Tres gritos por una locha, por Antonio Canova González
17 Oct 2026, 13:18 6 minutos de lectura

Tres gritos por una locha, por Antonio Canova González

Por La Patilla

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Un rincón en una casa de los Valles Altos de Carabobo. Un cartel, dice: «Bienvenido al mundo de Guachirongo. Precio: tres gritos por una locha».

Lo hicieron los niños. Dibujado con lápices de colores, bailando con los brazos en alto y una radio de cartón, un hombre de ropa remendada. Hay un cuaderno, con letra de niño que apenas empieza a ser grande, copiaron con cuidado: locha, antigua moneda venezolana equivalente a doce céntimos y medio.

 

Ninguno de esos niños había oído esa palabra. Tampoco sabían qué era el «crepúsculo», una «jauría» o unos «harapos», hasta que analizaron, debatieron y pensaron con el cuento de Julio Garmendia que les eligió la profesora Beatriz Pineda Sansone para La Hora del Cuento.

Ahora conocen la historia de un hombre pobre que vivía en las nubes del crepúsculo, que vendía gritos por monedas y que un día desapareció.

 

Cada cuento lo selecciona la profesora Pineda y se los lee, por audio enviado a través de un grupo de WhatsApp, desde Barcelona. Su voz cruza el océano, llega a un teléfono y se sienta en el piso con los niños. Les propone preguntas, juegos y dibujos, y así, entre juego y juego, los niños van aprendiendo.

 

El rincón lo montó una maestra con lo que había en casa: cartón, papel crepé de colores, un mantel de encaje, unos cojines para sentarse en círculo en el piso.

Son mujeres, casi todas. Un día, hace años, abrieron la puerta del comedor para ayudar con la tarea a los niños de la cuadra, y los niños no dejaron de llegar. No tienen oficingrpero sí el título de directoras. Son dueñas. Tienen la llave de la casa y el nombre de cada niño.

 

Cuando los niños se van y la casa queda en silencio, la maestra abre en su teléfono a Amanda IA, una inteligencia artificial que la ayuda a pensar qué hará mañana con cada uno. Si hay luz.

A veces la luz se va seis horas. Una de ellas compró lámparas recargables para no suspender la clase. Esta semana Amanda IA, en matemáticas, le propuso una pizzería de fracciones. Los niños recortaron círculos de papel y los partieron en cuartos. Uno pintó bien su cuarto, escribió mal la fracción y estaba cansado. La maestra lo miró y decidió: mañana. Saber cuándo parar también es enseñar.

Otra maestra cuenta que sus alumnos, después de las primeras sesiones, pidieron más matemáticas.

Estas mismas mujeres abrieron sus casas cuando la tierra tembló en junio y las escuelas cerraron. Fueron campamentos para jugar y quitarse el susto. Días atrás una niña le preguntó a su maestra: «¿Cuando haya otro terremoto, hacemos campamento?». La maestra escribió que eso la impactó.
Nadie les pidió que lo hicieran. Ningún ministerio las autorizó. El Índice de Libertad Educativa 2025 deja a Venezuela casi al final de América Latina, entre los países donde menos pueden elegir las familias y menos pueden enseñar las personas. Pero ellas abrieron las puertas, una por una, y los niños siguen llegando, no quieren irse.

Unidos todos en la red El Bello Árbol somos apenas catalizadores, nos acompañamos, creamos y medimos lo que ocurre, para demostrarlo con hechos y hacer crecer este movimiento. Una mision: que más y más niños lean semanalmente Guachirongo, La Ballena, Androcles y el León, debatan y cuestionen, practiquen matemáticas.

El lunes empieza otro cuento. La ballena, lo escribió e ilustró Benji Davies, y durante dos semanas lo trabajarán en unas treinta microescuelas.

Trata de un niño llamado Noé, que vive junto al mar con un padre que trabaja tanto que casi no lo ve. Una mañana, después de una tormenta, Noé encuentra en la playa algo que no puede creer. No les cuento cómo termina. Solo les digo que Guachirongo se fue sin despedirse, y que a Noé le tocará presentarse ante un grupo numeroso de niños curiosos.

Vuelvo al cartel. Tres gritos por una locha: ese es el precio en el rincón de Guachirongo. El precio de lo demás lo ponen ellas, y es casi nada. Muchas cobran unos pocos dólares a la semana y, cuando una familia no los tiene, perdonan la cuota de su propio bolsillo, sin anotarlo y sin que nadie se lo agradezca. Guachirongo vendía gritos. Ellas no gritan: abren la puerta, encienden una lámpara y empiezan.
Esta semana una maestra mandó la foto de unas nubes encendidas de naranja: el crepúsculo de Montalbán.

Cuenta el cuento que cada atardecer una abuela le dice a los niños que juegan en la acera, cerca de su microescuela, que mire hacia arriba, que allí está Guachirongo, bailando otra vez.

Esta tarde, cuando el cielo se ponga naranja, miren hacia arriba un momento. Debajo, en una casa de Carabobo, junto a un cartel de cartón, una maestra enciende su lámpara, abre una inteligencia artificial y prepara para “sus niñitos” las actividades de matemáticas o del cuento de la semana.

 

P. D. Todo lo que acabas de leer es verídico, es de esta semana y está pasando ahora mismo. Si te quedó la curiosidad y quieres ver los datos, y cómo seguimos cada paso de este experimento, están abiertos para quien quiera en impacto.elbelloarbol.com.

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