El fondo no existe, por @ArmandoMartini
28 Sep 2026, 10:09 5 minutos de lectura

El fondo no existe, por @ArmandoMartini

Por La Patilla

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Hay expresiones que debemos olvidar, “cuando un país toca fondo, solo le queda subir”. Suena bien, reconforta y posee elegancia filosófica. Sin embargo, Venezuela demuestra que también es ilusoria. ¡El fondo no siempre es el fondo, a veces apenas otro escalón! Cuando una sociedad cree que no puede caer más, descubre aterrorizada que consigue acostumbrarse a vivir por debajo de lo imaginable. Un dato que muchos no quieren mirar de frente.

Se creyó que el deterioro económico terminaría derribando al poder. La lógica campechana rumiaba; menos ingresos, más pobreza; menos capacidad de gobernar, ruptura. No obstante, ocurrió lo inesperado, el sistema no desapareció con la ruina, aprendió a sobrevivir dentro de ella. 

Un ciudadano que pasa la mayor parte del día buscando agua, rebuscando comida, medicinas o intentando resolver cómo llegar al final de la semana tiene menos tiempo, energía y capacidad para organizarse políticamente; no porque haya dejado de anhelar el cambio, sino porque está atareado sobreviviendo. Esa diferencia es enorme, inquietante, porque la pobreza deja de ser una consecuencia, para convertirse en desmovilización social. 

El autoritarismo necesita maniobra económica, hay que pagar militares, policías, funcionarios, redes clientelares, sobornos, felicidad de cómplices, satisfacción de colaboradores, deleites y goces de amigos. Mantener una maquinaria estatal capaz de imponer obediencia.

Venezuela mostró otra posibilidad, un Estado fuerte para controlar y deteriorado para mantener a la sociedad exhausta. No necesita que todos prosperen, sino que estén ocupados en sobrevivir, evitando se conviertan en fuerza organizada. Así, la ruina deja de ser el resultado del fracaso, para formar parte del paisaje político que permite la supervivencia de la decepción y desesperanza. 

Occidente tardó en entenderlo, y apostó a la calamidad económica como salida política; en que el costo sería insoportable para quienes mandaban y para los que obedecían. Ese momento no llegó como se esperaba. Las sanciones fueron concebidas como palanca para obligar cambios, pero sin coordinación, estrategia y modelo claro para el día después, termina en un efecto paradójico; aumentar el sufrimiento sin la transición esperada. Mientras tanto, Venezuela encontró socios indeseables, indolentes a la democracia, porque la necesidad eran recursos, influencia y lealtades.

La geopolítica, no tiene escrúpulos sentimentales, la dolarización de facto, significó apertura económica y lo fue en determinados ámbitos, pero políticamente produjo algo más complejo, permitió respiración financiera sin que implicara una redistribución equivalente del poder. Una sociedad puede recuperar la capacidad de consumo sin rescatar la posibilidad de decisión, comprar algunas cosas no significa elegir quién gobierna. Esa distinción se pierde cuando el análisis económico se confunde con observaciones políticas; emergiendo el verdadero negocio del sistema.

No necesita reconstruir completamente, basta con hacer lo suficiente para que no reviente. No pide prosperidad, sino zonas de alivio. No precisa economía saludable, solo que genere recursos para mantener redes de dependencia, privilegios y control.  Es una especie de capitalismo de feudo, pocos prosperan dentro de la ruina mientras la mayoría aprende a gestionar sus carencias.

El resultado es perverso, el ciudadano que recibe limosna deja de pensar en transformaciones, porque quien vive al borde del desastre, desarrolla supervivencia, no ciudadanía. Una democracia no se reconstruye únicamente con indicadores económicos; se logra devolviendo a los ciudadanos dignidad y capacidad de actuar. 

Otra frase para abandonar por cómoda: “paciencia estratégica”. La serenidad puede ser virtud, pero cuando se prolonga sin resultados, corre el riesgo de convertirse en otra cosa. Esperar que la gravedad haga el trabajo de la política no es estrategia, es una manera refinada de posponer una decisión. La gran lección venezolana no es que los regímenes autoritarios sean económicamente incompetentes. Es más embarazosa. Pueden ser políticamente competentes en el uso de la incompetencia; se educan para administrar el deterioro; permiten escapes convenientes; crean enemigos, reparten privilegios, fragmentan la sociedad, convierten la emigración en válvula de presión; siempre, pudiendo esperar, sobre todo, pueden esperar.

Venezuela no debería ser estudiada como tragedia nacional, también debe serlo como advertencia. Cuba descubrió cómo sobrevivir a la escasez, Nicaragua cómo puede coexistir el autoritarismo con instituciones formalmente existentes; otras sociedades observan y extraen conclusiones.

La lección es incómoda, pero sencilla, el sufrimiento de una sociedad no garantiza su liberación. Una población exhausta no necesariamente se rebela; a veces emigra, se adapta, negocia, baja la cabeza, o aprende a considerar normal lo que antes habría sido intolerable. Ese es el peligro, no que Venezuela haya tocado fondo, sino que lo hondo haya dejado de ser lugar, convirtiéndose en una condición de vida.

Por eso esperar el próximo piso puede ser el error más caro. El problema no es encontrar el fondo, es entender que, cuando el poder aprende a gobernar sobre vestigios, ya no necesita impedir que el país caiga, le basta con imposibilitar que vuelva a levantarse.

@ArmandoMartini

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