
Richard Buchanan no era un preso común. Desde su celda en California, el hombre que las autoridades federales identificaron como integrante de la mafia mexicana orquestó durante dos décadas un entramado de extorsiones, apuestas ilegales, narcotráfico y conspiraciones de asesinato que se extendió por todo el sur del condado de San Diego.
Por infobae.com
El martes por la mañana, los guardias de la prisión estatal de Kern Valley lo encontraron sin signos vitales. Tenía 72 años.
La oficina forense del condado de Kern será la encargada de establecer la causa del deceso, informó Terri Hardy, vocera del Departamento de Correcciones y Rehabilitación de California (CDCR), en declaraciones recogidas por el Los Angeles Times.
Buchanan creció en los barrios de San Ysidro y Otay Mesa, al norte de la frontera entre Estados Unidos y México, tal como consta en una declaración jurada del propio recluso. Aunque negó cualquier vínculo con la organización, un funcionario penitenciario testificó que fue identificado como miembro en 1989.
Los orígenes violentos de un ascenso criminal
Las autoridades sostuvieron que Buchanan ganó su lugar en la organización tras apuñalar a Manuel Rebeles, exintegrante de la Nuestra Familia —pandilla rival—, en una cárcel del condado de San Diego.
Rebeles levantaba pesas en el patio de ejercicios de la azotea cuando recibió tres puñaladas en el pecho, de acuerdo con un informe de los investigadores al que accedió Los Angeles Times. La víctima sobrevivió al ataque.
Los fiscales argumentaron que la agresión fue ordenada por dos miembros de la agrupación radicados en National City: Ronaldo y Héctor Ayala. Buchanan no fue condenado por ese hecho, pero pasó gran parte de las dos décadas siguientes en prisión por robo, fuga y otros delitos.
Cada vez que recuperaba la libertad, su permanencia en las calles era breve. En 2004, trabajaba en un depósito de chatarra y vivía en una casa en esa misma ciudad, relató una asociada al FBI.
La dueña de la vivienda no le cobraba alquiler, y el camión que conducía había sido un regalo. “La gente le daba cosas porque era una buena persona”, declaró la mujer a los agentes federales.
El caso que lo envió a prisión de por vida
El caso que determinó su encierro de por vida involucró a una guardia penitenciaria corrupta.
Ernesto Torres, un recluso que cumplía una sentencia corta por violencia doméstica, entabló una relación con Jessica Chavez, oficial del Centro Correccional Richard J. Donovan. Tras su liberación, Torres y Chavez mantuvieron un vínculo sentimental, pero la guardia le pidió que se alejara cuando él se volvió posesivo.
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