Felo Jiménez: El oro de las cicatrices
19 Sep 2026, 14:16 7 minutos de lectura

Felo Jiménez: El oro de las cicatrices

Por Opinion

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 Hacia un país antifrágil: salir más fuerte desde el quiebre

Hay una generación de venezolanos que no sabe lo que es salir a la calle sin mirar hacia atrás. Que no conoce la libertad de opinar sin calcular las consecuencias. Que creció sin poder imaginarse comprando un carro, consiguiendo una casa propia o simplemente planificando el año siguiente con alguna certeza de que los planes tendrían sentido.

No es su culpa. El país de hoy es lo único que conocen.

Y cuando uno trata de explicarles cómo era Venezuela antes, no hay incredulidad en sus ojos. Hay algo más doloroso: la incapacidad de imaginarlo. No porque sea difícil de entender sino porque nunca tuvieron un referente real. No vivieron otra cosa. Y ya se sabe que lo que no se ha vivido es difícil de imaginar.

Quiero ser claro en algo. No estoy hablando de volver a esa Venezuela. Ese país tenía sus propios problemas, desigualdad, corrupción, instituciones débiles, una dependencia del petróleo que nunca se resolvió bien. Nadie debería idealizarla. Pero fue infinitamente mejor que lo que existe hoy. Y eso importa porque si uno toma como punto de partida la Venezuela de ahora, cualquier mejora mínima va a parecer un logro extraordinario. Si uno toma como referencia la Venezuela que existió, con todas sus fallas, la vara queda donde debe estar y el objetivo real queda visible.

Ese es el ejercicio. No para mirar atrás. Para entender la magnitud de lo que se puede llegar a ser.

¿Qué era esa Venezuela? Era un país donde ese muchachero en la calle hablando, jugando, paseando a cualquier hora era parte de la vida normal. Donde opinar, disentir, criticar al gobierno era un derecho que se ejercía sin miedo. Donde conseguir un empleo, ahorrar, comprar un carro o aspirar a una casa propia eran metas alcanzables para una familia trabajadora. Donde las operadoras de telefonía te regalaban un Blackberry o un Motorola con tan solo adquirir una línea. Algo tan banal, tan normal en cualquier economía que funciona, que hoy resulta casi imposible de imaginar para quien no lo vivió. Donde viajar, estudiar afuera, traer lo que querías del exterior era parte de la vida cotidiana de millones de venezolanos.

Nada de eso era extraordinario. En cualquier país que funciona, esas cosas simplemente existen. En Venezuela hoy son un sueño para una generación entera que nunca las tuvo.

Y sin embargo Venezuela tiene todo lo que cualquier nación necesita para ser próspera. Las reservas de petróleo más grandes del mundo. Gas, oro, coltán, diamantes, agua, tierra fértil, costa, biodiversidad y una posición geográfica que cualquier país envidiaría. Y tiene algo más que los recursos naturales no pueden comprar: una diáspora de venezolanos talentosos regados por el mundo que construyeron vidas exitosas en otros países y que en su gran mayoría volverían si las condiciones cambiaran.

El problema nunca fue la tierra ni su gente. Fue quien la condujo y cómo.

Porque de la tierra venezolana hay poco que inventar. Es un país tan generoso que, si te comes una patilla y se caen unas semillas, la planta crece sola. Con un pedacito de pan y un nilón sacas un pez del río más cercano. En los colegios el germinero era un ejercicio clásico, un vaso de compota, periódico viejo humedecido y unas semillas de caraota. En días la semilla germina sin invernadero, sin tierra, con el solo calor y la humedad del clima venezolano. Si escarbas un poco siembras lo que sea. Si escarbas algo más empiezan a aparecer minerales. Si haces un pozo profundo sale petróleo. Y los ríos, ríos y ríos, que garantizan agua sin escasez si se cuida la infraestructura. Una abundancia que en muchos países del mundo resulta directamente inverosímil.

El país no necesita inventarse recursos. Los tiene. Siempre los tuvo. Lo que nunca tuvo, o lo que le fue arrebatado, es la conducción política capaz de convertir esa riqueza en bienestar real para su gente.

El país está hoy en una conversación sobre su futuro que no había tenido en mucho tiempo. Lo que se decida en los próximos meses va a definir si aprovecha lo que tiene o si sigue desperdiciándolo. Sin elecciones generales completas, sin instituciones que funcionen con independencia real, sin poderes locales con autoridad verdadera sobre sus territorios, cualquier cambio en la cima queda a medias. Pero cuando esas condiciones existan, o estén en franco camino de existir, la nación va a enviar al mundo una señal que ningún discurso puede sustituir. Que es un país serio, con reglas claras y con instituciones confiables. Eso eleva la marca país a un nivel que ninguna campaña de imagen puede fabricar — solo lo construye la realidad de un Estado que funciona. Y eso atrae inversión, genera empleo, reactiva la economía y le devuelve al venezolano algo que le fue arrebatado durante demasiados años: la posibilidad de planificar su vida con alguna certeza de futuro.

Esa generación que hoy no puede imaginarlo junto a las futuras generaciones que vendrán merecen vivirlo. Merecen ese muchachero en la calle sin miedo. Merecen opinar sin calcular las consecuencias. Merecen aspirar a una casa, a un carro, a un teléfono que no sea un lujo sino simplemente parte de la vida cotidiana de un país que funciona.

Todo está para serlo. Lo que falta no es el recurso ni el talento. Lo que falta es aprovechar la oportunidad electoral para construirlo bien, desde las bases, y de ahí en adelante aplicar lo que en Japón llaman Kintsugi: un arte ancestral que consiste en reparar la cerámica rota con hilos de oro. Para nuestra nación, ese “oro” no es la nostalgia por el ayer, sino usar las duras lecciones de la crisis actual para unir los pedazos de nuestro presente. No se trata de ocultar las fracturas, sino de asumir que un objeto reparado con oro siempre será más valioso que antes de romperse.

Esta reparación es el puente para alcanzar una meta más ambiciosa: lograr que el país sea antifrágil. En la ciencia de los sistemas, con aplicación directa al terreno político, lo frágil se destruye con el caos y lo robusto apenas lo resiste; pero lo antifrágil es aquello que utiliza la dificultad y la crisis para evolucionar y transformarse en algo sustancialmente mejor.

El verdadero desafío nacional no es reconstruir los viejos errores del pasado para heredárselos a los jóvenes. La meta es usar la urgencia del ahora para rediseñar nuestras leyes, instituciones y economía. Solo activando nuestra antifragilidad lograremos que el mañana de nuestro país corrija las fallas de ayer y supere, con creces, a la mejor época que recuerdan los mayores. 

No se trata de volver a empezar; se trata de renacer mejorados.

Felo Alejandro Jiménez Pérez

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