
De niño, Marco Rubio se sentaba a los pies de su abuelo en el porche de la casa, mientras el humo del cigarrillo se elevaba y brotaban historias: relatos de héroes cubanos como José Martí y de los guerrilleros que combatieron el dominio español, así como de la vida bajo el régimen comunista que su familia dejó atrás. Incluso entonces, Rubio se imaginaba como parte de la lucha inconclusa de Cuba.
Por CNN
“Alardeaba de que algún día lideraría un ejército de exiliados para derrocar a Fidel Castro y convertirme en presidente de una Cuba libre”, recordó Rubio en sus memorias de 2012, “An American Son”.
Medio siglo después, aquella fanfarronería infantil parece sorprendentemente profética. Rubio, hoy secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional del presidente de EE.UU., Donald Trump, desempeñó un papel central en la configuración de la impactante captura militar por parte de Estados Unidos de otro líder latinoamericano: el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, un aliado cercano de Cuba desde hace años. En las consecuencias posteriores, Trump afirmó que Rubio ayudaría a “administrar” Venezuela durante la convulsión resultante.
El desenlace no ocurrió exactamente como Rubio, hoy de 54 años, lo imaginó cuando era niño, pero lleva la impronta de la política que marcó su crianza. Hijo de inmigrantes cubanos, Rubio creció en Miami inmerso en la comunidad del exilio, y ascendió políticamente en una cultura donde los recuerdos de la isla y un profundo temor al socialismo seguían siendo fuerzas poderosas.
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