
Tras los eventos del 3 de enero, lamentables y humillantes para Venezuela en su conjunto, surge la oportunidad de reabrir el espacio cívico clausurado por Nicolás Maduro en 2024. A cuentagotas se excarcela a los presos políticos y es posible que, próximamente, un número importante de dirigentes salgan de la clandestinidad o regresen del exilio para continuar liderando la lucha política en Venezuela. Esos pasos son esenciales para crear condiciones favorables a una transición pacífica y ordenada hacia la democracia. Se respira esperanza, pero con cautela: a fin de cuentas, la dictadura sigue en pie y es necesario desmontarla con esmero y eficacia para que su naturaleza salvaje, que hoy está agazapada, nunca más constituya una amenaza en el futuro.
Creo pertinente que ese conjunto de hombres y mujeres que se sumarán a la actividad política libre y plural que debemos construir en el país de cara a la transición; muchos de ellos víctimas de represión, persecución, cárcel, tortura y violencia; tengan sus ojos en el futuro antes que en el pasado. Es legítimo y necesario pedir justicia ante tantas heridas y daños causados, pero en los líderes recae una responsabilidad mayor. Mis puntos de vista los he expresado en múltiples escenarios y vías: siempre he hecho política con el rostro descubierto y no he pasado por el trauma del exilio ni de la clandestinidad (aunque sí de la judicialización de mi partido). Pero mi ejemplo no es tan esclarecedor como el de Rómulo Betancourt, a cuyo papel histórico apelo para sembrar algo de conciencia en quienes creen o suponen que es momento para que verdugos y víctimas intercambien roles, cuando de lo que se trata es que no existan ni verdugos ni víctimas en Venezuela.
En febrero de 1936 regresa Betancourt de su primer exilio. Fue parte de la Generación del 28 y pagó con persecución, cárcel y destierro su lucha contra la dictadura gomecista. Tras la muerte del “Bagre”, asumió el poder Eleazar López Contreras; su ministro de Guerra y Marina; y paulatinamente se excarcelaron a los presos políticos y regresaron los exiliados de aquella época. Justo al regresar, Betancourt expresa en entrevista publicada en el diario La Esfera: “No quiero hablar absolutamente nada de mi actuación fuera del país. Me repugna esa actitud de estar exhibiendo credenciales. Apesta a exhibicionismo, a pose barata, eso de estar diciendo: sufrí mucho, hice esto o aquello. Además, hombres como yo, en plena posesión de su capacidad de lucha, no deben hablar de lo que han hecho, sino de lo que se proponen hacer”.
Continúa Rómulo diciendo: “Son candorosos, merecedores de todas las decepciones, quienes creen que ya Venezuela está enrumbada por el camino de la libertad civil y de la democracia política. Eso es falso. El gomecismo; y con eso quiero decir la represión, el continuismo y el peculado; está apenas agazapado. Espera la hora de alzar la cabeza insolente. De nosotros, y cuando digo nosotros me refiero a la nación venezolana en su conjunto, depende que esa facción vuelva a hacer de Venezuela un cuartel y un potrero, o que para siempre sea liquidada”.
Tales palabras no necesitan mayores comentarios. Si el pasado enseña cómo construir una democracia, aprendamos: la clave es la reconciliación. El país del futuro no se construye con venganzas, ni con cobros de facturas, ni con amenazas; no señor, se construye con tolerancia, respeto y sentido estratégico. Si mañana se tiene que elegir alcaldes o gobernadores, concejales y diputados, debe haber certeza, entre los mismos aspirantes, de que ejercerán esos cargos y no se autoproclamarán verdugos. Reconstruir Venezuela necesita de todos, auténticamente de todos.
Julio Castellanos / jcclozada@gmail.com / @rockypolitica