
La honestidad no siempre nos hará populares, pero siempre nos hará íntegros. Puedes perder amigos por decir la verdad, pero nunca perderás tu dignidad. Los que mienten ganan aplausos temporales; los honestos ganan respeto eterno. Viktor Frankl
No es tarea fácil la que hemos tenido que sobrellevar los venezolanos en estos veintisiete años de un gobierno de perversidad conocido como “Socialismo del siglo XXI” impulsado por Hugo Chávez y prolongado bajo el gobierno de Nicolás Maduro: democracia participativa y protagónica, consejos comunales, retórica antiimperialista, léase en contra de Estados Unidos. Todo ese conjunto de labia comunista sumado a una corrupción de marca cosmopolita, privados de libertad y masiva emigración de compatriotas, dieron al traste con el bienestar económico que con sus altos y bajos se vivió durante los cuarenta años de democracia. Sin embargo, con todos los errores y traiciones de los desleales que se vendieron en el mercado del régimen a precios espaciales, el día de hoy algunos de ellos pretenden conservarse dentro de dudosos principios democráticos. La honestidad en la política es uno de los conceptos más debatidos, complejos y, a menudo, esquivos en la historia de las democracias. Cuando un partido o un líder político pierde este atributo ante los ojos de la ciudadanía, se activa con mayor velocidad el proceso de caída en desgracia y aislamiento. El político puro actúa guiado por principios inquebrantables, mientras que el político de gobierno a menudo debe negociar, transigir y tomar decisiones imperfectas para lograr algunos resultados. El peligro surge cuando la responsabilidad se convierte en una justificación para el cinismo y la corrupción. Tal es el caso, del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) que está a punto de desaparecer del cuadro político nacional como ha ocurrido con otros partidos ubicados hoy bajo el ala de la oposición con un respaldo raquítico que respira con mucha dificultad. El PSUV, hoy, es un partido desdibujado, oscuro, borroso, que ha perdido hasta el color rojo mutando hacia el azul que semeja a quienes apuntalan a la candidata presidencial, María Corina Machado.
Un partido político no muere cuando pierde una elección, sino cuando la ciudadanía deja de considerarlo una herramienta útil para encauzar sus aspiraciones o resolver sus problemas. Ese partido quedó reducido a una cúpula o cascarón vacío que conserva el registro legal, pero carece por completo de respaldo en las calles. Dejó de responder a las demandas reales de la calle y se percibe enfocado únicamente en la autopreservación y la repartición de cuotas de poder. Aparecen nuevos actores o movimientos y cuadros medios, alcaldes, parlamentarios y financistas que empiezan o están alerta para en el momento menos pensando abandonar el barco al ver que el proyecto carece de futuro electoral. A lo largo de la historia, este proceso no ocurre de la noche a la mañana, sino que suele ser el resultado de un desgaste progresivo combinado con momentos de crisis terminal. Un caso de corrupción aislado puede gestionarse, pero cuando se desvela una red institucionalizada que involucra a múltiples liderazgos del partido, la indignación popular se vuelve irreversible.
En conclusión, cuando los partidos dejan de responder a las demandas reales de la calle y se percibe enfocado únicamente en la autopreservación, la repartición de cuotas de poder o las disputas internas, estos partidos flexibilizan o abandonan sus principios ideológicos para mantenerse en el poder mediante alianzas pragmáticas o contradictorias que lo que logran es confundir y decepcionar a una sociedad que en un momento depositó su confianza en ellos…