Rory Branker: 510
04 Oct 2026, 01:42 5 minutos de lectura

Rory Branker: 510

Por La Patilla

Compartir noticia

Ilustración original
Ilustración original

Ayer, los tribunales de Venezuela me dieron lo que en el papel llaman “libertad plena”. Para el sistema judicial es un trámite, una sentencia absolutoria más en un expediente. Para mí, para mi familia y para los que han seguido este caso, es el derrumbe de una mentira. La Fiscalía no pudo presentar ni una sola prueba en mi contra, porque no se puede documentar lo que no existe.

Rory Branker – Ex Rehén del chavismo

Lo que yo viví no fue un “proceso judicial” con garantías ni derechos. El primer tramo fue un secuestro. Fui víctima de una desaparición forzada que duró 206 días. Doscientos seis días de un aislamiento pensado para reventarme por dentro, para asfixiarme la voluntad y convencerme de que el mundo me había borrado y olvidado.

Y mientras yo intentaba sobrevivir en esa celda, el verdadero terror estaba en mi casa. Mi familia vivió la peor tortura que alguien puede imaginar: no saber si su hijo, su esposo, seguía respirando. Lloraron mi ausencia sin que el Estado que decidió desaparecerme les diera una sola respuesta. Llegaron a pensar que me habían matado.

Cuando por fin reaparecí “oficialmente” en el sistema, el ensañamiento no paró. Me mandaron a Tocorón, el mismo lugar que el régimen usó como bandera de máxima seguridad contra el “terrorismo” y que terminó siendo la jaula para encerrar a inocentes. Donde las pocetas son un hueco en el piso, dentro de la misma celda para 4. Supe de al menos dos jóvenes al mes que intentaban quitarse la vida. Ahí pasé la Navidad y recibí el Año Nuevo, lejos de mi gente.

Hoy, ya en la calle, respirando como un hombre libre y sin cargos, veo la entrevista en video que Jorge Arreaza acaba de hacerle a Nicolás Maduro Guerra, a nueve meses de la captura de su padre.

El hijo de mi victimario cuenta cómo fue la madrugada de la captura. Relata que a las tres de la mañana llamaba desesperado a Delcy Rodríguez y a Jorge Rodríguez, y luego a Diosdado Cabello, sin que nadie del alto mando supiera decirle qué pasaba con su papá. Cuenta el momento exacto en que, ante ese silencio, le dijo a su esposa: “Mire, yo creo que a mi papá lo mataron”. Describe el pánico de sus tías en Fuerte Tiuna, escuchando helicópteros y tiros, convencidas también de que el expresidente estaba muerto, hasta que por fin, a las cinco y veinte de la mañana, les confirmaron que se lo habían llevado con vida.

Cuando escuché eso sentí empatía. Ese terror que te paraliza, esa madrugada eterna de no saber si tu ser querido está vivo o muerto, es el mismo infierno al que la maquinaria de Maduro empujó a mi familia durante mis 206 días de desaparición forzada. Entiendo esa zozobra, porque es la misma que Maduro sembró en mi hogar.

Pero la entrevista sigue, y ahí aparece la diferencia. Arreaza le pregunta al hijo cada cuánto conversa con su padre en prisión, y la respuesta es tajante: “Todos los días. Él tiene 510 minutos al mes y los distribuye como mejor le parece”.

Mientras yo estuve secuestrado, mi voz no existió para mi familia. Cero minutos. Y cuando el sistema por fin me formalizó en Tocorón, mi gran “privilegio” carcelario fueron 12 miserables minutos de llamadas al mes. Doce minutos picados en llamadas de apenas tres minutos a la semana, siempre vigilado, siempre con la amenaza de que me los quitaran. Tenía 180 segundos a la semana para decir rápido: “estoy vivo”, “los amo”, “no pierdan la fe”, antes de que me cortaran la línea y me devolvieran al silencio de la cárcel.

No escribo esto desde la rabia, ni deseo que le apliquen a él la oscuridad y el aislamiento que yo sufrí. Me da tranquilidad saber que hoy, en su reclusión, recibe un trato más humano y garantista del que su régimen jamás me dio a mí ni a ninguno de sus miles de presos. Ese contraste me dignifica. Que Nicolás Maduro tenga derechos básicos de comunicación prueba que nosotros no somos como ellos.

Ayer el tribunal dictó mi “libertad plena”, pero mi libertad siempre fue mía. En mis ideas y en mi mente nunca dejé de ser un hombre libre. Lo único que hicieron, obligados por la falta de pruebas, fue reconocer mi inocencia.

Sobre qué va a pasar con Nicolás Maduro, no me toca a mí dictar sentencia. Pero espero que entienda lo que realmente significa su encierro: que administrar esos 510 minutos de teléfono al mes, decidir con quién habla y cómo los gasta, es el último y más importante poder que tendrá en su vida.

Enlaces relacionados

Noticias Relacionadas