La tarjeta, el comisariato: cuando el petróleo significaba bienestar, por William Hernández
02 Nov 2026, 10:55 4 minutos de lectura

La tarjeta, el comisariato: cuando el petróleo significaba bienestar, por William Hernández

Por La Patilla

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Durante el siglo pasado y los primeros años de este, el petróleo no solo representó cifras de exportación o grandes obras de infraestructura; significó, sobre todas las cosas, calidad humana, movilidad social y una sólida estabilidad económica, laboral y familiar para el trabajador venezolano. Pertenecer a la industria petrolera era un motivo de profundo orgullo, progreso y proyección de futuro.

Entre los beneficios más emblemáticos que garantizaban esa tranquilidad se encontraban los recordados comisariatos. Estas casas de abasto y supermercados, instalados en los campos y áreas operacionales, nacieron como un compromiso real con el bienestar de la gente. Impulsados formalmente en 1942 mediante decreto del presidente Isaías Medina Angarita, obligaban a las compañías transnacionales —como Creole Petroleum Corporation, Shell y Mene Grande Oil Company— a proveer alimentos y artículos de primera necesidad a los trabajadores y sus familias.

A través de una tarjeta o «ficha» de cartulina cuadriculada, los trabajadores administraban sus cupos mensuales de alimentos, ropa y artículos del hogar a precios altamente subsidiados y muy por debajo del mercado. Más que un centro de compras, el comisariato era un símbolo de protección, respeto al contrato colectivo y valoración de la fuerza laboral.

Sin embargo, el deterioro institucional cambió drásticamente este panorama. En el año 2005, bajo la gestión de PDVSA, se anunció la entrega y transformación de estos históricos espacios a la red pública Mercal, marcando el fin progresivo de una conquista laboral histórica. Lamentablemente, Mercal terminó convirtiéndose en un foco de corrupción e ineficiencia, emulando la triste trayectoria de esquemas como el Plan Bolívar 2000 y dejando al trabajador en un estado de vulnerabilidad desoladora.

Hoy, la tierra venezolana vuelve a clamar por una transformación profunda. La reconstrucción del país no será posible sin un cambio democrático que restablezca el marco legal, la transparencia y la confianza internacional. No obstante, la verdadera clave del renacer petrolero no reside únicamente en la tecnología o en los barriles de extracción, sino en su gente.

En esta nueva era petrolera que debemos construir, es imperativo rescatar la esencia y calidad humana de la industria. Esto requiere:
* Reivindicación y estabilidad laboral: Recuperar el valor real del salario, la protección social y las prestaciones que garanticen la tranquilidad de la familia venezolana, restituyendo la dignidad del trabajo.

* Institucionalización de PDVSA: Reconstruir el patrimonio y la soberanía real mediante el saneamiento y la profesionalización de PDVSA y sus empresas mixtas, alejándolas de la politización y la corrupción para que vuelvan a ser un motor técnico y social.
* Crecimiento económico con sentido social: Traducir los ingresos petroleros directamente en servicios públicos de calidad, educación, salud y oportunidades reales para las nuevas generaciones.

* El retorno del talento: Abrir las puertas e incentivar el regreso de miles de profesionales, técnicos y obreros capacitados que tuvieron que emigrar, para que lideren con su experiencia esta etapa de reconstrucción nacional.

Venezuela posee la reserva y la riqueza bajo el suelo, pero su recurso más valioso sigue estando sobre él: su gente. El impulso hacia una nueva era productiva, enmarcada en el respeto democrático y el valor humano, será el pilar indiscutible para devolverle la tranquilidad, el progreso y la calidad de vida que cada hogar venezolano merece.

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