
Hay quienes, con tono de superioridad intelectual, afirman que hablar de “República Liberal Democrática” es una contradicción en los términos. Dicen que el liberalismo y la democracia son fuerzas opuestas: uno defiende los derechos del individuo frente a la mayoría; el otro entrega el poder a esa misma mayoría. Por tanto, concluyen, juntarlos es un oxímoron. Se equivocan.
El error parte de una confusión elemental. Confunden democracia con simple gobierno de la mayoría. Y confunden liberalismo con un egoísmo desordenado. Ninguna de las dos cosas es cierta.
La democracia, entendida de forma cruda, puede convertirse fácilmente en tiranía de la mayoría. La historia está llena de ejemplos: mayorías que confiscan, que persiguen, que anulan derechos en nombre del “pueblo”. El liberalismo nace precisamente para ponerle límites a ese peligro. No niega el gobierno popular; lo civiliza. Dice: el pueblo puede decidir, pero no puede decidirlo todo.
Hay un terreno que ni siquiera la mayoría más abrumadora puede invadir: la vida, la libertad y la propiedad de cada persona. Esa es la esencia de la República Liberal Democrática.
No es democracia sin límites ni liberalismo sin pueblo. Es un orden en el que el ciudadano elige a sus gobernantes (democracia), pero esos gobernantes están sometidos a reglas claras y permanentes que protegen las libertades individuales (liberalismo), y todo se articula bajo una Constitución que reparte el poder y trata a todos por igual ante la ley (república).
Algunos, siguiendo a Alain de Benoist, insisten en que democracia y liberalismo son lógicas opuestas y que su unión es un oxímoron. Es una tesis minoritaria y radical.
La gran tradición liberal, de Madison a Hayek, siempre entendió que precisamente ese equilibrio entre voluntad popular y límites al poder es el invento político más valioso de la modernidad.
María Corina Machado lo ha dicho con claridad: Venezuela necesita consolidar la República Liberal Democrática que soñaron nuestros padres fundadores. No es un eslogan improvisado. Es la síntesis de una visión coherente que pone en el centro la libertad, la propiedad, la igualdad ante la ley y la dignidad del individuo. Su llamado no es retórico: es la hoja de ruta más seria que se ha planteado en décadas para reconstruir el país sobre bases sólidas.
Desde hace años he venido escribiendo sobre este mismo concepto, defendiendo que la única salida real para Venezuela es una república donde la libertad individual limite al poder, donde el voto sea sagrado pero no ilimitado, y donde la propiedad privada sea el fundamento de la dignidad ciudadana. Hoy ese planteamiento encuentra eco en la voz más clara de la oposición democrática.
No es un oxímoron.
Es el único camino que nos queda.