
Creemos falsamente que se puede mandar sin control, ejercer la libertad sin responsabilidad y tener siempre la razón. Las sociedades que permanecen aprendieron una verdad irrebatible; para vivir juntos se tiene que renunciar a algo. No es una opinión moral, es la base de la vida en común, es imposible coexistir en sociedad sin ceder parte de su libertad natural y renunciar al impulso, que, de seguirlo, haría inalcanzable la convivencia. Cuando se pierde el límite, no gana libertad, sino desorientación. Sin freno, el deseo no se sacia, se multiplica.
Venezuela descubrió que construir un país sin renuncias equivale a levantar una casa sin paredes, posible de imaginar, imposible de habitar. Años de administradores del poder que no devolvieron el préstamo; de opositores que confundieron derrota con la conspiración y de militares convencidos de ser el árbitro de lo que solo el pueblo puede decidir; produjeron el país de hoy, donde todos reclaman todo, nadie cede nada y el resultado está a la vista. Millones de emigrados, instituciones vaciadas, una economía que se desangra y una sociedad que aprendió a desconfiar de todo y de todos. No es casualidad, es la factura acumulada de las renuncias que nadie quiso hacer.
Venezuela vive tiempos inauditos y de incertidumbre, el sistema se empeña en continuar. Hay renuncias inaplazables, la primera, del poder provisional que olvidó su fecha de vencimiento. Quien ejerce la presidencia lo hace por una providencia del Tribunal Supremo de Justicia, no por el voto, anomalía que solo se justifica si tiene término finito. Eso tiene nombre, provisionalidad. Y, para no convertirse en abuso y tiranía, necesita una condición básica, saber cuándo concluye. Un gobierno sin legitimidad de origen puede tener buenas intenciones, hacer cosas razonables, incluso caerle bien a Washington, pero nada lo legitima, solo la fecha lo hace tolerable, y sin calendario electoral fidedigno no hay transición, hay usurpación con mejor discurso.
Las protestas en aumento, los reclamos por salarios, servicios, libertades y democracia, no son capricho ni agitación extranjera. Un país que reprocha no está pidiendo favores, exige reglas. Y tiene razón. La renuncia que corresponde es obvia, convocar el cronograma electoral, acordar un árbitro creíble, liberar los presos políticos que quedan, permitir el regreso de los exiliados; y no como gesto de generosidad, sino por obligación constitucional que lleva meses vencida.
La oposición debe renunciar a algo, y conviene decirlo sin eufemismos porque la comodidad del agravio eterno es una trampa. Dos tentaciones la han paralizado históricamente, exigirlo todo de una vez y planear la revancha mientras negocia. Ambas comprensibles, ninguna viable. La transición funciona si quien entrega el poder tiene garantías de que habrá justicia, no persecución. Es cuestión de incentivos, quien no puede salir sin miedo, se queda a cualquier precio, y Venezuela tiene experiencia de lo que cuesta.
La Fuerza Armada, cuerpos de seguridad y policías tienen su renuncia pendiente, la más incómoda de mencionar por obvia; dejar de ser el árbitro final de la política. Su papel constitucional es proteger el resultado del sufragio, no decidirlo, y mientras el país dependa de lo que piensen agentes y oficiales en una reunión, no hay democracia, hay tregua; y en Venezuela, las pausas duran lo que duran.
La Casa Blanca ha planteado una ruta, renovar el Tribunal Supremo al final de 2026 y el Consejo Nacional Electoral, con la expectativa de que la presidencia quede vacante en 2027. Es un avance, si se cumple. Sin embargo, una transición diseñada desde afuera nace con debilidad estructural que ningún buen propósito corrige. Los intereses de las potencias pesan y los venezolanos lo saben de sobra. La renuncia que le corresponde a la variable externa es aceptar que el desenlace lo decide el voto ciudadano, aunque el resultado no convenga a los presentes en la negociación.
Funciona si la renuncia es simétrica, si solo dimite uno, no es transición, es rendición disfrazada de acuerdo. Si todos declinan sin fecha verificable, no es política, es teatro con mejor vestuario. Por eso hacen falta cosas concretas, un cronograma público que la gente pueda auditar, instituciones renovadas con nombres que inspiren algo distinto al cinismo, y un mecanismo de garantías para el que pierda. Sin eso, los acuerdos firmados son papel, y Venezuela tiene cajones llenos.
La historia no recuerda a los que se aferraron, lo hace, con los que supieron irse a tiempo. Venezuela necesita, con urgencia, que alguien dé el primer paso sin que los demás se lo cobren como debilidad. La política se ha llenado de quienes confunden servir con quedarse, olvidando que un cargo es un préstamo que hace la sociedad, no una propiedad. Aceptar la derrota, olvidar privilegios y permitir alternabilidad, es la prueba de que se entiende lo que significa gobernar. Una democracia sana e higiénica, no depende de líderes indispensables, sino de que nadie lo sea.
Pensar que se tiene la razón absoluta, es estulticia. Las renuncias que no hacemos por decisión propia, la realidad nos las impone con intereses y Venezuela ya pagó demasiados.
@ArmandoMartini