
Hace unos días leí el siguiente titular: “EEUU facilitará a Venezuela importación de alimentos e insumos agrícolas y otorgará financiamiento a importadores”. De inmediato recordé una historia infantil que se me antoja apropiada. Dícese que en cierta oportunidad un turpial aterrizó en un pastizal; no se percató de estar muy cerca de una vaca y esta lo cubrió con su estiércol. El turpial quedó atrapado, sin poder volar. Un gato que pasaba por allí lo vio, lo sacó del estiércol y lo limpió. Antes de que el turpial tuviera tiempo de agradecer tan noble gesto, el gato se lo comió. Moraleja: no todo el que te saca del estiércol es tu amigo.
La administración Trump, a la que se le puede acusar de todo menos de estar desinformada, sabe que Venezuela atraviesa una crisis humanitaria compleja que mantiene a amplios sectores de la sociedad bajo riesgo alimentario. La causa de todo esto no fue una catástrofe ambiental ni una guerra: fueron dos décadas de una política de expropiación de tierras y empresas, controles económicos asfixiantes y autoridades corruptas que hicieron todo por enriquecerse a costa del productor agropecuario. En otras palabras, la idea era sacarnos del estiércol y permitirnos volar, porque alas tiene el turpial. Sin embargo, el gato tiene una naturaleza de la cual no puede escapar.
La administración Trump procede a comer y lo hace a través de su programa GSM-102 para facilitar que importadores venezolanos compren productos agrícolas estadounidenses. No para que produzca el campo venezolano, ni para que el productor de Cojedes, Portuguesa o Mérida pueda proporcionar alimentos a sus compatriotas y obtener una justa ganancia por su trabajo. No, señor: el objetivo es que el productor norteamericano obtenga ganancias saciando el hambre de los monoproductores de petróleo venezolanos.
El beneficiario directo de esa decisión es el exportador norteamericano. Un agricultor, una cooperativa o una comercializadora estadounidense dispone de mayores posibilidades de vender porque una parte del riesgo financiero que dificultaba la operación queda cubierta por Washington. Del otro lado, los importadores venezolanos consiguen una vía adicional para acceder a financiación internacional. Lógicamente, fuera de esa fórmula queda el agricultor venezolano: ese que se coma un cable y quiebre.
Desde el PSUV —antes revolucionarios, hoy neoliberales y siempre entreguistas— afirman que estas medidas permiten ampliar las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Venezuela, y que el productor venezolano lo único que tiene que hacer es competir. La competencia sería muy buena si se diera entre agricultores en similares circunstancias, pero dudo mucho que un productor de maíz de Iowa, Illinois o Nebraska tenga problemas para acceder al gasoil, que las alcabalas de la Guardia Nacional de Estados Unidos vivan de “pedirle pa’ los frescos”, o que sufra el riesgo constante de invasión de predios y abigeato endémico. Los productores venezolanos no cuentan con acceso al mercado norteamericano; no tienen línea de crédito ni para comprarse una moto, mucho menos para adquirir agroquímicos, maquinaria o actualización tecnológica. ¿Qué clase de competencia es esa en la que nuestro corredor tiene los pies atados mientras el rival lleva patines?
Cada día se hace más evidente que el “nuevo momento político” consistirá en que el chavismo cambie de amo. Ya no es Cuba, no es China, no es Rusia: es Estados Unidos. Se vende un país —o más bien se regala— con toda su gente adentro. El turpial tiene alas para volar, pero continúa atrapado entre el estiércol y el gato. El turpial debe elegir su propio futuro: debe volar, y volar alto.
Julio Castellanos / jcclozada@gmail.com / @rockypolitica