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A menudo, en los discursos políticos y en las tarjetas de felicitación, la palabra solidaridad se usa como un adorno, una suerte de bálsamo para limpiar conciencias o un concepto romántico que suena bien pero que pocos practican cuando el frío aprieta. Sin embargo, para quienes hemos transitado los pasillos del poder, las dificultades de la lucha gremial o incluso los momentos de persecución y encierro, la solidaridad no es un sentimiento; es una decisión racional y, sobre todo, una estrategia de supervivencia.
En esta Venezuela de 2026, donde las heridas sociales aún supuran y la desconfianza parece ser la moneda de curso legal, preguntarse por la vigencia de la solidaridad no es un ejercicio teórico. Es una necesidad urgente para entender si somos capaces de reconstruir un país o si estamos condenados a ser un conjunto de individuos tratando de salvarse solos en un barco que naufraga.
Debemos empezar por diferenciar la solidaridad de la caridad. La caridad es vertical: se da desde una posición de superioridad hacia alguien que se considera inferior. En cambio, la verdadera solidaridad es horizontal. Es el reconocimiento de que el otro es un igual y que mi suerte está atada a la de él. Como suelo decir: la solidaridad no es un acto de caridad, es un pacto de resistencia entre los que saben lo que es pasar trabajo.
Históricamente, los venezolanos hemos demostrado una capacidad asombrosa para apoyarnos en las crisis, pero muchas veces esa respuesta es reactiva: nos unimos ante un deslave, un terremoto o una injusticia flagrante, para luego volver al aislamiento del “sálvese quien pueda”. El reto actual es transformar esa solidaridad de emergencia en una solidaridad estructural. Una que no dependa de la tragedia, sino del compromiso cotidiano de no dejar caer al que tenemos al lado.
En el mundo de la política y los negocios, es común encontrarse con lo que yo llamo la “solidaridad de inversión”. Son aquellos que extienden la mano solo cuando hay una cámara grabando o cuando saben que esa ayuda se traducirá en votos o favores futuros. Es una forma cínica de entender las relaciones humanas, donde la ayuda al prójimo es solo una partida más en el presupuesto de marketing personal.
Cuidado con la solidaridad del opresor; a veces te da el pan hoy para que no le reclames la tierra mañana. La verdadera mano amiga es la que se extiende en el anonimato, la que no busca el aplauso del público sino la tranquilidad de la conciencia. En tiempos de traición, ser auténticamente solidario es el acto más evolucionario que un ciudadano puede cometer. Es romper el ciclo de la desconfianza que algunos se han encargado de sembrar para mantenernos divididos.
Si algo nos enseña la historia es que el poder absoluto solo se mantiene cuando logra atomizar a la sociedad. Cuando cada ciudadano siente que su vecino es un competidor o un enemigo potencial, el poder tiene el camino libre. Por eso, la solidaridad es, en esencia, una herramienta de defensa. Frente al abuso del poder, la unión del humilde no es una opción, es la única forma de sobrevivir.
La solidaridad es entender que la herida que le abren a mi vecino, tarde o temprano, me va a sangrar a mí también. Si permitimos que se pisoteen los derechos del de al lado porque “no es mi problema”, estamos firmando nuestro propio atropello para el día de mañana.
No puede haber solidaridad donde no hay confianza, y sabemos bien que la confianza es un cristal que, una vez roto, nunca más se logra pegar. Para que un pueblo sea dueño de su destino, debe volver a creer en la palabra empeñada. La lealtad se demuestra en la bonanza, pero la solidaridad solo aparece cuando el barco se está hundiendo. Es en la escasez donde se ve la madera de la que estamos hechos.
En este 2026, el ejercicio de la solidaridad pasa por:
1 Entender las penurias del otro sin juzgarlas.
2 Dejar de esperar que las soluciones vengan de caudillos y empezar a resolver en el barrio, en la urbanización, en el gremio.
3 Entender que los servicios públicos, las leyes y las instituciones nos pertenecen a todos y su deterioro nos afecta por igual.
Un pueblo solidario es un pueblo que no necesita caudillos, porque sabe cuidarse solo. La solidaridad es el pegamento que mantiene unida a la nación cuando las instituciones fallan. No es un regalo que le hacemos al otro, es un seguro de vida que compramos para nosotros mismos.
Si logramos entender que mi bienestar es frágil si el de mi vecino no existe, habremos dado un paso importante hacia la madurez ciudadana. La próxima vez que vea a alguien necesitado, no piense solo en la ayuda que puede dar; piense en el lazo que está construyendo. Porque al final del día, cuando las luces del poder se apagan y las promesas políticas se desvanecen, lo único que queda es la mano que se extendió en la oscuridad sin pedir nada a cambio. Esa es la verdadera federación de los corazones, la que no se escribe en los escudos, sino en la vida misma.
Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE
Noelalvarez10@gmail.com