una democracia estable y que consiguieron bajo una dictadura. Las encuestas de 2026 muestran ahora una sociedad que mayoritariamente quiere democracia, demanda cambios y juzga con enorme severidad el legado del chavismo. No necesita que alguien le enseñe a querer libertad.
Lo que Venezuela necesita es que quienes tienen hoy capacidad para hacerlo aceleren la construcción de las condiciones mínimas para que esa voluntad pueda expresarse y hacerse efectiva: autoridades electorales confiables, garantías políticas, libertad para los presos, retorno seguro de los dirigentes exiliados o impedidos de entrar, observación internacional, actualización del registro y participación de los millones de venezolanos que viven fuera del país.
La sociedad ya hizo buena parte de su trabajo. Lo hizo el 28 de julio de 2024 y lleva años haciéndolo.
Ahora deben apurarse quienes tienen la responsabilidad y el poder de reconstruir las condiciones institucionales para que Venezuela pueda volver a elegir. Porque si algo muestran estas encuestas es que el problema venezolano no es una sociedad que todavía no está preparada para la democracia. Es una sociedad preparada para ejercerla que todavía no ha recuperado la libertad necesaria para hacerlo.