
Nicolás Maduro Guerra, protagonista de una de las volteretas discursivas más notables del chavismo reciente, abogó este viernes 16 de enero por restablecer relaciones con Estados Unidos. Apenas dos semanas después de que su padre fuera extraído del poder por fuerzas norteamericanas, el heredero político guardó la retórica bélica en una caja fuerte y pidió, sorprendentemente, abrir una embajada en Washington.
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Lejos quedó aquella promesa incendiaria de 2017, cuando «Nicolasito» amenazó a Donald Trump con que «los fusiles llegarían a Nueva York» y que tomarían la Casa Blanca si osaban tocar suelo patrio. Hoy, con su padre enfrentando un juicio en Nueva York —llegando efectivamente a esa ciudad, pero no con fusiles sino con esposas—, el hijo del exlíder chavista sufrió un ataque de amnesia selectiva y declaró que Venezuela debe tener relaciones «con todo el mundo» y avanzar hacia el comercio global.
«Venezuela tiene que tener relaciones con todo el mundo (…) creo que debemos tener relaciones con Estados Unidos, una embajada, como con China, como con Rusia, porque es nuestra autodeterminación», declaró.
Maduro Guerra aseguró que el escenario actual, donde el liderazgo histórico del PSUV fue descabezado, es parte de una estrategia deliberada. «Lo que está pasando en Venezuela es el plan de Nicolás Maduro», sentenció sin ironía, tratando de vender la debacle del régimen y la transición forzada como una jugada maestra de su padre y su equipo.
Aunque no perdió la oportunidad de victimizarse calificando la detención de Maduro y Cilia Flores como un «secuestro» y cuestionando un derecho internacional que considera «agonizante», el mensaje de fondo fue de sumisión ante la nueva realidad. El diputado instó a mantener el «orden interno» y a tratar las diferencias «desde la política», un llamado a la calma que contrasta con la furia antiimperialista que definió al madurismo durante años.