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La reflexión es una de las actividades virtuosas que los venezolanos deben desarrollar en estos tiempos. Aunque pensar, evaluar con criterio y reflexionar son tareas cotidianas de cualquier sociedad, existen momentos históricos que exigen priorizarlas por encima de todo.
El país se ha convertido en una auténtica olla de presión, un laboratorio social de selección natural donde impera la supervivencia del más apto. Han sido años de constantes y brutales presiones de todo tipo.
En el país las penurias persisten bajo el impacto de los cortes eléctricos (no 8 horas sino hasta 16 horas al día), la falta o escasez de agua por tuberías, un transporte público chatarra y una conectividad digital que, pese a ser muy publicitada, falla de forma continua. A esto se suman los venezolanos agobiados por acceder a los servicios de salud rogando por favores, almas caritativas, contactos o alforjas de plata. Todo esto bajo una intensa, constante y patológica dinámica cambiaria e inflacionaria que no ha dado tregua en al menos 15 años.
Yendo al punto, la reflexión central debería girar en torno a reconocer cómo llegamos a este nivel deplorable de convivencia y sobrevivencia.
Frente a estas circunstancias, es indispensable aplicar lo que antes se llamaba “aprender a pensar” y que hoy conocemos como pensamiento crítico. Principalmente para separar el trigo de la paja, lo importante de lo superfluo y lo trascendental de lo irrisorio.
No queda claro si por ignorancia o por falta de sapiencia política, se está dejando de lado la posibilidad de que el país entero esté al tanto de dos situaciones determinantes: por un lado, el verdadero alcance y los “logros” reales de las mesas de trabajo; por el otro, el papel de la acción ciudadana en todos los estratos y escenarios (el poder público, las empresas, la actividad económica, los gremios, la academia, el sector científico, entre otros).
Esta acción no es otra cosa que iniciar los cambios desde abajo hacia arriba e, incluso, imponer la visión de una necesidad general: el desmontaje definitivo de toda una estructura de manipulación y poder incrustada en cada rincón del país. No se trata de pedir sino irrumpir.
La idea impuesta (o adquirida de forma inadvertida) es que el cambio viene y se está estructurando desde arriba. Eso suena bien y hasta resulta alentador, pero reconociendo la metodología del diseño estatal actual, los intereses carroñeros asentados hasta el fondo y un marco jurídico precario pero vigente, la línea media de la toma de decisiones (entiéndase autoridades de todo tipo de organización) está jugando a ser el tamiz (en el mejor de los casos) o bien el freno, la traba y la aduana para cualquier mejora en el abanico de opciones. Un cuello de botella donde, inevitablemente, van a morir los cambios soñados.
No se puede ser ingenuo. Aunque son escenarios en los que no todos tienen el acceso a opinar, discrepar o asentir, la verdad es que algunas señales no son buenas, y cada ciudadano debe enviar en la medida de sus posibilidades su voz. Mejor aún: hacer cambios y avanzar donde sí puede hacerlo, por cercanía, por autoridad o por alcance de funciones.
Por: Abraham Sequeda @abrahamsequeda