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La situación por la que atraviesa Venezuela ha hecho añicos a los esquemas con que muchos veían discurrir los hechos, luego de la detención del dictador. Pero se desdibujaron las identidades de los actores políticos centrales, trastocando referencias antes tomadas como ciertas. Una metamorfosis:
Delcy Rodríguez y el chavismo
Los movimientos fascistas necesitan identificar a un enemigo contra el cual galvanizar sus fuerzas. Central para eso es el ejercicio de la violencia (o la amenaza de ejercerla) para arrebatarles derechos y aplastar a quienes son asociados con aquél. No se lucha por vivir, se vive para la lucha, y esta se alimenta con un lenguaje de odios contra el otro, utilizando contraposiciones simbólicas que invocan mitos patrioteros y/o “verdades” inventadas. Este constructo ideológico concibe a la política como una guerra sin cuartel. Chávez fue un maestro en esta manipulación. Y, cuando su socialismo de reparto comenzó a mostrar sus costuras, estaba a mano el gran culpable, razón para extremar aún más sus medidas. Esta perspectiva maniquea encumbró a Maduro quien, a pesar de su descomunal torpeza e incompetencia, logró, bajo mandato cubano, hacer de la figura del enemigo imperial y de sus agentes locales, la excusa para montar un formidable aparato de represión. Con ello pudo mantenerse en el poder mientras acentuaba sus atropellos y abría las compuertas a toda suerte de corruptelas.
El problema de Delcy y del chavismo que la acompaña, es que ese enemigo desapareció. ¡Trump es, necesariamente, su protector y gran aliado! ¿Cómo mantener la lealtad de los suyos, beneficiarios de un poder basado en desconocer los derechos de los demás “porque responden al enemigo”? Ahora, conminada a cambiar, amagó con reformas básicas y de liberalización política –Ley de hidrocarburos, excarcelación parcial de presos políticos, Ley de Amnistía–, pero cuidando de no socavar las bases del Estado de terror chavista. Porque su carta inicial de negociación con los gringos era que solo ella podía controlar a los esbirros. Ergo, éstos todavía debían tener “razón” de existir. Ahí están Diosdado, González López, Granko Arteaga y otros. No sorprende, por ende, que no pudo generar confianza para atraer inversiones, controlar la inflación, recuperar la economía y legitimar su interinato ante sus compatriotas. Y en eso cayó el mazazo terrible del doble terremoto, que desnudó de forma cruel la destrucción de las capacidades de respuesta del Estado ante tragedias de esta naturaleza.
Desnuda y con tan precario sustento doméstico, Delcy se entregó abiertamente a los brazos de quien había sido denostado durante 27 años como EL enemigo. Sin recursos ni legitimidad y sin acceso a lo que le corresponde a Venezuela por exportación de su crudo, amén de la amenaza de terminar como Maduro si no colaboraba, se entregó. Pero contaba con una decisiva ventaja para asumir su nueva identidad. Durante años el chavismo hizo suyas toda suerte de artimañas para escamotear los intereses nacionales. Acoplarse ahora con quienes tampoco rinden cuentas y promueven un “mega acuerdo” incompatible con nuestra constitución y ordenamiento legal.–que, por lo que se conoce, confisca la soberanía de Venezuela sobre parte de sus vastas reservas petroleras, valiéndose de la intermediación de un dudoso personaje–, es más de lo mismo. ¿Qué es una raya más para un tigre?
El problema para el Rodrigato con esta inversión de papeles está en la narrativa. ¿Cómo conciliar su rol facilitador del expolio imperial con su pretensión de representar la mejor apuesta que le queda al chavismo como fuerza política? Aunque la complicidad del aparato represivo, todavía decisivo, nunca dependió del discurso “revolucionario”, le sirvió de escudo. Claro, queda negociar con los amigotes de Trump su participación en el expolio. Sin dignidad, el entendimiento entre pillos está a la vista. Pero en las entrañas del fascismo lo que se oye son retumbos de indigestión. Y los hermanos, conscientes de haber quedado sin relato, apuestan a que sobrevivirán, como sea, las elecciones mid-term de EE. UU.
El protectorado estadounidense
A principios de año, Estados Unidos era percibido como el gran liberador de Venezuela. Y, en efecto, la operación que capturó al dictador Maduro se presta, indudablemente, para esta calificación. Después de tantas luchas, protestas, movilizaciones para referendos revocatorios, defensa de la constitución, elecciones que se ganaron (AN de 2015, presidenciales 28J), etc., seguía usurpando el poder. Con centenares de muertos en sus manos. Que su salida fuera por la vía de “las malas” parecía inevitable. Y la gran potencia del norte no sólo era la única capaz de ejecutarla, sino que venía envuelta con la imagen de campeona del mundo libre, defensora de la democracia y la libertad. Y, fuera Maduro, reservarse la custodia de los proventos por la exportación de nuestro crudo se veía loable, pues salvaguardaba estos dineros de los apetitos rapaces que caracterizaron el régimen chavista. Se creyó, durante un tiempo, que la alianza de Trump con Delcy era circunstancial y que pronto sobrevendrían condiciones para convocar elecciones, restaurar la democracia y comenzar a atender, de verdad, las calamidades que el régimen le había causado a los venezolanos, y ver liberados los presos políticos.
Bueno, han pasado nueve meses y brilla por su ausencia cualquier rendición de cuentas sobre el destino de los ingresos por la venta de nuestro petróleo –cuánto ha sido para resarcir deudas del chavismo con empresas gringas, cuánto para cubrir el gasto de la operación “resolución absoluta” u otros, cuánto se le entregó a Delcy, ni en qué lo gastó. Y la situación económica es cada vez más desesperante, inflación, apagones, escasez de agua, inseguridad, en fin, como dijo Gardel, “cuesta abajo en la rodada”. Y ahora, lejos de ser una encargada interina por conveniencia, la susodicha ha pasado a ser “presidente” a secas, a quien el engendro anaranjado no deja de alabar públicamente. Siguen sin convocarse a elecciones y permanecen, todavía, centenares de presos políticos en las cárceles. Mientras, se urde el “mega acuerdo” en cuestión –la entrega de nuestra soberanía– bajo el lema de que en guerra, como califica Trump su acción contra Maduro, “quien triunfa se lleva el botín”.
Claro, a Trump lo tiene sin cuidado su imagen ante los venezolanos, hoy más negativa que positiva. Su problema es cómo evitar la derrota del partido republicano en los comicios de noviembre. Expoliar a un país pequeño y débil, “bypassear” todo convenimiento legal para hacerlo, burlarse de su gente (“los venezolanos están bailando en las calles”) y rodearse de cuanto forajido pueda acompañarlo en sus despropósitos no lo inquieta, “as long as he can get away with it”. Su problema está con las instituciones de su país, pero apuesta a que la imagen que él cree proyectar, del líder más formidable que ha conocido la humanidad en toda su historia, deberá amilanar toda crítica. Y, en este montaje ante el electorado estadounidense, Venezuela es su gran trofeo. Petróleo seguro, barato, explotado ventajosamente por empresas gringas, para enterrar su fracaso con Irán (y la subida de los precios).
El problema de imagen sí lo tiene Marco Rubio. Otrora campeón de la libertad en Cuba y Venezuela, aparece enredado con los compromisos del “mega acuerdo” y con Delcy. Pero no es víctima inocente, capturada en los engranajes del poder. Con él se asocian los nombres de Mauricio Claver Carone y Alejandro Betancourt, involucrados en el acuerdo de marras, y con la contratación fastuosa de Centerview Partners para conducir la reestructuración de la gigantesca deuda externa venezolana. Rubio aspira a ser el candidato de su partido para las elecciones presidenciales de 2028. Para ello, su base de apoyo inicial sigue siendo el voto latino. Mantener la credibilidad de su plan de estabilización. recuperación y transición democrática en Venezuela, en el marco de las extravagancias de su jefe, es caminar sobre una cuerda floja, con el riesgo de caer de manera fulminante. Es un político avezado y apuesta en el desenvolvimiento favorable, con presión dosificada del poderío gringo, de la mesa de diálogo entre los equipos de Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera. Pero mientras no se termine de liberar todos los presos políticos, sanear el TSJ y el CNE, y fijar una fecha próxima para las elecciones, su imagen puede desinflarse. Tampoco critica los atropellos de ICE contra la población latina.
María Corina Machado
La ascendencia del liderazgo de María Corina Machado entre tantos venezolanos puede atribuirse a que su identidad política se asentó, constantemente, en la dignidad y el coraje con los cuales defendía sus ideas. Todos recuerdan aquel desplante valiente ante Chávez, entonces presidente, de “expropiar es robar”: un cañonazo a la línea de flotación de su proyecto “socialista”. Dignidad para defender el imperio de la ley y los derechos consagrados en nuestra constitución que fue consiguiendo cada vez más apoyo en la medida en que otros lideres opositores se empantanaban en negociaciones con Jorge Rodríguez u otro vocero chavista, que jamás llegaban a ser honradas en sus términos.
Por la dinámica imperante en la región y probablemente por su propia formación, María Corina fue alineándose con figuras emblemáticas de la derecha internacional. Si Chávez y Maduro se vanaglorian de ser de “izquierda” y los líderes democráticos así identificados mostraban torpemente su anuencia con esa autopostulación –aunque algunos con cierto recelo–, efecto de la influencia nefasta de Fidel Castro, la lucha por la democracia en Venezuela llevaba necesariamente a oponerse a lo que se perfilaba como un agrupación en la que todos significaban más o menos el mismo horror. Con esta visión contribuyó, también, la España de Pedro Sánchez. Arrastrado por las complicidades de José Luis Rodríguez Zapatero, el PSOE nunca se deslindó abiertamente del régimen fascistoide de Maduro.
De manera que, por la dinámica de las circunstancias, María Corina y lo que representa su movimiento político fue refugiándose bajo el alero protector de lo que asomaba ser el supuesto líder del mundo libre, Donald Trump,. Como se comentó, esa imagen fue desplazada por la de un forajido que abusa de su poderío para proseguir intereses propios, muchas veces al margen del derecho. No obstante, en el interim, se incurrió en la lamentable y miope acción –en retrospectiva son fáciles tales calificativos– de ofrecerle su muy merecido Premio Nóbel de la Paz a ese señor, para pronto verse despreciada, una vez capturado Maduro, porque la democracia liberal que encarnaba (María Corina) no encaja con los planes de Trump para con Venezuela. Y ahora, con el notorio “mega acuerdo” que amenaza con convertir a Venezuela en una factoría petrolera colonial, a la líder nacional le ha costado sacudirse de estas afiliaciones anteriores. Sin embargo, lo hizo, con un pronunciamiento prudente a favor de que se respetase la soberanía del país en la explotación de nuestro crudo. Para algunos, fue débil.
Sea como sea, ante el empuje de las circunstancias, parece que va a necesitar reforzar esta postura. Ojalá y toda la suspicacia vertida en estas líneas sobre las ambiciones expoliadoras de Trump y su combo en Venezuela fueran mentiras, producto de nuestros prejuicios. Pero, de no ser así, como, infelizmente, parece ser, la conservación de su liderazgo ante los venideros desafíos para recuperar nuestra democracia va a requerir de María Corina asumir una postura mucho más firme ante Trump y sus planes. Su liderazgo se nutre de la dignidad, porque ser su identidad: “Expoliar (también) es robar”
Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, [email protected]