Cinco antiguos internos denuncian abusos sexuales de un cura español en un albergue de niños en Bolivia
22 Sep 2026, 11:05 5 minutos de lectura

Cinco antiguos internos denuncian abusos sexuales de un cura español en un albergue de niños en Bolivia

Por La Patilla

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El jesuita y uno de los fundadores de Colonia Piraí, Rafael Puente, junto a niños del orfanato en los ambientes del albergue, en la década de 1970.
Llibro Colonia Piraí Forja de hombres

 

La Colonia Piraí es un instituto técnico agropecuario para jóvenes campesinos bolivianos, pero se creó, en 1973, para ser un centro de acogida para niños en situación de calle o con problemas familiares. La finca de más de 100 hectáreas, ubicada en las afueras de la mancha urbana de Santa Cruz de la Sierra, fue fundada por el cura diocesano español Miguel Parrilla y los hermanos jesuitas Rafael y Álvaro Puente. Los niños rescatados dividían su tiempo entre ir a la escuela y hacer funcionar la granja establecida en el albergue: criar a las gallinas, recoger leche de las vacas o sembrar verduras en la huerta. Los primeros llegados no sumaban más de una docena, pero con los años llegaron a ser más de 100. Cinco de ellos denuncian que durante las décadas de 1970 y 1980, cuando tenían entre 7 y 13 años, Parrilla se metía por las noches en sus camas para abusarlos.

Por elpais.com

EL PAÍS ha conversado con cuatro de los denunciantes —todos miembros de la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes, surgida a raíz del escándalo de pederastia clerical revelada por este periódico— y ha accedido de forma exclusiva a cartas dirigidas al Arzobispado de Santa Cruz de la Sierra y la Conferencia Episcopal Boliviana en las que cuentan por escrito las acusaciones. Todas con sello y firma de recepción. “Hace un mes aproximadamente nos hicimos presentes en el Arzobispado y nos atendió un obispo auxiliar, quien nos indicó que esto se debía resolver entre el afectado con cada cura, particularmente”, se lee en una de las misivas enviada el 4 de marzo de 2020 al entonces secretario de la Conferencia Episcopal, José Fuentes Cano. Este medio ha intentado sin éxito obtener una respuesta del Arzobispado.

Alejandro Álvarez (nombre ficticio, como el del resto de las víctimas entrevistadas) es uno de los que fue desoído. A los 13 años, miembro de una familia numerosa y de escasos recursos, ya buscaba apoyar a su hogar lustrando zapatos o vendiendo periódicos en el popular mercado Los Pozos. Parrilla, fallecido en 2014 a los 81 años, compraba ahí alimentos para la colonia y fue donde conoció a Álvarez, en 1973. Al llegar al albergue, Álvarez se encontró con un ambiente duro porque tenía que convivir con menores con adicciones, pero también porque Colonia Piraí tenía un rígido horario basado en un detallado estatuto.

Los nuevos hacían un juramento de lealtad en el comedor frente a todos y se les daba a conocer las normas de convivencia, según el manual que pudo conocer este medio. Después, eran remitidos a una de las tres casas, cada una regentada por uno de los fundadores, en las que se dividía el albergue: Yuracaré, Solentiname y 8 de Octubre. Esta última, nombrada así por el día que fue capturado Ernesto Che Guevara en Bolivia, estaba al mando de Parrilla. Álvarez fue enviado a la casa de 8 de Octubre, donde las víctimas señalan como el principal lugar de los abusos.

“A la segunda noche que dormí en ese dormitorio, Parrilla se metió a mi cama y empezó a besarme y tocarme. Esa conducta la repetía varias veces a la semana conmigo, pero también agredía a otros niños del mismo dormitorio”, cuenta Álvarez, de 66 años, a este medio. El cura español, sostiene, no fue su único agresor durante su estadía. La colonia se sustentaba con fondos de cooperaciones internacionales, por lo que era común la visita de educadores internacionales y nacionales. Uno de ellos fue el entonces seminarista cochabambino Fernando Rojas, quien llegó a ser secretario adjunto de la Conferencia Episcopal Boliviana en 2000.

“Se quedó [Rojas] en la casa 8 de Octubre. Me abusó. Calculo que tendría unos 30 años”, dice Álvarez. EL PAÍS llamó al número personal de Rojas, contestó un hombre sin identificarse para decir que el sacerdote no iba a poder responder: “El padre Rojas está muy enfermo”.

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