Miranda en Estados Unidos: el viaje que transformó su proyecto de independencia, por Luis Alberto Perozo Padua
08 Oct 2026, 14:59 9 minutos de lectura

Miranda en Estados Unidos: el viaje que transformó su proyecto de independencia, por Luis Alberto Perozo Padua

Por La Patilla

Compartir noticia

Entre 1783 y 1784, Francisco de Miranda recorrió buena parte de Estados Unidos. Observó sus instituciones, visitó escenarios de la guerra, conoció a dirigentes y registró costumbres, precios y conflictos. Aquella experiencia sería decisiva para la formación de su proyecto de emancipación de la América española

En junio de 1783, poco después de terminada la guerra de Independencia estadounidense, Francisco de Miranda llegó a New Bern, Carolina del Norte. Tenía 33 años y venía de Cuba, donde había servido como oficial del ejército español. Había abandonado La Habana con ayuda del coronel Juan Manuel de Cagigal y del estadounidense James Seagrove.

Miranda no permaneció como un simple exiliado. Comenzó a recorrer el territorio y a escribir un diario sobre distancias, caminos, precios, instituciones, comercio, educación, religión, costumbres y asuntos militares. Sus anotaciones formarían parte de Colombeia, su extenso archivo de viajes, contactos y proyectos.

La república bajo examen

Estados Unidos acababa de convertirse en una nación independiente y Miranda quería entender cómo funcionaba. Visitó Carolina del Norte, Carolina del Sur, Virginia, Maryland, Pensilvania, Nueva York y Nueva Inglaterra. En Filadelfia observó la vida política e intelectual; en Nueva York contactó con protagonistas de la revolución; y en West Point examinó sus fortificaciones.

Su interés no era solamente político. Comparó las condiciones económicas estadounidenses con las de Hispanoamérica y observó cómo el trabajo, el comercio y las instituciones podían producir prosperidad. También registró prejuicios, desigualdades e intolerancia.

Filadelfia y la idea de libertad

Filadelfia ocupó un lugar especial en su recorrido. Allí entró en contacto con el ambiente político de la nueva república y estudió de cerca una sociedad que acababa de separarse de una potencia imperial.

Pero la experiencia tuvo también un lado incómodo. Miranda compró por diez guineas a John Dean, un joven escocés de unos 16 años que viajaba en un barco irlandés cargado con más de trescientos hombres y mujeres esclavizados. Dean quedó a su servicio y posteriormente escapó cuando Miranda ya estaba en Nueva York. El propio viajero dejó constancia del episodio.

El hecho obliga a mirar a Miranda sin convertirlo en un personaje perfecto. Admiraba la libertad y estudiaba una revolución nacida contra el dominio imperial, pero actuó dentro de una sociedad esclavista y llegó a participar directamente de esa realidad.

Phillis Wheatley

Phillis Wheatley muestra otra faceta de sus observaciones. En Boston, en septiembre de 1784, Miranda conoció a la poeta afroamericana nacida en África y llevada a Norteamérica como esclavizada. Para entonces había alcanzado reconocimiento literario, había viajado a Inglaterra y regresado a Estados Unidos, donde Miranda la encontró enferma y en condiciones de pobreza.

En sus notas, Miranda lamentó el abandono de su talento y reflexionó sobre la capacidad intelectual de los seres humanos más allá de su origen, sexo o color. La escena contrasta con el episodio de John Dean.

En Nueva Inglaterra también examinó la historia de las persecuciones religiosas. En Salem se interesó por los procesos de brujería de 1692 y visitó lugares asociados con las ejecuciones. También anotaba los límites de aquella sociedad.

Nueva York y Alexander Hamilton

Nueva York fue otro de los puntos centrales de su recorrido. Allí entró en contacto con Alexander Hamilton y con otros protagonistas de la revolución estadounidense. William Livingston lo describió en 1784 como un joven sudamericano de educación liberal, amplio conocimiento y entusiasmo por la Revolución.

La relación con Hamilton y otros dirigentes debe separarse de la tradición posterior. Miranda conoció a figuras de la revolución; sin embargo, no debe presentarse sin pruebas una conversación concreta en la que Washington o cualquier otro dirigente estadounidense hubiera diseñado o respaldado su futuro proyecto independentista.

West Point

En febrero de 1784 Miranda viajó hasta West Point. Examinó las fortificaciones, las posiciones defensivas y los escenarios de operaciones militares. Sus notas muestran el interés de un oficial que estudiaba cómo una fuerza revolucionaria había enfrentado a una potencia imperial.

Miranda estudiaba la experiencia militar estadounidense como quien extrae lecciones para un futuro todavía reservado.

Susan Livingston, una interlocutora excepcional

En Nueva York, Miranda encontró algo que no aparece en los mapas militares ni en las listas de instituciones que llenaban su diario: una relación personal que sobreviviría a su partida.

Susan Livingston pertenecía a una de las familias más influyentes de la nueva república. Su padre, William Livingston, abogado, revolucionario y gobernador de Nueva Jersey, había participado en la construcción política del país. En julio de 1784 incluso recomendó a Miranda ante el presidente de Yale, Ezra Stiles, a quien lo presentó como un joven sudamericano de educación liberal y amplios conocimientos.

Miranda conoció a Susan aquel año, cuando ambos rondaban los treinta. Ella era culta, curiosa y estaba familiarizada con los asuntos políticos de su tiempo. Entre ambos surgió una relación que continuó por correspondencia después de que Miranda abandonara Estados Unidos.

No volvieron a encontrarse, pero las cartas sobrevivieron. Se conservan 18 misivas de Susan dirigidas a Miranda y la correspondencia se prolongó hasta 1789. Cuatro años después de la partida del venezolano, Miranda seguía escribiéndole desde Europa y contándole sus viajes por distintos países y regiones del mundo.

La relación revela una dimensión diferente del viaje. Miranda no solo estaba estudiando las instituciones de la nueva república: estaba entrando en contacto con las familias, las conversaciones y las redes intelectuales que daban forma a aquella sociedad.

Cuando se marchó de Boston en diciembre de 1784, dejó atrás a Susan y a una parte de la vida social que había construido en Nueva York. Pero aquella correspondencia demuestra que Estados Unidos no quedó atrás con el viaje. Miranda continuó conversando con sus amigos estadounidenses y comparando aquella república con las sociedades que conocería después.

Y Susan Livingston fue una de las personas que mantuvo abierto ese vínculo.

Un viajero detenido por sus propios baúles

El viaje también tuvo episodios mucho menos solemnes. En determinado momento Miranda quedó separado de su equipaje durante varios días. Sus cartas de recomendación viajaban con los baúles y, sin ellas, tuvo dificultades para acreditar quién era.

Las anotaciones muestran la dimensión cotidiana del viaje: caminos difíciles, retrasos, gastos, equipaje perdido y cambios de itinerario.

De la experiencia al proyecto

El 15 de diciembre de 1784 Miranda salió de Boston a bordo del Neptune rumbo a Europa. Había permanecido alrededor de dieciocho meses en Estados Unidos.

Se marchaba con una experiencia difícil de obtener en los libros: había recorrido el territorio, observado sus instituciones, estudiado sus defensas militares, conocido a protagonistas y registrado sus contradicciones.

Estados Unidos no creó sus ideas revolucionarias, ya presentes antes del viaje. Pero le permitió comprobar que una colonia podía romper con una potencia imperial y construir un orden político propio.

Y Filadelfia no desapareció de su proyecto. En 1799, Miranda hizo publicar en Londres la Carta dirigida a los españoles americanos, de Juan Pablo Viscardo y Guzmán, un texto destinado a defender la separación de las colonias españolas. Aunque la impresión se realizó en Inglaterra, Miranda hizo figurar Filadelfia como lugar de publicación, un detalle que muestra la huella de la ciudad en su proyecto.

Casi dos siglos después, Miranda regresaría simbólicamente a aquella ciudad. El 1 de julio de 1977, el Gobierno de Venezuela entregó a Filadelfia una estatua de bronce del prócer, obra del escultor Lorenzo González, con motivo del bicentenario de la ciudad. El presidente Carlos Andrés Pérez participó en la ceremonia junto al alcalde Frank Rizzo.

La escultura quedó en Benjamin Franklin Parkway, con Miranda representado espada en mano: el hombre que había llegado para estudiar una revolución terminó integrado al paisaje histórico de aquella ciudad.

Cuando abandonó Boston en 1784, todavía no había intentado conquistar la independencia de Venezuela. Llevaba, sin embargo, la experiencia de haber visto funcionar una república nacida de una revolución y sus contradicciones.

A partir de entonces, aquella experiencia formaría parte de su largo proyecto para emancipar la América española.

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas

Enlaces relacionados

Noticias Relacionadas