Un acuerdo de 65 mil millones de barriles y casi 100 mil millones en inversión, firmado con Delcy Rodríguez. El método es el de Siria: negocio primero, libertad después. Un narcoestado no puede comprometer a la nación.
Hoy Marco Rubio salió a vender el milagro: casi 100 mil millones de dólares en inversión privada, miles de empleos y la reconstrucción del país. Donald Trump lo bautizó “el mayor acuerdo petrolero de la historia del mundo”: control mayoritario de más de 65 mil millones de barriles, “sin costo para el contribuyente americano”. Eso no es un plan de libertad. Es un titular. Y es el mismo método que ya aplicaron en Siria.
En Siria cayó Assad. El carnicero se fue a Rusia. Quien tomó el poder no fue una democracia. Fue Ahmed al-Sharaa, el hombre que comandó Hayat Tahrir al-Sham, antes Al Nusra, sucursal de Al Qaeda. Washington no le pidió un expediente limpio: le pidió estabilidad, distancia de Irán y espacio para invertir. Le quitaron a Siria la etiqueta de patrocinador del terrorismo y a HTS la de organización terrorista. Lo sentaron en la mesa: más vale un malo que controla el terreno y firma, que un “bueno por conocer” que no tiene las armas. La prioridad no fue la libertad del pueblo sirio. Fue el negocio y la geopolítica.
Hay una diferencia real y no hay que esconderla. Al-Sharaa no era el vicepresidente de Assad ni ocupaba un cargo formal dentro de la carnicería que se mudó a Moscú. Llegó por las milicias que derribaron al régimen. En Venezuela no ocurrió eso. Capturaron a Maduro el 3 de enero y dejaron la misma estructura. Delcy Rodríguez no irrumpió desde afuera. Era la vicepresidenta. Era el aparato. Ocho meses después siguen los mismos operadores, los mismos militares, los mismos jueces. Solo cambió el interlocutor.
Esa diferencia no anula la semejanza. La hace peor. En Siria reciclaron a un enemigo de otra trinchera. En Venezuela reciclaron a la propia casa.
En los dos casos se aplica la misma política. Se corta la cabeza visible y se deja el cuerpo. Se elige al que ya tiene el poder real, no al que tiene mandato popular. Se habla de “transición” sin fecha. Se suaviza la presión a cambio de obediencia y de acceso a recursos. Rubio es el arquitecto en Damasco y en Caracas. La oposición queda de decorado. El pueblo espera libertad. Washington espera contratos.
Según lo anunciado este viernes, Estados Unidos se queda con control mayoritario sobre más de 65 mil millones de barriles. Un funcionario de la Casa Blanca precisó un 55 por ciento efectivo de una empresa mixta y concesiones a 100 años. Rubio puso casi 100 mil millones en inversión privada. En enero, el secretario de Energía, Chris Wright, calculó unos 100 mil millones para una trayectoria positiva de la industria en la próxima década.
Las cifras coinciden. El problema no es la aritmética. El problema es la firma.
Se firma con Delcy Rodríguez, encargada sin legitimidad de origen, sobre un Estado fallido. Lo que hay en Caracas no es un Estado formal, constitucional, libre y democrático. Es un narcoestado criminal terrorista. Así lo denominó la propia administración Trump al designar al Cartel de los Soles como organización terrorista extranjera y afirmar que ni Maduro ni sus compinches representan al gobierno legítimo de Venezuela. Delcy era la número dos de esa estructura.
Quien puede comprometer a la nación venezolana —acuerdos comerciales, petroleros, diplomáticos, multilaterales— no es una interina reciclada del régimen. Es el gobierno que nazca de elecciones libres, supervisadas, universales y democráticas. Hasta que eso no exista, no hay contraparte constitucional: hay un aparato que firma papeles que mañana un Estado de verdad puede desconocer.
Eso no es un favor a nadie. Es derecho elemental. El mandato popular de 2024 no se evaporó porque Washington prefiera un interlocutor cómodo. Quien ganó la confianza de la mayoría —y María Corina Machado representa esa voluntad de cambio— no es quien firma concesiones a siglo en Miraflores. Mientras Delcy gobierne, Venezuela no tiene quién pueda obligar al país de manera válida.
En Venezuela, contratos petroleros de esa magnitud no pueden ir a dedo: tienen que pasar por licitación y por una Asamblea Nacional legítima. No la hay. En Estados Unidos, un acuerdo de esa escala no vive del tuit del presidente: tiene que sobrevivir al Congreso, al Tesoro y al próximo gobierno. A Trump le quedan dos años. Un pacto de esa envergadura, con un gobierno sin origen, nace cojo.
Lo que se firma hoy con una interina del narcoestado, sin licitación y sin refrendo legislativo en ninguno de los dos lados, mañana lo puede tumbar un Congreso, un tribunal o un gobierno electo. Por eso urge el titular. El papel, después, ya se verá.
Trump no está gobernando Venezuela. Está haciendo campaña con Venezuela. La campaña de medio término suele encenderse después del Labor Day, hacia el 8 de septiembre. Él la adelantó. Necesita un letrero grande: el mayor acuerdo petrolero de la historia, gasolina más barata, reservas duplicadas. Eso explica la prisa y por qué la libertad, las elecciones y la emergencia social quedaron para la “tercera fase”.
Siria mostró que se puede sentar a un ex-yihadista si conviene. Venezuela muestra que se puede sentar a la heredera del chavismo si conviene. El método es el mismo: economía e intereses primero; el pueblo, después.
No niego que Maduro esté preso. Eso importa. Lo que niego es que eso sea libertad. Libertad no es un campo arrendado a 100 años con la misma estructura que nos destruyó, ni un comunicado sobre 100 mil millones. Libertad es instituciones, votos, justicia y un Estado que no se vende a dedo.
En Siria eligieron al malo que controlaba el fusil. En Venezuela eligieron a la mala que ya tenía el despacho. En los dos casos la prioridad fue el negocio, no el pueblo.
Ese es el modelo. Hay que decirlo ahora, antes de que el titular se vuelva historia oficial.
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