La Otra Cara "El aro en entredicho"  Por José Luis Farías
18 Oct 2026, 17:43 5 minutos de lectura

La Otra Cara "El aro en entredicho" Por José Luis Farías

Por La Patilla

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Mi apreciado amigo Rafael Simón Jiménez afirmó recientemente que María Corina Machado había entrado por el aro. La frase, dicha por él, no era un dardo menor: era una manera elegante de sentenciar que la líder había terminado por aceptar las imposiciones de Washington. Y las circunstancias, que suelen ser consejeras untuosas y mentirosas, parecían concederle la razón al respetado analista. Todo apuntaba a que el aro, ese perímetro incómodo donde las voluntades se domestican, había cerrado por fin sobre su figura.

Pero las últimas declaraciones de la líder al New York Times —en las que arremete contra Betancourt, denuncia su exclusión de la negociación y, con pulcra sutileza, arroja sombra sobre el acuerdo petrolero— hacen pensar todo lo contrario. Y ahí está el detalle: en la sutileza. Porque no se sale del aro con un portazo, sino con una frase bien puesta, con una sombra medida, con una denuncia que parece un susurro y termina siendo un muro.

No hay que confundir el silencio con la sumisión ni la pausa con la claudicación. La política, como el río, tiene remansos que parecen detenciones y son, en realidad, respiraciones antes del salto. Jiménez, analista de fina lectura, leyó el remanso como desembocadura; las circunstancias, que gustan de prestar razón a los respetados, le tendieron la alfombra. Pero el New York Times no es una vitrina para posar: es un espejo donde las palabras se agrandan y las sombras se vuelven evidencia. Allí, María Corina no entró por el aro: lo nombró. Denunció la exclusión, atacó a Betancourt y dejó caer, con la elegancia de quien no necesita gritar, la duda sobre el acuerdo petrolero.

¿Eso es entrar por el aro? Más bien parece lo contrario: es poner el aro en entredicho. Es decir, sin decirlo, que el aro no es el país. Que la negociación sin la líder es una mesa coja. Que el acuerdo petrolero, bajo la luz pulcra de una sombra bien arrojada, merece más preguntas que aplausos.

Mi apreciado amigo Jiménez merece respeto, y su tesis merecía circunstancias. Pero las circunstancias son traicioneras: a veces dan la razón para quitarla después. La líder no ha entrado por el aro; ha hecho algo más incómodo: ha puesto el dedo en el aro y ha preguntado, con sutileza de relojero, quién lo sostiene y para quién gira. Y esa pregunta, en política, vale más que cualquier sentencia.

Ahora vendrán los juicios y es justo que vengan. La política sin juicios es una sala sin espejos: todos creen tener la cara limpia. Habrá quien sentencie error con la prisa del que necesita tener razón antes del amanecer, y quien lo llame acierto con la fe del que confunde deseo con pronóstico. Unos dirán que se torció; otros, que por fin enderezó. Las tertulias se llenarán de veredictos como árboles en tiempo de mangos, y cada cual elegirá el fruto que mejor le sepa. Pero el juicio definitivo no lo darán ni los analistas ni los titulares: lo dará el resultado. Y el resultado, en esta historia, tiene dos puertas: si logra regresar al país, y si ese regreso es seguido por un cronograma electoral que privilegie una elección presidencial en la que ella pueda participar en condiciones limpias y democráticas. Esa es la única sentencia que no admite recurso.

Regresar no es un trofeo para la vitrina: es la prueba de fuego. Volver es medirse con la intemperie, con la cárcel que acecha, con la calle que aplaude y también con la calle que duda. Volver es aceptar que el país no es una idea sino un territorio con heridas, y que ninguna convicción, por luminosa que sea, se legitima en el exilio de los hechos. Si regresa, habrá que ver con qué regresa: si con la mano tendida o con el dedo levantado; si a sumar o a sentenciar. Porque no basta con cruzar la frontera; hay que cruzar también la soberbia.

Y si ese regreso desemboca en una elección presidencial con condiciones limpias, entonces sí estaremos ante el juicio verdadero. No el de los tuits ni el de los panfletos, sino el de las urnas, ese espejo implacable donde las leyendas se vuelven votos y los votos, realidad. Una elección limpia no es un regalo: es un campo de batalla con reglas. Y participar en ella no es claudicar: es someter la propia verdad al veredicto de los otros. Ahí se sabrá si el camino propio era un atajo hacia el país o un rodeo hacia la soledad.

Mientras tanto, los juicios seguirán cayendo como lluvia sobre tejado ajeno. Que caigan. El tiempo, ese juez que no cobra y nunca se equivoca del todo, dirá la última palabra. Y la dirá menos con discursos que con hechos: un regreso, una boleta, una mesa limpia. Ahí, y solo ahí, se sabrá si el aro se rompió o si, por fin, se abrió.

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