La diplomacia es el arte del disimulo. La frase no es de cualquiera; viene cargada de la naftalina noble y el veneno añejo de la vieja Europa. Se la achacan al obispo Talleyrand —ese camaleón de siete vidas que atravesó el fango de la Monarquía, la candela de la Revolución, el baño de sangre del Terror, los delirios del Imperio napoleónico y el regreso de los Borbones a punta de tragar sapos crudos sin mover un solo músculo del rostro— o al cardenal Richelieu, zorro de sotana, tintero y estilete. «La palabra se le dio al hombre para ocultar su pensamiento», murmuraba el francés con frialdad de mármol. Para esa estirpe de zorros viejos, el oficio diplomático no era un arrebato de pasillo, sino la orfebrería de la distancia: la sonrisa de hielo, el protocolo como cota de malla y el guante de seda bien planchado para que jamás se adivinara en qué pliegue del abrigo venía escondida la daga.
Pero la diplomacia venezolana, si es que a este bazar de voces que despacha desde la Casa Amarilla se le puede seguir llamando diplomacia, tiró la mantilla al bajante de la basura hace rato. Cambiaron la finura de las formas por la necedad del patio central.
El nuevo inquilino de la esquina de Principal, jojoto todavía y con el barniz de la novatada intacto, se saltó sin duda la lección donde enseñan a cuidar las apariencias. En su reciente incursión por las frías moquetas de Washington para verse las caras con el Secretario de Estado Rubio, la estampa de la comparecencia pareció calcada de un velorio de pueblo en plena canícula. Que Marco Rubio no regale ni un diente no es un descuido de etiqueta; es un gesto medido con tiralíneas. Está en su patio y le acomoda marcar la cancha con un rostro de piedra que huela a disgusto y a poder implacable. Pero lo del muchacho Oliver, pasmado, tieso y sin saber qué hacer con las manos —como si se hubiera tragado entero el palo de la escoba—, no fue sobriedad: fue pura y dura flojera de piernas.
Porque en los corredores donde se muelen las decisiones del mundo, el que enseña las costuras del “no sé qué hacer“ pierde la partida antes de rozar la silla. La política exterior no se inventó para tembleques de principiante ni para la torpeza del novato que confunde el pasmo de la timidez con la serenidad de la prudencia. Una cosa es la reserva de un hombre de Estado y otra muy distinta el aire del muchacho sorprendido robando mangos y arrinconado en la dirección del colegio. Allá afuera, en los salones de la alta política donde se tuerce el destino de las naciones, la rigidez no infunde un ápice de respeto; delata la falta de millas, la fragilidad del advenedizo y el peso aplastante de un saco que le quedó gigante.
Y para rematar la faena, llegó el infaltable boletín de la vanidad digital. Horas después del encontronazo, el muchacho corrió a las redes a colgar el correspondiente párrafo de plastilina burocrática: «En nombre de la Pdta. E @delcyrodriguezv y del pueblo venezolano, sostuvimos un encuentro… Reafirmamos nuestra disposición a seguir construyendo espacios de entendimiento…». La retórica vacía, aderezada con las dos banderitas de rigor, tratando de vestir de triunfo lo que la foto ya había desnudo como sumisión. Porque al final, el disimulo moderno no se busca en los archivos del Quai d’Orsay ni en las memorias de Talleyrand; se maquilla en un tuit de plantilla, redactado con el temblor en los dedos y la urgencia del que necesita convencer a los de la esquina de que allá afuera no lo trataron como al mandadero de la cuadra y le cayó regaño. No tiene músculo para las grandes ligas. “Salió gafo el muchacho”, dirían las viejas en los pueblos mientras se abanican en las mecedoras.