
Se está demostrando cada vez más que el liderazgo mundial ha descendido muchísimo desde el punto de vista humano e intelectual.
Ya no son los tiempos de líderes como Roosevelt, Churchill, De Gaulle o Adenauer durante la segunda guerra mundial y la posguerra, o los de Kennedy, Brandt, Juan Pablo II, Reagan o Clinton en la segunda mitad del siglo XX, ni tampoco los de Betancourt, Caldera, Frei, Lleras Camargo o Haya de La Torre en el pasado reciente de Latinoamérica. Por supuesto que, a estas alturas de la Historia, nadie podría negar el liderazgo que ejercieron Hitler, Stalin, Mao, Mussolini o Castro, pero la catadura moral y humana de todos ellos rebaja su trascendencia a la hora de evaluar los gigantescos perjuicios que causaron a la humanidad y a sus pueblos.
El liderazgo auténtico exige una talla moral superior y una integridad a toda prueba, aparte de inteligencia, capacidad y sabiduría, requisitos indispensables si el líder, además, es un estadista a la altura de los grandes desafíos. Y esa es la diferencia entre el dirigente y el líder. Este último está llamado a enfrentar contingencias extraordinarias y señalar caminos para avanzar. A juicio de Charles De Gaulle, citado por Nixon, “tres cualidades cruciales debe poseer el líder: para trazar el camino apropiado necesita inteligencia e instinto, y para persuadir a la gente que avance por ese camino, necesita autoridad” (Richard M. Nixon, Líderes, Planeta, 1983, página 49).
Lamentablemente, en los últimos años venimos presenciando la emergencia de “liderazgos” mediocres, hábiles en el arte de la maniobra y del engaño, pero incapaces de forjar empresas trascendentes en función del desarrollo y la grandeza de sus países. Sucede ahora en España con Sánchez, en Francia con Macron, en Alemania con Merz o en Inglaterra con Burnham.
Otro tanto ocurre hoy en Estados Unidos bajo la conducción de un megalómano, desasistido de las mínimas condiciones para ejercer el liderazgo de la todavía primera potencia económica y militar del mundo. Pero lo de Trump pareciera apenas una muestra de la aparente decadencia que sufre aquel gran país en materia de líderes capaces y aptos para la extraordinaria empresa de dirigirlo.
Algo parecido sucede en Latinoamérica, donde los liderazgos notables han sido escasos, luego de más de un siglo de militarismo, dictaduras y mediocridades en el poder. Por desgracia, tras un reciente y significativo período de líderes democráticos y capaces, ahora oscila pendularmente entre el populismo de izquierda y el populismo de derecha, ambos simplistas y maniqueos, incapaces de formular objetivos reales de progreso para sus países. Y allí están como muestra Milei, los Kirchner, Lula, Bolsonaro, Fujimori, Evo Morales, Boric, Kast, Bukele, Petro, De la Espriella, Correa, Novoa, entre otros… ¡Si lo sabremos en Venezuela, donde se inició esta larga etapa de populismo, oscuridad y barbarie en 1999 con la elección de un militar golpista, fanfarrón e ignorante, con los resultados catastróficos ya conocidos!
Ocurre, en mi opinión, que los populismos de izquierda y de derecha han venido comprimiendo[G1] el campo del centro político que pareciera ser el único que puede garantizar gobiernos serios, responsables y sin demagogia, mientras que el populismo por lo general casi siempre deriva en regímenes corruptos, ineptos e incapaces.
Venezuela, por supuesto, no escapa de esa crisis de liderazgo que padecen otros países. Lamentablemente, con la llegada del castrochavismo al poder en 1999, liderazgos emergentes que ya habían probado su capacidad y experiencia como parlamentarios, gobernadores y alcaldes, vieron cerrados sus caminos futuros a consecuencia de la instauración de un régimen autoritario, militarista y antidemocrático -negado al relevo y la alternancia- y, desde luego, por la crisis de los partidos históricos a finales del siglo pasado.
Desde entonces hemos presenciado también en el campo opositor el fracaso recurrente de liderazgos mediocres, sin sustento ni sustancia, ayunos de la mínima formación intelectual que exige el ejercicio del poder. Y conste que nadie exige que los hombres de poder sean académicos, pero tampoco pueden ser analfabetas funcionales, sin formación intelectual y desprovistos de todo atisbo de superación personal. Por eso mismo, la situación del régimen es aún más penosa, carente de líderes, sin relevo ni sucesores capaces, repudiado por los venezolanos y sin ninguna posibilidad de retornar al poder en un futuro cercano.
En el actual panorama venezolano hay que destacar el liderazgo creciente de María Corina Machado, sin precedentes en tiempos recientes y distante de la mediocridad generalizada en este campo. Ella encarna hoy las aspiraciones y sueños de la gran mayoría de los venezolanos y en la medida en que se mantenga en el centro político puede liderizar un gobierno desprovisto de demagogia y populismo, alejado de cualquier extremismo.
Tiene cómo hacerlo: inteligente, capaz, preparada, conocedora de Venezuela y su gente, con amplias relaciones internacionales, nuestra Premio Nobel de la Paz reúne las mejores condiciones para recuperar al país y llevarlo a metas de progreso y bienestar. Y digo esto, alérgico como soy a los mesianismos y caudillismos que tanto daño nos han hecho, pero consciente de que ella encarna un liderazgo moderno, compartido con las mejores inteligencias y voluntades venezolanas y dotado de un programa de gobierno realista y cumplible.