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La categórica victoria demócrata en las elecciones de medio término demuestra la capacidad de respuesta democrática de la sociedad norteamericana frente a los excesos de Donald Trump, un forastero de la política que llegó a la Casa Blanca con la finalidad de imponer un proyecto personalista, que no es ni republicano ni democrático, ni representa a la mayoría de los miembros del Partido Republicano, organización fundada en 1854, que contó entre sus militantes con figuras como Abraham Lincoln, considerado por numerosos historiadores -junto a George Washington- como el Presidente más ilustre de Estados Unidos.
Antes del martes 3 de octubre ya se habían producido algunas respuestas colectivas importantes frente a los excesos autoritarios de Trump: a su supremacismo racial; a los ataques a los medios de comunicación; a las agresiones a periodistas que cubren sus recorridos y ruedas de prensa; a la persecución a las universidades que reciben estudiantes extranjeros y permiten la crítica al gobierno israelí; y, sobre todo, a la xenofobia fomentada contra inmigrantes latinos, muchos de ellos modestos y productivos trabajadores que contribuyen a crear valor y al crecimiento de la economía.
En el plano internacional, la actuación del gobernante también había sido cuestionada por errática y, en numerosos casos, equivocada: se ha enemistado con sus aliados democráticos tradicionales en Europa, con el fin de estrechar relaciones con un déspota como Vladímir Putin; declaró una guerra injustificada a Irán, que además de provocar gastos gigantescos a los contribuyentes norteamericanos, desató la inflación en Estados Unidos; ha tratado de quebrar el orden internacional creado después de la Segunda Guerra Mundial, con el propósito de imponer un nuevo esquema cuyos ejes aún no se conocen, aunque puede suponerse que se encuentran en China y Rusia; ha tratado con desdén la heroica resistencia de los ucranianos frente al invasor ruso, y con desprecio a su líder, Volodímir Zelenski; se alió con Benjamín Netanyahu para justificar la masacre del pueblo gazatí.
Gran parte de esos despropósitos ya habían recibido una respuesta colectiva. En distintos Estados de la Unión surgió el movimiento No Kings y se produjeron movilizaciones y protestas en algunas de las universidades que se vieron afectadas por los recortes en las ayudas a esas casas de estudio, ordenadas por el mandatario. El Poder judicial en numerosos casos ha sido una barrera para detener las arbitrariedades del Ejecutivo. Jueces federales y estatales han dictado sentencias que paralizan decisiones abusivas de Trump, sobre todo cuando utiliza a la Agencia Federal de Inmigración (ICE).
Sin embargo, ninguna manifestación de rechazo había sido tan masiva y contundente como la que se produjo en las elecciones de medio término el pasado martes. Donald Trump ha salido a defenderse diciendo que no se siente afectado. Que no fue derrotado porque su nombre no apareció en ninguna de las papeletas. Que esos comicios no pueden asumirse como un plebiscito de su papel al frente de la Casa Blanca.
Se trata de respuestas defensivas e hipócritas. Si conoce algo de historia política norteamericana, debe saber que las elecciones a mitad de período para renovar parte del Congreso -de la Cámara del Senado y la Cámara de Representantes-, así como una fracción de los gobernadores, fueron concebidas para que el Gobierno central tuviese un marcador objetivo e incuestionable de cuál era la evaluación que hacía el pueblo de la administración instalada dos años antes en la Casa Blanca. Esa elección actúa en la práctica como un plebiscito acerca de la gestión del presidente de la República, este lo asuma o no de ese modo.
A Trump le convendría entender que el pueblo norteamericano ha emitido un juicio inapelable: cuestiona sus prácticas y sus políticas. Es el mandatario de la nación más importante del mundo. El pulcro y eficaz desempeño del presidente de Estados Unidos no solo favorece a su país, sino al planeta entero, especialmente a la amplia franja que defiende los valores de Occidente, vinculados con la democracia, la vigencia del Estado de derecho, la libertad en todos los campos y la independencia y equilibrio de los Poderes públicos.
Con relación a Venezuela, la derrota de Trump no debería provocar consecuencias negativas para el plan de tres fases diseñado por la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Hasta ahora ha habido coincidencia en el Congreso entre el Partido Demócrata y el Republicano. Los acuerdos no deberían alterarse. Venezuela necesita avanzar hacia la recuperación de la democracia y para ello se requiere del respaldo de Estados Unidos. En este tema no tiene por qué haber diferencias. Lo que podría ocurrir es que aumenten los controles del Congreso sobre los ingresos petroleros de Venezuela, para propiciar que estos fluyan hacia los ciudadanos.
La victoria demócrata fue un no categórico a los desmanes de Trump, no a la esperanza de los venezolanos.
@trinomarquezc