Rafael García Marvez: El espíritu del país y “por qué debo regresar”
06 Oct 2026, 14:56 5 minutos de lectura

Rafael García Marvez: El espíritu del país y “por qué debo regresar”

Por La Patilla

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El ordenamiento jurídico de una nación debe responder a sus propias necesidades y tradiciones, no ser una copia ciega de modelos extranjeros. La verdadera libertad americana no era solo un concepto político, sino un deber moral. Defender la patria de la opresión interna o externa es lo que mantiene vivo el fuego y el espíritu de la sociedad. Andrés Bello

La vida del país, entiéndase Venezuela, ha tenido y persiste en un complejísimo desenvolvimiento que nos ha conducido a echar mano a los textos como brújulas para tratar de orientarnos sobre cuál es el rumbo por donde podamos rodar para esquivar los atajos que nos llevan por esos lugares desconocidos, inesperados o dilemáticos. En nuestro caso tuvimos cuarenta años consecutivos de democracia que con sus altibajos fueron cuatro décadas de prosperidad a pesar de que los diez primeros años, luego de la salida del dictador Marcos Pérez Jiménez, hubo que enfrentar guerrillas rurales y urbanas, diferentes asonadas militares, intento de magnicidio en contra de Rómulo Betancourt, primer presidente de esa época de libertad. Todos esos ataques de la izquierda ‘carnívora y vegetal’ se lograron superar gracias a un pacto de gobernabilidad firmado en octubre de 1958 entre los partidos: Acción Democrática, Copei y Unión Republicana Democrática. Como consecuencia se evitó la hegemonía de un solo partido y se distribuyeron cuotas de poder de forma equilibrada mediante coaliciones. Hubo incluso un programa mínimo común que garantizó la estabilidad del Estado.

Muchos analistas, columnistas y la sociedad venezolana, léase todos los ciudadanos como lo establece la Constitución, están disconforme con los lapsos de tiempo para ir a elecciones presidenciales como lo establece el gobierno norteamericano quien actúa como árbitro entre nosotros después de lo ocurrido el glorioso tres de enero de 2026 con la captura del presidente Nicolás Maduro y su consorte, Cilia Flores. A partir de allí se parte por la mitad, nuevamente, nuestra historia contemporánea. En paralelo, se crea una hipersensibilidad entre nosotros por las palabras empalagosas del presidente Trump para la presidente encargada, Delcy Rodríguez…

Sin embargo, y a pesar de todas las discrepancias de los sectores opositores, las fuerzas dominantes del norte se mantienen firmes en sostener que generalmente los regímenes autoritarios modernos no dependen del apoyo popular, sino del control de la cúpula militar. En segundo lugar, suelen crearse milicias, colectivos armados o guardias pretorianas leales directamente al ejecutivo desplazado. En último lugar, los dictadores modernos han aprendido una lección táctica elemental: resistir el impacto inicial. Si el aparato represivo obedece las órdenes iniciales de disparar y contener las calles, los regímenes logran institucionalizar el miedo convirtiendo el conflicto en un juego de desgaste donde la población civil lleva las de perder. Los venezolanos ‘tenemos un saco’ sobre hechos donde la oposición desarmada sacó siempre la peor parte y era muy factible de que esa historia se repitiera. Evidentemente se corría ese riesgo que por unos cuantos meses más tal cosa pasara, pero afortunadamente en último lugar se impuso lo que comúnmente se conoce como la paciencia estratégica.

En resumidas cuentas, fue trascendental para que la situación diera un giro copernicano, un cambio radical, el hecho de que María Corina Machado tomara papel y lápiz para escribir un sensato artículo que fuera publicado este 5 de octubre en el diario The New York Post.   En último lugar, copio tan solo este párrafo, quienes estén interesados en ahondar en este tema ya saben la fuente dónde recurrir: “Estados Unidos ha sido nuestro socio natural durante un siglo. Las empresas estadounidenses nos enseñaron a producir petróleo y nos trajeron nuestro deporte nacional: el béisbol. Después de 27 años de destrucción socialista, queremos que Estados Unidos vuelva a ser nuestro principal socio comercial y queremos que Venezuela sea una fuente energética confiable para Estados Unidos. Estados Unidos ha sido nuestro socio natural durante un siglo. Las empresas estadounidenses nos enseñaron a producir petróleo y nos trajeron nuestro deporte nacional: el béisbol. Venezuela puede producir mucho más de 5 millones de barriles diarios con una inversión de unos 200.000 millones de dólares. Las compañías petroleras pueden perforar bajo prácticamente cualquier gobierno, pero un capital de esa magnitud requiere contratos de entre 20 y 30 años que comprometan a los gobiernos futuros. Mantener esa inversión requiere un marco jurídico predecible, cumplimiento de los contratos y un régimen fiscal competitivo, todo ello posible únicamente bajo un Estado de derecho occidental…”

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