
Cuarenta y cinco minutos bastaron para desnudar treinta años de bravuconería chavista. Trump, el conquistador, convirtió la épica de Chávez en una opereta de payasos uniformados. Me hubiese fascinado que la coñamentazon que le metieron a Maduro se la hubiesen propinado a Hugo, su “amado supremo” y a su cohorte de generales de pecho inflado y de medallas infinitas que terminaron cagados la noche de las luciérnagas metálicas gringas. No se me dio, se llevaron a Maduro y Cilia, los héroes de plástico. La humillación al chavismo fue monumental; lo sigue siendo.
La historia posee un sentido del humor particularmente cruel: los mismos que prometieron convertir Venezuela en un Vietnam tropical once meses después se arrodillan frente al conquistador: lo adoran.
Tanta pólvora retórica terminó en una rendición tragicómica.
El Rodrigato y la bomba de tiempo
Los hermanos Rodríguez comprendieron antes que nadie que el chavismo había dejado de ser una revolución y se convirtió en una mercancía. Su colaboración en la entrega de Maduro merece un capítulo singular en la historia de las traiciones políticas de América. No miento, agradezco la traición, pero no la confundo con “virtud” de los traidores, fue un negocio para adueñarse del poder. Y lo hicieron. Para conservarlo entregan al conquistador lo que le plazca: petróleo, minas, riquezas y soberanía. Todo. Incluso a ti, chavista pendejo.
Tienen un problema, la docilidad ante Washington no garantiza legitimidad en Venezuela. El pueblo esperaba una liberación, no una sustitución de gestores ni una entrega inhumana de nuestros recursos.
Trump los usa, no entiende que Venezuela es una bomba de tiempo.
Coitus interruptus
Perdonen la analogía: la transición venezolana ha sido un coitus interruptus. Después de la captura de Maduro, Venezuela tuvo una erección moral y, pese a los avances, en el momento de mayor entusiasmo y placer se evitó la eyaculación (histórica) y, lo peor, el goce se ha desvanecido. La economía continúa exhausta, el comercio no despega y la democracia permanece atrapada en los interminables preliminares del poder. Para completar el desencanto, Washington escogió como interlocutor petrolero a Alejandro Betancourt, el “comandante bolichico”, un error tan inaudito como desmoralizante.
La pregunta resulta inevitable: ¿se pretende reconstruir Venezuela o simplemente administrar sus riquezas mediante los mismos mecanismos corruptos que la destruyeron?
El placer de la libertad no admite orgasmos inconclusos. No más.
El apoteósico regreso de María Corina
Nadie parecía preparado para la dimensión histórica del regreso de María Corina Machado. Ni ella. Las multitudes, los abrazos, las lágrimas, la euforia de un pueblo que reconocía en su presencia una esperanza largamente postergada, ahora la tenía allí y ella se tenía, a su vez, en el encantamiento popular: era ella y era el pueblo, entre todos: Venezuela, o mejor, la nueva Venezuela. Hay acontecimientos que modifican la geometría política de una nación y este retorno ha sido uno de ellos. Washington negocia con quienes han regido –a coñazo limpio– Venezuela; ella moviliza a los millones que reclamamos recuperarla.
Unos pocos –infames– chavistas frente a millones –esperanzados– venezolanos. Dos legitimidades distintas: una nace de la traición del poder; otra de la fuerza del poder popular. Confundirlas es un error histórico.
El pueblo, la mayoría, está a tiro de una rebelión popular total.
Tensión
Venezuela se ha convertido en una cuerda tensada entre fuerzas contradictorias: Trump y sus intereses estratégicos, los Rodríguez y su supervivencia política, los militares estadounidenses y su responsabilidad ante una eventual crisis, el aparato represivo chavista y una sociedad –millones– exhausta de esperar. Hay que entender que una democracia postergada es una dictadura renovada. Si María Corina se lo propusiese enciende al país, no lo hará claro, pero todo tiene su límite. ¿Qué harían los marines estadounidenses ante una rebelión popular? ¿Atacarían a los manifestantes o neutralizarían a los aparatos represivos del chavismo?
No estamos únicamente ante una crisis política. El deterioro económico, la frustración social y la ausencia de un horizonte democrático verificable alimentan el riesgo de un conflicto social. Está ahí, cerquita.
Venezuela vive suspendida entre la esperanza y la desesperación.
¿Votos o balas?
La tensión necesita una salida institucional antes de transformarse en tragedia. Estados Unidos y el conquistador no sólo deben garantizar el tránsito hacia la recuperación económica, debe garantizar la libertad y establecer un calendario electoral creíble o se meterá en el lío de su historia. A sus socios los Rodríguez les deberá buscar una salida digna lo antes posible. María Corina puede contribuir a contener las tensiones y encauzar las demandas populares por vías pacíficas, pero no puede cargar con el peso de una transición inconclusa. Ni ella ni nadie.
Ojalá Washington comprenda que la estabilidad no consiste solamente en evitar una rebelión, sino en construir las condiciones que hagan innecesaria cualquier confrontación.
Cuando la política se niega a escuchar, la historia habla a gritos.
(Y los gritos políticos no escuchados terminan en balas).