Ángel Rafael Lombardi Boscán: Una bala sin nombre
04 Nov 2026, 18:27 5 minutos de lectura

Ángel Rafael Lombardi Boscán: Una bala sin nombre

Por La Patilla

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Para Allan Cepeda

Un pueblo del Medio Oeste. Su nombre es Lordsburg. Aún hoy existe en Nuevo Méjico. Época: 1870-1880. La vida transcurre sin novedades. La Guerra de Secesión (1861-1865) evitó la fractura de los Estados Unidos. Por ello el 16 presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, es muy valorado.

El Oeste salvaje ya había sido domesticado. La civilización se instaló de la mano del ferrocarril, los bancos, hoteles con registros formales, juzgados y un dispensario médico. Entre 1846 y 1848 Texas le fue arrebatado a los mejicanos.

Los indios ya han sido sometidos. Los pueblos fronterizos se consolidan. En Lordsburg no pasa nada. Los días transcurren apacibles hasta que llega un pistolero. Su fama le precede. Se llama John Gant.

Su corpulencia deja mucho que desear; es más un alfeñique. Su rostro es como el de un niño. Es educado y parsimonioso. Pide hospedaje en el hotel y que le sirvan café. Aunque todos tiemblan.

Se precia de jugar al ajedrez, lo que no es poca cosa, en un medio histórico agreste. La muerte tiene muchas caras y como que le gustan los escaques damasquinos como representación de los días y noches. Recordar a Ingman Bergman, y sus caballeros medievales, es inevitable.

El pánico es ahora el aire que se respira en Lordsburg. John Gant es un asesino a sueldo. Es infalible. Las autoridades de la localidad saben de sus maquinaciones. Aunque nada pueden hacer.

John Gant ha sabido refinar la venganza de sus jefes: no mata a sangre fría, sino que provoca el agravio. La legítima defensa impide abrirle causa judicial. La Segunda Enmienda y sus muchas variaciones.

El murmullo de los pueblerinos hace el más grande ruido. Todos empiezan a ser sospechosos de algo que los secretos acallan. El banquero se suicida. Los latifundistas y mineros reviven viejas rencillas por los limites de tierras. Los amantes que huyen temen por sus vidas. Los jueces, de doble vida, se refugian en las convenciones de las familias felices.

Lordsburg enloquece por una epidemia de miedo. Las culpas se agitan en las conciencias que se creían a salvo. La respetabilidad de cada hombre, de repente, se pone en entredicho. La bala de John Gant puede dispararse sobre cualquiera. La epidemia social de salud pública se llama: John Gant.

Un médico, de esos samaritanos que escasean, se llama: Dr. Luke Canfield. Es la contraparte respecto al forastero. Representa la racionalidad científica. Es afable y vive la dicha de un inminente casamiento con una bella mujer del pueblo. Por todos los medios procura evitar el derramamiento de sangre. Se hace cercano a John Gant e intenta disuadir su misión. Y fracasa.

Las razones del asesino lucen legítimas. A él le pagan por matar. Y sólo mata a gente corrupta. Él mismo se dice honesto. Lo que la Ley deja torcido él se encarga de reparar. La Justicia termina reivindicada del modo más imprevisto.

Ya en las Cruzadas los asesinos gozaban de respeto. “La secta de los asesinos, conocidos históricamente como los nizaríes o hashshashin, fue una orden militar y religiosa del islam chií ismaelí que operó en Oriente Medio entre los siglos XI y XIII”.

La ética del médico por salvar vidas y la ética del asesino por cegar vidas entran en una colisión inevitable. Aunque ambos se respetan, y hasta se admiran. Sus diálogos son existencialistas en torno a la angustia de una vida finita. La espiritualidad que rebozan ambos se siente veraz.

Toda esta impactante historia, y su desenlace, se puede ver en una vieja película western de la Universal del año 1959. Su nombre: No Name on the Bullet (Una bala sin nombre). Su director: Jack Arnold. Sus principales intérpretes fueron: Audie Murphy, Joan Evans y Charles Drake.

Al ser una película de la “Serie B” todas estas honduras se pudieron ofrecer en un poco de más de una hora desde una economía de medios que la calidad artística compensa con creces.

Audie Murphy, además de actor, fue célebre por ser el soldado estadounidense más condecorado en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En Regreso del infierno (To Hell and Back, 1955) él mismo se interpretó así mismo. Y rompió las taquillas. Habrá que esperar a Steven Spielberg y su Tiburón en 1975 para quedar desbancada.

El cine y sus joyas ocultas.

 

A. R. LOMBARDI BOSCAN

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