
Hay tertulias que necesitan una sala, otras una mesa y las que requieren exorcismo. Pertenecen a tiempos distintos, pero por una jugada ingrata de la historia y extraña del destino, terminaron sentándose juntos. Más allá de su fecha de vencimiento y la legitimidad defendida como reliquia constitucional, se reúnen, negocian, miran de frente y son disciplinados. No es un encuentro entre vivos, sino entre lémures, y los venezolanos fastidiosos, nunca terminan de irse.
Los espíritus tienen agenda que incluye democracia, derechos políticos, civiles y militares, instituciones electorales, judiciales; todo en solemnidad protocolar y sin aspavientos. Un ejemplo, los presos políticos no son parte de la discusión, porque liberarlos en autoritarismo es debilidad, un gesto de fragilidad.
El que no se comporte y obedezca sin chistar, enfrentará la renovación de la directiva en la densa niebla de maniobras y mañas para el acomodo, traiciones por ambiciones y efervescencias del ego. El régimen interino y quienes usufructúan su compañía, no están para resolver sino para sostenerse.
La pesadilla continúa al recordar que la política venezolana tiene la experiencia para convertir lo provisional en permanente, lo excepcional en normal y lo muerto en interlocutor. Uno de los aparecidos, debería ser historia. Y el otro, pretende representar el presente, conversando con el pasado. Y así, mientras el país intenta avanzar hacia el futuro, sus dirigentes imponen peñas entre dos calendarios.
-¿Ustedes de qué año vienen?
-de 2015
-Qué casualidad, tenemos los mismos problemas de legitimidad, pero el nuestro es más reciente.
-¿Y qué hacen aquí?
-Negociando.
-¿Otra vez?
-Si, nos habituamos y mantenemos la costumbre. En bueno para viajar, viáticos, comer y disfrutar; lo merecemos y lo hemos ganado con esfuerzo.
Después, silencio, café, agua, sin olvidar, la comisión urgente.
La política venezolana, ha demostrado hasta la saciedad, que cuando no sabe cómo resolver, crea una comisión para estudiar. Si no funciona, crea una delegación para revisar la primera. Y si la situación empeora, convoca un diálogo de nunca terminar. Y, en Venezuela, la habladera, se ha convertido en terapia de pareja para políticos que llevan años queriendo divorciarse del poder, pero nunca encuentran el abogado adecuado, y eso que cancelan enormes cantidades en especialistas.
La ironía es que no carece de importancia, sería absurdo sostenerlo. El país necesita reconstruir instituciones, recuperar garantías políticas y condiciones electorales confiables, desmontar los mecanismos que destruyeron la democracia y conculcaron libertades. Las conversaciones simulan acuerdos para renovar el Tribunal Supremo de Justicia (veremos repartición de cuotas) y avanzar, sin apuro, en reformas institucionales. Negociación que puede ser necesaria y, al mismo tiempo, incómoda. La pregunta no es quién se sienta, sino en nombre de quién.
Entonces surge el ciudadano, personaje que aparece en discursos, fotografías y declaraciones, que tiene la desagradable costumbre de querer votar, el tedio de saber qué se negocia y la curiosa antipatía de preguntar qué se está conviniendo en su nombre. Los fantasmas prometen buena fe, reconocimiento recíproco, cumplimiento verificable y protección de los derechos. Falta cumplir la promesa de enterarnos qué ocurre cuando se cierra el sepulcro.
Transparencia y rendición de cuentas, no deben ser un lujo de la democracia, sino una condición mínima. Ya existen reclamos públicos para que un exorcismo se aplique a la delegación de fantasmas, e informe con precisión (sin ambigüedades) avances y alcances de la conversa.
Durante años se nos dijo, había que rescatar la institucionalidad, restaurar la vigencia de los Derechos Humanos; y resulta, lo increíble, para rescatarla convocan fantasmas. Quizá sea la manera venezolana de hacer una transición, no enterramos por completo el pasado porque no sabemos cuándo necesitaremos volver a llamarlo.
El asunto sería gracioso si no fuera trágico, hay millones de ciudadanos que no están negociando, esperando agua, electricidad, seguridad, servicios públicos que funcionen, medicina que cure y medicamentos que ayuden, salarios que alcancen, justicia, democracia, libertad. Y, sobre todo, que la política deje de ser un juego de los que platican entre ellos mientras la sociedad es ignorada.
Los espíritus, pueden producir acuerdos institucionales, abrir caminos que parecían cerrados, pero no sustituyen la soberanía popular. Ese es el punto que no debe perderse en selfies, ceremoniales, abrazos y apretones de manos.
Una transición democrática no radica en decidir quién administra el Estado mientras llega la próxima elección; consiste en devolverle al ciudadano la condición de propietario de la política. De lo contrario, estaremos ante otra operación de reciclaje, maquillaje y retoque para anunciar mejoras de hipocresía.
Mientras tanto, los fantasmas seguirán entrando, y quizá hasta sentarse en una butaca. Lo que no deben tener jamás, es derecho a decidir eternamente por los vivos.
@ArmandoMartini