
Los oportunistas de la corrupción tienen un olfato privilegiado para percibir dónde se encuentran las potenciales fuentes de poder. Y así mismo las direcciones de los desplazamientos respectivos en el ámbito de los poderes verdaderos.
Eso es así, aquí y en cualquier parte del mundo. Por eso es una cuestión tan peligrosa y tan dañina, en especial cuando se abren oportunidades de cambio afirmativo en un país.
El reciclaje de estos parásitos puede ser muy habilidoso. De tontos o tontas no tienen un pelo y son capaces de venderle el alma al diablo para mantener sus onerosos e ilegitimos intereses.
Se cuelan por el ojo de una aguja, y de pronto salen a relucir como beneficiarios o consejeros de los que tratan de reconstruir la realidad devastada que aquéllos colaboraron en depredar.
Mosca con todo eso. Este tipo de parásito no puede salirse con la suya porque pone en riesgo la credibilidad de los caminos nuevos. Y de sus líderes.
Se afirma con razón, que la justicia no es impunidad. Diría más: la impunidad disuelve la justicia. Un desafío muy principal es que la justicia nacional y foránea opere con autonomía y sin condiciones que la erosionen.
De igual manera que los oportunistas de la corrupción no tengan ojos de aguja, mucho menos puertas palaciegas, para pasar a continuar cometiendo sus crímenes. Sean quiénes sean. No deben valer esos cambios de chaqueta.